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Imagen principal del artículo: Las dos caras de la moneda

Las dos caras de la moneda

Tenemos una capacitación para empresas que tienen extranjeros en posiciones clave, en recursos humanos o en las jefaturas, trabajando en Costa Rica o desde otros países. Les exponemos la idiosincrasia del costarricense y cómo eso se manifiesta a nivel laboral. Les hablamos de por qué los ticos nos creemos diferentes o excepcionales, de nuestras principales características, expectativas, cosas que damos por sentadas y cómo cada una de ellas tiene ventajas y desventajas. Después de todo, el otro lado de una virtud es el defecto.

Una de ellas es la aversión crónica al conflicto.

La virtud: les contamos que, al recibir la noticia de la independencia, la decisión fue esperar a que se aclararan los nublados del día y ni siquiera se tomó aquí, sino en León, Nicaragua. Nos ahorraron la congoja de tener que decidir.

Les hablamos de generaciones que han nacido y crecido en un país sin ejército, inspirando frases como “Dichosa la madre costarricense que sabe que su hijo al nacer nunca será un soldado”, que las mamás recibimos de corazón, confiadas y satisfechas. Les hablamos también de una única guerra civil en el 48, de tan cortísima duración —no por eso menos dolorosa o sangrienta— que nadie sabe cuándo empezó, cuándo terminó ni cuánto duró.

El defecto: lo pasivo-agresivos que somos. De decir sí y hacer no; de la hostilidad y el boicot constante de bajo impacto. De la resistencia a decir las cosas de frente y, cuando te las dicen sin mala intención, molestarse en lugar de agradecer. De recurrir al serrucho y al chisme, en lugar de arreglar las cosas hablando directo. Del rechazo a los gritos, a los matones y a la grosería. De lo resentidos que somos y lo delicaditos.

Volvemos entonces a la importancia del balance. Un centro de trabajo no es lugar para desplantes ni golpes en la mesa, porque a la gente, a las jerarquías y a las reglas que todos conocemos se les respeta. Si a usted no le gustan las reglas de algún lugar, en Costa Rica no decimos “Una más y te despedimos”. Decimos “Estás comprando todos los numeritos de la rifa”, “Ahí está la puerta” y, en lenguaje corporativo, “Nadie es indispensable”.

Y si necesita el trabajo, que suele ser una razón de peso, pues busca cómo acomodarse, busca el balance. La vieja confiable de la historia nacional: ni muy muy, ni tan tan. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. Cediendo lo suficiente para guardar un poco de rencor y orgullo, pero tampoco para celebrar la victoria y sacarle la lengua al contrario. Le buscamos la comba al palo. Mansos, pero tampoco mensos.

Porque, al final, es más lo que nos une que lo que nos separa y todos podemos acomodarnos. Porque, si nos ponemos a pensarlo, tampoco hay abundancia de lugares para escoger para dónde irse o siquiera los medios para hacerlo.

Entonces le bajamos dos rayitas y nos acomodamos, sin alborotos, sin dramas, sin payasadas, asumiendo que no hay agendas ocultas, clavos por sacar, facturas pendientes ni vendettas, ni de un lado ni del otro.

¿Me explico?