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¡Qué bonito es lo bonito!

En esta etapa de mi vida no soy tan constante con las rutinas de ejercicio como debería. Aunque intento ejercitarme, por lo menos, unas tres veces por semana. El gimnasio al que voy tiene una gran ventana que da a una escuela pública. Ver jugar a los niños durante el recreo se ha convertido en parte de mi rutina.

Hace unas semanas noté que el “play” feo y herrumbrado había comenzado a verse reparado. La tierra que levantaba polvo ahora estaba cubierta de un pasto verde, verdísimo y hermoso.

Al principio fueron apenas unos cuantos detalles como pintura nueva, mejoras en los columpios y una pequeña huerta. Después de varias semanas empecé a prestar más atención y mientras subía la intensidad de la caminadora la escuela parecía transformarse frente a mis ojos. Ahora era una escuela cuidadosamente restaurada. Simultáneamente la alegría de los niños al jugar se había intensificado. Ese rincón de la infancia que supone felicidad y de la cual depende mucho del entorno, de lo bonito y cuidado que estén las cosas. Por todo lo que nos hace sentir.

Sabemos que Costa Rica es un país profundamente bendecido por la riqueza de sus recursos naturales, sus paisajes y su belleza. Sin embargo, también debemos recordar que todo eso requiere de un sistema de cuido y buenas costumbres.

Pensar en fachadas de casas, aceras y calles bonitas. Mantener en buen estado nuestros espacios de trabajo, así como velar por las escuelas. Lugares donde se forman las futuras generaciones, donde nacen muchos sueños y se cultiva el futuro de nuestro país.

Yo y todos esos niños y niñas que veo desde la ventana agradecemos profundamente este gesto de mejora. El amor por nuestra comunidad es garantía de mayores oportunidades para quienes construirán el mañana.

Al terminar mi rutina, pensé, realmente… ¡qué bonito es lo bonito!