Llama la atención que ellos videos que han circulado de los recientes terremotos en Colombia y de Venezuela, niños y adultos gritan “¡Mamá!” en los momentos más tensos. Algunos estudios indican que, en momentos cercanos a la muerte, los pacientes también llaman a su madre, independientemente de cuántos años lleve de no estar físicamente con ellos.
Mamá, como concepto, como persona, como recuerdo, como figura; es el lugar seguro, el refugio universal del ser humano.
Mamá es motivo de mucha conversación. La mujer detrás del título, no tanto. Se habla mucho de Mamá. Del impacto de la figura materna, de su importancia, de cómo maternar, de sus culpas, sus errores, del daño que puede crear, de todo lo que debe/puede hacer, de sus superpoderes que superan el cansancio o la enfermedad, de su capacidad de multitask. Siempre en función del desarrollo del niño.
Poco se habla del impacto y el proceso que representa la maternidad para la mujer. Cómo se anula en función de la atención del bebé, cómo se desestructura y reestructura internamente. Sin contar las depresiones post parto, la llegada de un hijo con necesidades especiales o las maternidades no deseadas. Nace el niño, nace la mujer como mamá, nace en ella una nueva versión de sí misma. No hay vuelta atrás.
El estereotipo impone alegría, felicidad, entrega y sacrificio. Y esconde agotamiento, culpas, enojos, dudas. La maternidad se caracteriza por etapas emocionales tan fuertes como revivir etapas olvidadas de la propia infancia, empezar a valorar a su propia madre bajo otra luz, una sensibilidad aumentada cuando se expone a hechos o noticias donde los niños son las víctimas y una consideración mayor para otras mamás.
Por ejemplo, para la que se levanta a las 3 de la mañana para alistar almuerzos, loncheras, uniformes. Levanta a todos, los baña y alista y los va a dejar al kinder, a la guardería o a donde el familiar o la vecina que los cuida. Toma el bus y puede estar hora y media o más en una presa. Trabaja ocho horas sin acceso a teléfonos, confiando en la persona que puso a cargo de sus hijos, sale para atravesar otra presa y llega a escuchar historias del día, revisar tareas, hacerles de comer, empiyamar y dormirlos. Más del 50% de las mamás en Costa Rica hacen eso solas. Sin pareja que ayude a llevar la carga.
Eso sin contar con eventualidades: hoy no los pueden cuidar. A uno le dio calentura. O se cayó en la escuela. O la llaman para que venga a recogerlo por cualquier razón. O hubo que quedarse trabajando extras. O hay una cita en el seguro. O el bus se varó. O tiembla. Todas eventualidades externas o de terceros, porque mamá no tiene derecho ni a una migraña.
Y no es un tema de ingresos o tal vez no solo de eso. La escuela no queda cerca del lugar donde hacen deporte, clase o los cuidan. Ir a cualquier cita es desplazarse entre el colapso. Vivimos cada vez más aislados, como si el individualismo, el poder todo sola, fuese un distintivo de éxito personal.
Maternar requiere una comunidad donde, entre todos, sacamos la tarea adelante. Donde no se juzga los errores de la que materna porque se entiende que son los errores de todos. Donde los niños son prioridad y responsabilidad del grupo social. Donde no le recargamos el trabajo y la responsabilidad a la que más carga tiene, juzgándola en lugar de ayudar a resolver. Maternar también es cuidar al que no es mío, disciplinar al que no se comporta, acompañar cuando la mamá no puede, intervenir ante la violencia, asumirlos a todos como propios, enseñar a aprender, contener, escuchar. Es parte de la naturaleza del animal social, es decir, de los seres humanos.
Destruir ese tejido social es un crimen donde las víctimas son los más pequeños. Permitir que, por negligencia, se hagan más grandes los huecos de esa tela de seguridad, es imperdonable. Volver a ver al otro lado, no se vale. Detrás de cada “super mamá”, hay una mujer agotada, a la que le estamos fallando como sociedad, a ella y a sus hijos.
Y, sin embargo, pasa. Y las mamás suspiran y a apechugan. Una decepción que no sorprende. Una lloradita y a seguir. Después de todo, decían las más viejas, desde su sabiduría de vida, que los hijos son de la madre. Y nadie lo tiene más claro que las mamás.
