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Burla, desprecio o confrontación: el lenguaje político actual

Un expresidente frente a una cámara. Una pregunta incómoda. Una mueca. Un gesto de burla. Y miles de costarricenses presenciando el suceso.

Los mensajes confrontativos de la administración anterior y de quienes le han dado continuidad no es un fenómeno que ocurrió recientemente. Quizás lo que sucedió el pasado 14 de septiembre en Cartago pudo parecer, en un inicio, una sanción de unos segundos, una escena pasajera que traza un momento incómodo. Sin embargo, cuando se protagoniza por un expresidente con un mando político alto, es difícil reducir el momento a un gesto.

Una acción puede durar segundos, la cultura política que se siembra a partir del mismo, generaciones. 

No solo se trata de burlas o muecas, va más allá: la suma de patrones comunicativos que son cada vez más visibles. Descalificación, ridiculización, confrontación y la construcción de adversarios. No es la interpretación de una expresión facial aislada, es que cuando ocurre un conglomerado de estos los gestos comienzan a formar parte de cómo se relaciona el gobierno con quienes cuestionan sus métodos.

El poder político tiene micrófonos; los ciudadanos tenemos que alzar la voz para ser escuchados. Y la diferencia no es menos. La asimetría es evidente, no son dos ciudadanos en igualdad de condiciones. Al menos uno de ellos es una representación del Estado.

Los ciudadanos no tenemos que ser adversarios. La oposición no tiene que ser enemiga. Las personas que sostienen consignas, levantan faroles y expresan mensajes políticos no son enemigos, tampoco conforman a los culpables de las carencias del país.

Además, Costa Rica ha construido por décadas una imagen internacional que se ve entrelazada por democracia, institucionalidad, estabilidad, derechos humanos y una tradición diplomática basada en el diálogo. La reputación no apareció espontáneamente, es el resultado de decisiones políticas e institucionales acumuladas, de forma doméstica e internacional.

Sin embargo, la reputación internacional de un país no sólo se confieren en tratados, acuerdos o discursos, puede comenzar frente a una cámara, en una actividad meramente interna.

La política doméstica se puede proyectar al exterior mucho antes de que un gobierno decide convertirla en política exterior. Los medios internacionales observan, las actuaciones de los representantes son también parte de la contestación sobre el país.

Por eso, deberíamos de preguntarnos qué cultura política estamos asumiendo. ¿Qué pasa cuando la confrontación comienza a sustituir el diálogo que representa al Estado? ¿Cómo queremos que sea pensada la Costa Rica actual?

Ser vigilantes es clave. No se traduce a que todos deben de estar de acuerdo. Precisamente, consiste en la capacidad de criticidad, exigir explicaciones y señalar cualquier abuso.

Atravesamos una época en la que debemos de reafirmar los derechos y deberes que como ciudadanos se nos asignan. Nadie debe de guardar silencio frente a las injusticias y acciones que no representen los valores y creencias costarricenses. Una patria democrática no le pertenece a un partido, gobierno o figura política: pertenece también a quienes la cuestionan. Pertenecen al pueblo en su totalidad, sin distinción.

Una democracia que pretende mantenerse así debe de recordar algo fundamental: aquellos que cuestionan al poder no están fuera de la patria. Son patria.