Este artículo es una actualización del texto original publicado en marzo de 2018 por estudiantes de Antropología de la UCR. Los análisis centrales siguen siendo vigentes; lo que ha cambiado, lamentablemente, son los números.
El título de este artículo tal vez nos resulta inofensivo, pero es una realidad para miles de mujeres costarricenses cuyas relaciones terminan con la muerte a manos de sus parejas o exparejas. Y los datos más recientes del Observatorio de Violencia de Género contra las Mujeres y Acceso a la Justicia del Poder Judicial confirman que el problema no se detiene.
Desde que en 2007 se promulgó la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres —siendo Costa Rica el primer país centroamericano en hacerlo— hasta 2023, el Observatorio registró un total acumulado de 467 femicidios. Si se extiende la mirada hasta octubre de 2025, la cifra supera los 536 casos en casi dos décadas. Detrás de cada número hay un nombre: Natalia, Juliana, Elena, Flora, Xenia, Rebeca, Floribeth... mujeres cuyas vidas fueron arrebatadas por hombres que dijeron amarlas.
Los números que no bajan
Solo en 2023 se registraron 34 femicidios en el país, según datos del Observatorio actualizados al 10 de octubre de 2025. De esas 34 víctimas, 25 eran madres, y sus muertes dejaron huérfanas a 55 personas, de las cuales 35 eran menores de edad. El arma más utilizada ese año fue la de fuego, responsable de 17 de los casos.
En 2024 el panorama no mejoró. Costa Rica completó un tercer año consecutivo con más de 25 femicidios confirmados, según el Observatorio de Violencia de Género. La víctima más joven tenía apenas 16 años; la mayor, 67. Entre las asesinadas ese año están Elizabeth, Nadia, Estefany, Kelyn, Kimberly, Carolina, Jenny y Julieta, entre otras.
Para 2025, los datos —con corte al 15 de octubre— ya contabilizaban 29 femicidios confirmados, con 23 casos adicionales de muertes violentas de mujeres aún pendientes de clasificar. De las víctimas confirmadas, 23 eran madres, y sus muertes dejaron a 51 personas sin madre, 34 de ellas menores de edad.
Según una investigación de Radios UCR publicada en 2026, los femicidios entre 2022 y 2025 sumaron 140 casos en total, en contraste con los 94 registrados en el cuatrienio anterior (2018–2021). El incremento es innegable y estructural.
La ley avanza, pero no alcanza
Cuando en 2018 se escribió la versión original de este artículo, la ley tenía once años de vigencia y las muertes seguían acumulándose. Hoy han pasado casi dos décadas y el escenario, si bien ha evolucionado en términos legales, sigue siendo estremecedor.
En 2021, la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres fue reformada en dos ocasiones significativas. La primera amplió su ámbito para cubrir relaciones de noviazgo, convivencia casual y cualquier vínculo de pareja, incluso cuando hubiera mediado divorcio o separación. La segunda reforma incorporó el artículo 21 bis, que establece el "femicidio en otros contextos": muertes cometidas por personas con vínculo de confianza, parentesco o autoridad sobre la víctima, con penas de hasta 35 años de prisión.
Estas reformas permitieron visibilizar más casos que antes quedaban fuera del marco legal. Pero la ley, por sí sola, no ha logrado frenar la violencia.
El mismo patrón en los medios
Lo que sí persiste, prácticamente sin cambios, es la manera en que gran parte de la prensa costarricense cubre estos crímenes. Un estudio del Programa Estado de la Nación publicado en 2024 analizó la cobertura mediática de femicidios entre 2014 y 2023, y encontró que de 370 noticias vinculadas a 68 mujeres asesinadas, solo 47 mencionaban el término "femicidio" en el titular. Palabras como "asesinato", "muerte" o "acusado" siguen siendo más frecuentes que "femicida" o "feminicida".
El mismo estudio señala que tres casos concentraron el 66% de toda la cobertura mediática de ese período de diez años, lo que revela una cobertura fragmentada y desigual: algunos femicidios generan oleadas de noticias, mientras la mayoría pasan casi desapercibidos.
Los patrones que se identificaron en 2018 —el hombre como protagonista, las justificaciones amorosas o de celos, la culpabilización implícita de la víctima— siguen documentándose. Las guías de cobertura periodística con perspectiva de género han proliferado en la región: en México, Uruguay, República Dominicana, Guatemala y, en 2024, también en Costa Rica con la publicación de la Guía para el abordaje noticioso de casos de femicidio desde una perspectiva de género y análisis interseccional . Pero su adopción en las redacciones sigue siendo voluntaria y desigual.
El femicidio no es un hecho aislado
En el mismo período en que los femicidios aumentaron, también creció la violencia doméstica de manera alarmante. El Poder Judicial reporta que entre 2018 y 2025, los despachos judiciales del país dictaron un promedio de 129 medidas de protección por día, sumando más de 376 mil medidas en ese período. Que haya más medidas no significa necesariamente más seguridad: también refleja más mujeres que se atreven a denunciar, pero que muchas veces no cuentan con el respaldo institucional suficiente para que esa denuncia se traduzca en protección real.
La tasa anual histórica de femicidio en Costa Rica, calculada para el período 2012–2021, es de 1 caso por cada 100 mil mujeres. Es un promedio que esconde picos preocupantes: en 2020, año de pandemia, hubo 30 femicidios, el número más alto en más de una década. Desde entonces, la cifra no ha regresado a los niveles previos.
Lo que sigue pendiente
Han pasado casi veinte años desde la primera ley y casi diez desde aquel primer artículo. La delgada línea entre el amor y la muerte sigue presente en nuestras frases cotidianas, en los titulares de los periódicos, en los comentarios que justifican los celos como prueba de amor.
La ley avanza. La Subcomisión Interinstitucional de Prevención del Femicidio trabaja. El Observatorio de Violencia de Género documenta. Pero mientras la sociedad no transforme las ideas que normalizan el control, la posesión y la violencia dentro de las relaciones, los nombres seguirán acumulándose.
No está demás cerrar este análisis, como en 2018, invitando a quien lee a tomarse el tiempo de pensar en la forma en que recibimos estos mensajes. Si la violencia se justifica y nos parece normal, nos volveremos insensibles ante ella. Seamos personas críticas, y no partícipes de la narrativa que convierte el crimen en tragedia romántica.
Porque mientras sigamos llamando "crimen pasional" a lo que es un femicidio, mientras el titular hable de los celos del agresor antes que del nombre de la víctima, seguiremos construyendo una sociedad en la que morir de amor es, literalmente, posible.
