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Farmear aura ante el adultocentrismo

A lo largo de los últimos días, la discusión pública se ha concentrado en escrutar uno de los actos más peligrosos que ha visto nuestra sociedad y que presagia el final de los tiempos: farmear aura. Al menos así lo plantean algunas personas en redes sociales. La discusión se ha planteado desde diversas aristas: la pérdida de valores, el desperdicio de recursos públicos universitarios y los vicios de la educación. La vehemencia con la que se presentan los argumentos revela algo mucho más profundo y peligroso, algo mucho más limitante y triste: adultocentrismo.

El éxito del campeonato de farmear aura va mucho más allá de la amplia participación y visibilización de esta subcultura y pone frente al espejo esta lamentable barrera. Al final, la preocupación se puede resumir en que muchas personas no toleran lo que no entienden ni lo que no pueden controlar; envidian la libertad y la sencillez con la que otras personas son felices.

Hace tan solo unos días celebramos el Día Internacional de la Juventud, una fecha que nos debería hacer reflexionar sobre la relevancia de que las juventudes disfruten y experimenten sus vidas plenamente. Eso significa reconocer también su capacidad para determinar de manera autónoma cómo se traduce eso.

Esta discusión nos devuelve a uno de los mitos más grandes que ha existido siempre: que las personas jóvenes no saben qué quieren para sus vidas. Dicha afirmación fue desmentida recientemente, al menos en el ámbito del proyecto de vida y familiar, por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), que nos reveló que las personas jóvenes tienen mucha claridad respecto a sus aspiraciones, pero, en realidad, son las condiciones a su alrededor las que limitan en muchas ocasiones alcanzarlas.

Esta discusión es exactamente igual. Queremos que las juventudes construyan su futuro y actúen en su presente, pero cuando intentan vivir sus proyectos, tiempo libre y espacios de socialización a su manera, reciben olas de críticas de quienes no logran comprender su forma de hacerlo, pero tampoco la aceptan como válida. El propio UNFPA ha señalado que “cuando las juventudes pueden construir una vida segura y saludable, están en mejores condiciones de forjar el futuro que desean”.

Justamente, la Encuesta Nacional de Juventudes reveló cambios importantes en la búsqueda de atención para el cuido de la salud mental. Según los resultados presentados, la búsqueda de ayuda profesional por estrés excesivo pasó de 10,1% en 2018 a 31,7% en 2026; por ansiedad, de 6,2% a 27,8%; y por depresión, de 6,2% a 20,5% en el mismo periodo. Sobre estos datos, dos cosas pueden coexistir: podemos estar ante mayores necesidades en materia de salud mental y, al mismo tiempo, ante un cambio cultural de una generación que desmitifica y visibiliza las necesidades en esta materia.

Es importante recordar que la OMS define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Justo el año pasado, la misma organización advirtió sobre la soledad y el aislamiento como una amenaza oculta para la salud mundial, con efectos adversos en la vida y la salud de las personas. Al mismo tiempo, el UNFPA también ha destacado la necesidad de enfoques integrales para atender la salud mental en diferentes etapas de la vida. Ambas perspectivas evidencian la urgencia de construir entornos seguros, protectores e inclusivos.

Por todo lo anterior, a mí me alegra que este espacio haya podido organizarse y, especialmente, que haya podido hacerse en una universidad pública, porque precisamente nos reitera el valor de estos espacios como entornos diversos y protectores. Ser joven y estudiar en la universidad es mucho más que solamente ir a recibir clases de materias complejas y regresar a la casa a hacer tareas. La universidad pública es un lugar seguro para visibilizar y poner a convivir todas esas culturas y subculturas que forman parte de la diversidad de pensamientos que componen nuestra sociedad; también es un espacio para innovar, compartir y disfrutar.

Sin duda, hay mucho por celebrar ligado a farmear aura en el Pretil. Celebremos que se volvió a aprovechar un espacio público que históricamente había sido un lugar de encuentro y construcción de comunidades, y que había visto una baja en su aprovechamiento tras la pandemia por COVID-19. Celebremos el uso y la revalorización del espacio público. Celebremos que las personas más jóvenes siguen inventando maneras propias para divertirse. Celebremos que están innovando en las maneras de hacerlo. Celebremos que, a diferencia de generaciones anteriores, están reconociendo también el valor del ocio en el proceso de formación del pensamiento crítico. Celebremos que están expresándose. Celebremos que están volviendo a construir comunidad, que es la base de toda democracia y la garantía más grande para la creación de entornos protectores y promotores de derechos humanos.

Espero que, tras todo el ruido generado por esta conversación, quienes no formamos parte de esa generación también tengamos una mayor apertura para acercarnos y disfrutar de verles ser felices, no a nuestra manera, sino en la forma en que ellas y ellos construyen y valoran la felicidad. No necesitamos todo el lore para irradiarnos de su alegría.

Dejemos atrás la idea de querer definir el camino de las juventudes y permitamos que disfruten su propio recorrido. Quién sabe, tal vez viendo más videos de mewing y six-seven, las generaciones de Instagram, Facebook, televisión y radio podamos aprender algo nuevo sobre vivir.