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Imagen principal del artículo: Cien días y otros cuentos de la política nacional

Cien días y otros cuentos de la política nacional

Si construir una casa exige tiempo para permisos, diseño, recursos e imprevistos, toda obra pública responde a etapas técnicas y administrativas, no a impulsos de la voluntad. Pretender que en cien días se entregan cien obras no solo ignora cómo funciona la gestión pública; es, en buen tico, comer cuento. Si en la narrativa bíblica ni siquiera existe consenso sobre cuántos siglos o milenios equivalían a un solo día de la Creación, conviene dudar de los milagros inmediatos de la política tica.

Y es que esta prisa efectista suele acompañarse de una narrativa simplista sobre la democracia. Tras la marcha del 6 de agosto, el discurso oficial alegó que la protesta probaba la ausencia de autoritarismo. Pero los proyectos autocráticos no se definen por permitir o no una marcha, sino por la concentración del poder y el debilitamiento de los contrapesos institucionales. Reducir la democracia a un "aquí la gente marcha y no pasa nada" es ignorar la erosión silenciosa de nuestras reglas del juego.

Tampoco se trata de una crítica promovida por la oposición. Hoy, cualquier discrepancia con el Gobierno es etiquetada de "comunista", un cliché que vacía de contenido el debate y busca cancelar el diálogo. Señalar lo que no funciona no nos hace enemigos ni radicales. La rendición de cuentas es un ejercicio diario, no un trámite que muere cuando pasan las elecciones.

Históricamente, Costa Rica se caracterizó por cuestionar al poder con educación y sin miedo. Teníamos esa malicia tica para dudar cuando desde la política se montaban cortinas de humo para desviar la atención de lo sustantivo: las contradicciones entre el discurso y los hechos, la falta de transparencia y los casos de corrupción. Esa malicia la hemos ido perdiendo frente al ruido y la polarización.

Hoy debemos recuperar la incomodidad incisiva. El "verdadero cambio" nos lo han prometido en tres ciclos electorales distintos y cada uno nos ha dejado la misma lección. Conviene preguntarse si los insultos y chabacanerías que salen de Casa Presidencial ante cada cuestionamiento son la transformación que queríamos o si, una vez más, pecamos de inocentes.

Como cantaba Juan Gabriel: ¿pero qué necesidad, para qué tanto problema? No hay necesidad de gobernar a fuerza de berrinches ni de dividir al país. Toca dudar de los anuncios estridentes, conversar con quien piensa diferente y recordar que al poder no se le aplaude a ciegas: se le exige y no se le come cuento.