Hace unos días llegó a mis manos un libro hermoso de la escritora argentina de origen japonés Alejandra Kamiya, Los árboles caídos también son el bosque, y quedé encantada con el relato Arroz, que se adentra con delicadeza en la relación entre una hija adulta y un padre que, pese a los años, sigue aferrado a su país de origen. Es una historia que habla de la memoria, del desarraigo y de todo aquello que amamos profundamente hasta convertirlo en parte de nuestra identidad.
La protagonista narra lo que sabe de su padre, pero también aquello que apenas puede intuir. Él es un inmigrante japonés que añora su pasado, y en esa nostalgia la hija emprende un viaje hacia un Japón que nunca fue completamente suyo, pero que también forma parte de su propia historia. Al intentar comprender a su padre, termina encontrándose a sí misma.
Quiero que me cuente cada día, para que no lo sople el tiempo, tal vez para escribirlo, dejarlo agarrado con tinta a un papel para siempre.”
En esas palabras hay un deseo profundo de preservar la memoria antes de que el tiempo la borre. Existe una conciencia clara sobre la fragilidad de las historias familiares y la necesidad de que sean contadas para continuar vivas.
La nostalgia atraviesa todo el relato. La hija se refiere a Japón como un país viejo y a Argentina como un país niño. Esa imagen me hizo detenerme a pensar que quizá Costa Rica también sea un país niño, con las posibilidades de la infancia, y que tal vez aún nos corresponda recorrer la adolescencia antes de alcanzar la madurez. Sin embargo, pensé en lo bello que significa ser un niño o una niña, en la nobleza con la que se mira el mundo, en la capacidad de asombro, en la valentía y la curiosidad que tienen los niños, en la esperanza que aún no ha sido vencida por el desencanto. Quizás crecer no consista en perder esa mirada, sino en aprender a conservarla mientras pasa el tiempo.
Costa Rica conserva el alma libre de un niño, sigue soñando con su democracia, su paz y su libertad en medio de un mundo que parece perderlo todo, principalmente su inocencia.
Una tierra que, con sus desafíos, sigue caminando con la convicción de que debemos cuidar estos valores.
Ojalá nunca perdamos esa esencia de niño que llevamos dentro, ni la capacidad de asombro, ni la alegría que nos permite creer, soñar e incluso defender aquello que nos une como nación; que nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.
