Hoy, 15 de setiembre, Costa Rica cumple doscientos cinco años de vida independiente. Anoche, como manda la tradición desde 1964, la Antorcha de la Independencia llegó a las Ruinas de Cartago en manos de estudiantes. Lo que debía ser la ceremonia más entrañable de la Vieja Metrópoli terminó siendo otra cosa: una plaza cercada por la policía, vecinos a los que se les impidió entrar con sus faroles, gritos cruzados entre bandos y, desde la tarima, el ministro de la Presidencia y de Hacienda cantándole el “lero lero” a la gente.
Vale la pena detenerse en ese canto, porque parece una nimiedad y no lo es.
El “lero lero candelero” es una burla de patio de escuela. Existe en casi todos los idiomas, con la misma melodía de dos notas descendentes. Los niños la usan para una sola cosa: declarar al otro derrotado y sacarlo del juego sin darle explicaciones. No responde, no discute, no refuta. Su gracia consiste precisamente en cerrar la conversación. Por eso funciona tan bien entre chiquillos de siete años y por eso es tan grave en boca de un funcionario.
Porque ahí está la diferencia. Cuando un niño canta “lero lero”, es una travesura. Cuando lo canta un ministro desde un acto oficial, con el micrófono en la mano, protegido por un cordón policial, frente a ciudadanos a los que no dejaron entrar, ya no es travesura. Es el poder diciéndole a la gente que su reclamo no merece ni siquiera una frase de respuesta.
Y no fue la primera vez. En febrero, el día de las elecciones, videos difundidos por varios medios lo mostraron sacando la lengua, lanzando besos y haciendo esas mismas señas a quienes le gritaban en Curridabat. Días después, en la Asamblea Legislativa, soltó aquello de que al funcionario despedido le hubiera hecho “lero lero”. Lo que empezó como un gesto se volvió costumbre, y lo que se vuelve costumbre en quien gobierna termina enseñándole algo al país entero: que al que piensa distinto no se le contesta, se le ridiculiza.
Ahora bien, hay que ser honestos y no repartir culpas en una sola dirección. Anoche también hubo gritos de un lado y del otro. Hubo consignas que no aportaron nada al debate. Una plaza donde unos cantan “lero lero” y otros gritan “fuera Chaves” es una plaza donde ya nadie está escuchando a nadie. Eso también es responsabilidad nuestra.
Pero hay una asimetría que no se puede pasar por alto. El ciudadano que grita está ejerciendo un derecho. El funcionario que se burla está ejerciendo una potestad. Entre los dos están el micrófono, el presupuesto, la policía y la facultad de decidir quién entra a la plaza y quién se queda afuera. A quien tiene todo eso se le exige más, no menos. No por cortesía, sino porque el cargo no le pertenece: lo administra en nombre de todos, incluidos los que le chiflan.
Lo que más me preocupa es a quién se lo enseñamos. Anoche había muchachos en esa plaza. Estudiantes que corrieron la antorcha en relevos, que ensayaron durante semanas, que aprendieron en la escuela que el 14 de setiembre es de todos. A ellos les mostramos que el espacio cívico es un lugar donde los adultos se gritan y donde a uno lo pueden dejar afuera por pensar distinto. La antorcha no es del gobierno de turno ni de la oposición. Es un símbolo que una generación le presta a la siguiente. Convertirla en telón de fondo de una pelea es empobrecer a quien la recibe.
El riesgo de seguir así tiene un nombre sencillo: dejar de vernos como conciudadanos. No se trata de discrepar sobre el hospital de Cartago, sobre la Caja o sobre los impuestos. Eso es política sana y hace falta más, no menos. El problema empieza cuando el que piensa distinto deja de ser un vecino con otra opinión y se convierte en “el comunista”, “el puñito”, el enemigo del que uno se puede burlar sin culpa. Cuando eso se instala, las instituciones dejan de ser reglas de todos y pasan a ser estorbos del bando contrario. La historia de la región está llena de países que empezaron exactamente así.
Entonces, ¿qué toca hoy?
Primero, no caer en la trampa. La respuesta al lero lero no es otro lero lero. Es el reclamo formal, el recurso, el artículo, el voto. La indignación que se agota en un tuit es leña para el mismo fuego.
Segundo, volver a discutir de ideas. Cartago tiene problemas reales y opinables: el hospital, la seguridad, el agro, el empleo, el agua. Sobre cada uno hay posiciones legítimas en conflicto. Discutirlas en serio, con datos y tomándose el trabajo de entender el mejor argumento del otro, cuesta mucho más que burlarse. Por eso mismo es lo único que produce acuerdos.
Tercero, solidaridad de verdad. Defender el derecho a manifestarse del que uno detesta. Reconocer un acierto del Gobierno cuando lo hay. Corregir al de nuestro propio bando cuando insulta. La democracia no se sostiene porque nos caigamos bien, sino porque nos reconocemos como iguales.
Anoche alguien encendió el pebetero en las Ruinas. La pregunta que deja este 15 de setiembre es sencilla y dura: qué estamos alimentando con ese fuego. Porque un país puede perder la democracia de muchas maneras, y una de ellas, la más silenciosa, es a fuerza de reírse del vecino hasta que ya no queda nadie con quien conversar.
