Faltan poco más de tres años para las elecciones de 2030. Ese tiempo en política es una eternidad. Pueden aparecer partidos nuevos, desaparecer liderazgos, cambiar las prioridades de la ciudadanía y, por supuesto, podemos terminar discutiendo escenarios que hoy ni siquiera imaginamos. Por eso no pretendo predecir qué ocurrirá en 2030. Sería absurdo hacerlo desde septiembre de 2026. Lo que sí me parece razonable es preguntarnos qué posibilidades podría enfrentar el oficialismo si algunas de las tendencias actuales se mantienen.
Y hay una pregunta que, inevitablemente, pasa por Rodrigo Chaves. El expresidente ocupa actualmente dos ministerios: Presidencia y Hacienda. No es un detalle menor. Tampoco lo es que su presencia política haya sobrevivido al cambio de Gobierno. Chaves dejó de ser presidente de la República el 8 de mayo, pero no desapareció del centro del poder. Al contrario, continúa participando activamente en la dinámica política del Ejecutivo.
La propia ciudadanía parece percibirlo. El CIEP-UCR encontró en septiembre que el 64,4% de las personas entrevistadas considera que Chaves tiene mucha influencia en las principales decisiones del Gobierno de Laura Fernández. El propio CIEP utiliza una expresión particularmente interesante para describir este fenómeno: “presidencialismo dual”.
La expresión es importante porque plantea una paradoja institucional. Tenemos una presidenta constitucionalmente elegida, pero una parte considerable de la ciudadanía percibe que existe otra figura con una influencia sustancial sobre las decisiones del Ejecutivo. Y quizás ahí esté una de las claves para entender el futuro del oficialismo. A partir de la coyuntura actual, pareciera que el poder de Pueblo Soberano continúa dependiendo considerablemente de Rodrigo Chaves. Incluso pareciera que Laura Fernández no posee, al menos todavía, el mismo peso político dentro del proyecto que quien la antecedió en la Presidencia.
No afirmo que esto sea necesariamente así en cada decisión. No tengo acceso a las conversaciones internas del partido ni a las deliberaciones privadas del Gobierno. Hablo de lo que se observa desde afuera y de la percepción que los datos disponibles permiten construir. Además, existe un dato electoral difícil de ignorar. En la encuesta postelectoral del CIEP-UCR de mayo, entre quienes afirmaron haber votado por Laura Fernández, el 75% señaló que el respaldo de Chaves fue muy importante para decidir su voto y otro 13% lo consideró algo importante. El mismo estudio encontró que el 30% habría votado de manera distinta si Chaves no la hubiese respaldado.
Max Weber describió el liderazgo carismático como una forma de autoridad vinculada con la persona que ejerce el liderazgo. Uno de los problemas de este tipo de autoridad aparece cuando el líder deja de ocupar el cargo desde el cual construyó buena parte de su legitimidad política. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿el movimiento sobrevive al líder o necesita reconstruirse alrededor de otra figura? Costa Rica podría estar entrando precisamente en esa etapa.
Si las reglas constitucionales permanecen como están, Rodrigo Chaves no podría volver a competir inmediatamente por la Presidencia en 2030. Por lo tanto, el oficialismo tendría que resolver qué hacer con una figura que continúa teniendo una influencia considerable sobre el proyecto. Una posibilidad que considero plausible es que Chaves busque una diputación. No afirmo que lo vaya a hacer, mucho menos que ya haya tomado esa decisión, pero sería una jugada políticamente comprensible. Una curul le permitiría permanecer dentro de la institucionalidad, conservar exposición pública y participar directamente en las discusiones nacionales. Si encabezara una papeleta por San José, además, tendría una plataforma política considerable.
Y aquí aparece algo especialmente interesante. Una diputación no sería necesariamente un retiro del poder. Podría ser una transformación de la forma de ejercerlo. Hoy Chaves tiene influencia desde el Ejecutivo. En 2030, eventualmente, podría intentar ejercerla desde la Asamblea Legislativa. No sería lo mismo ni tendría el mismo alcance, pero sí podría convertirse en un mecanismo para mantener vigente su liderazgo.
Pero existe otra posibilidad: que el proyecto termine dependiendo menos de él. Laura Fernández podría consolidar un liderazgo propio. Pueblo Soberano podría convertirse en una estructura partidaria menos dependiente de Chaves. Podría aparecer una nueva generación de dirigentes. O podría ocurrir exactamente lo contrario y el proyecto terminar de consolidarse alrededor de una sola figura. Todavía no lo sabemos y, precisamente por eso, resulta prematuro hablar de un candidato definido para 2030.
Lo que sí sabemos es que el oficialismo ya está produciendo nuevos rostros. Uno de los que considero más interesantes para observar es Gabriel Aguilar, ministro de Justicia y Paz. Pero su importancia política no está solamente en las decisiones administrativas de su ministerio. También está en la forma en que comunica y confronta. Aguilar ha seguido una línea discursiva que recuerda directamente al estilo político de Rodrigo Chaves. Un estilo marcado por el irrespeto, la chabacanería, lo pachuco y la confrontación permanente, en el que una discusión sobre asuntos de fondo puede terminar convertida en una disputa sobre quién es de izquierda, quién es de derecha o quién pertenece al supuesto enemigo político.
Su episodio reciente con los llamados “zurdos” es un buen ejemplo. Aguilar afirmó que el Gobierno tenía identificados a críticos a quienes calificó como “zurdos” y “zurdos de clóset”. Lo más interesante no está únicamente en la frase, sino en lo que representa dentro de una determinada forma de comunicación política.
Existe una forma de hacer política que desvía los temas de coyuntura hacia declaraciones que generan titulares, pero que tienen poco peso frente a los problemas sustantivos de la agenda nacional. Desde una lectura crítica, esta dinámica encaja con una lógica populista basada en antagonismos claros entre un “nosotros” y un “ellos”. En ese sentido, Aguilar no parece estar rompiendo con la línea comunicativa del oficialismo. Más bien, parece estar aprendiendo a hablar el mismo idioma.
Y eso podría ser importante de cara a 2030. Si Pueblo Soberano busca una figura que represente continuidad con el proyecto actual, no necesariamente tendrá que escoger a quien hoy tenga mayor poder administrativo. Tendrá que encontrar a quien logre representar mejor la identidad política que el movimiento quiera proyectar. Ahí es donde Aguilar resulta, al menos desde mi perspectiva, un nombre que merece seguimiento.
Hoy tenemos un oficialismo fuertemente conectado con Rodrigo Chaves, una presidenta cuyo electorado conserva un vínculo importante con el expresidente y un partido cuya identidad política continúa estrechamente asociada al chavismo. La pregunta para 2030 será si esa influencia habrá producido una sucesión o simplemente una prolongación. Si Chaves termina en la Asamblea, podríamos estar ante un intento de conservar el liderazgo desde otro poder del Estado. Si surge una figura como Aguilar, podríamos estar ante una sucesión más personal que institucional. Si Laura Fernández consolida su propio liderazgo, el proyecto podría comenzar a separarse de su fundador.
Por eso, más que preguntarme hoy quién será el candidato oficialista en 2030, me interesa una pregunta anterior: ¿será todavía el chavismo el centro del oficialismo? Porque una cosa es que Rodrigo Chaves haya dejado la Presidencia. Otra muy distinta es que haya dejado el poder. Y esas dos cosas, al menos por ahora, no parecen ser exactamente lo mismo.
