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El caso de don Julio

Don Julio entró a la empresa cuando eran tan poquitos, que almorzaban todos juntos, organizaban carnes asadas y se invitaban a las fiestas de los hijos.

La empresa creció. Los “viejos” se seguían saludando con el cariño de siempre, pero cada vez era más usual pasar por los pasillos de camino a la cafetería sin encontrarse a nadie conocido.

Cada uno, don Julio incluido, siguieron con su trabajo, concentrados en sus obligaciones, asumiendo otros puestos, entrenando gente nueva, encontrando nuevos retos. Don Julio, calladito, en su esquina, hacía su trabajo (aunque llevándola suave), vacilaba con los compañeros, los oía cuando estaban tristes o preocupados. Nunca una amonestación, nunca un problema.

El tiempo no espera a nadie. Y llegó el momento de la pensión de don Julio. Tenía todas sus cotizaciones en orden.  Se le hizo una fiestita de despedida y le regalaron una plaquita en agradecimiento a sus servicios.

Entonces la empresa se dio cuenta que lo que don Julio hacía, no lo hacía nadie más. Ni nadie sabía cómo hacerlo. Tampoco estaba por escrito. Todo, pero TODO, estaba almacenado y archivado en la cabeza de don Julio, que, por dicha, seguía lúcido. Y sin él, o sea, sin esa información, no podían funcionar bien.

Había que convencer a don Julio y traérselo de vuelta.  No se necesito mucho esfuerzo. Don Julio, desde que se pensionó, estaba tristón y aburrido, así que aceptó de inmediato, porque una persona pensionada puede volver a trabajar sin problema. Lo único es que ya no cotiza ni él ni el patrono para el régimen de invalidez, vejez y muerte (IVM).

Pero no fue igual. Apenas regresó, le asignaron un ayudante para exprimir y sintetizar todo su conocimiento, sistematizarlo y ponerlo en un manual. Muy pronto, el ayudante podía hacer todo, por menos salario y sin tantas incapacidades porque con la edad, bueno, don Julio se nos enfermaba de vez en cuando.

Ya no se necesitaba a don Julio, pero siendo tan querido y con tantos años, nadie se atrevía a decírselo.  Pulsearon hablarle a alguno de los viejos para que le hablaran a don Julio y lo convencieran de renunciar. Ninguno quiso. Don Julio no se dio por enterado.

Entonces, se optó por hacerle la vida imposible para que, cansado, harto y dolido, se fuese solito. Le aumentaron la carga de trabajo, lo pusieron a aprender procedimientos complicados,  a completar todos estos entrenamientos que no sirven para el puesto, le quitaron el teletrabajo, ese año no le dieron el bono porque de por sí es discrecional, no lo invitaban a reuniones, lo obligaron a llevar cursos de portugués. Y ni así.  Don Julio, impávido, seguía en lo suyo.

Bueno, impávido no. No se quejaba, pero sí se daba cuenta y en la casa le notaban que dormía muy mal, se despertaba puntual y alerta a las 3 de la mañana. A veces lloraba en silencio. Se estaba enfermando más, estaba deprimido. Pero tampoco quería renunciar. "Se nos va a morir de tristeza", pensaban los hijos.

Y ahí están, en ese estira y encoje. Aumenta la presión, don Julio se incapacita. Baja la presión, don Julio regresa por unos días. Un incertidumbre terrible y desgastante.

Y pensar que era tan fácil como exponer la situación, firmar un finiquito bien hecho en un centro de conciliación autorizado y listo.

Pero no. Mejor seguir con la hostilidad de baja intensidad, que se acerca con frecuencia a un acoso laboral que hablar las cosas de frente.