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Cortando rabos

Aunque una persona tenga la capacidad o la suerte de conseguir rápidamente un nuevo trabajo, pasar por un despido siempre será una experiencia fuerte a nivel emocional. Todos los seres humanos necesitamos sentirnos útiles, y el despido suele sembrar dudas precisamente sobre eso.

Si se trata de un despido con responsabilidad patronal, surge la pregunta —muchas veces sin respuesta— de cuál será el verdadero motivo detrás de la decisión. Y si se trata de un despido sin responsabilidad patronal, con motivos detallados en la carta que se entrega, como exige la ley, es frecuente que la persona trabajadora cuestione la validez de esas razones, incluso en sede judicial.

Esta dinámica —el impacto de la noticia, la pérdida de un ingreso, la incertidumbre sobre el futuro y la angustia de cómo enfrentar obligaciones que estaban cubiertas por el salario, como préstamos, pensiones, alquileres, alimentación, colegiaturas o ayudas a familiares— propicia que, en términos generales, las personas procuren evitar pasar por la experiencia de que les corten el rabo, que es la forma coloquial local para referirse a un despido.

Ese temor se manifiesta de muchas formas en las personas trabajadoras. Por ejemplo:

  • Quienes, ante una investigación de la empresa por algún incidente o problema, prefieren no decir nada por temor a que se les considere directamente responsables de lo ocurrido y eso lleve a su despido.
  • Quienes optan por el rol de chismosos, serruchapisos, brochas o sobalevas, calculando que así se congracian con las jefaturas o con quienes creen que toman la decisión de un despido.
  • Quienes olvidan que la amistad no significa tolerancia y mucho menos estabilidad laboral, y pretenden que se les disculpe cualquier falta, por grave que sea.
  • Quienes reaccionan con violencia a un despido, aun cuando sea con responsabilidad patronal. Amenazan, gritan, hacen un alboroto, basurean y queman al patrono en redes sociales, y mantienen una vendetta por años, aun cuando no haya motivo para eso.
  • Quienes se enojan con recursos humanos, con el jefe directo, con la gerencia o con sus personas cercanas del trabajo cuando vienen despidos ordenados desde la corporación o recortes en las operaciones. Se sienten traicionados o desprotegidos por quienes no tienen la obligación y, muchas veces, ni siquiera la posibilidad de impedir o modificar decisiones que se toman desde otras latitudes y que pueden dejarlos también sin trabajo en el próximo recorte.

Hace unos años se popularizaron los cuatro acuerdos toltecas como recomendaciones para enfrentar la vida. Podríamos discutir si, en efecto, son legados de esa cultura milenaria. Pero, más allá de eso, la implementación de uno de ellos podría resultar especialmente útil en temas laborales:

No te tomes nada personal”.

Porque es cierto que pasamos buena parte de nuestra vida trabajando. En el trabajo nos han visto felices, tristes, angustiados, tranquilos, amargados, embarazadas, solteros, casados, divorciados. Hemos pasado temblores, finales de fútbol, cumpleaños, mudanzas, reacomodos, ascensos e incapacidades. Es verdad que establecemos relaciones personales con la gente con la que trabajamos, porque así somos los latinos: entradores, amigueros, metiches, cariñosos, sobreinvolucrados.

Pero también es verdad que la relación laboral es eso: una transacción donde se prestan servicios a cambio de un pago. No hay nada garantizado.