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Cuando la productividad reemplaza personas

En mayo de 2026, cuando el gobierno de Costa Rica autorizó a Align Technology reducir de 4.992 a 2.500 el mínimo de trabajadores que debía mantener bajo el Régimen de Zonas Francas, la decisión generó distintas reacciones y abrió un debate sobre sus implicaciones.

Algunas personas cuestionaron el impacto social de la medida y el futuro de quienes perderían sus empleos. Otras señalaron que muchos de los puestos afectados consistían en tareas repetitivas y altamente estandarizadas, por lo que la automatización era una evolución esperable e incluso positiva. La propia empresa argumentó que la incorporación de inteligencia artificial y automatización elevó la productividad y redujo la necesidad de sustituir puestos menos calificados.

Los argumentos no son menores. Especialistas en salud ocupacional advierten sobre los riesgos asociados a tareas repetitivas, incluyendo lesiones musculoesqueléticas, fatiga visual y desgaste físico acumulado. Un informe reciente de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que la inteligencia artificial, la automatización y la digitalización pueden contribuir a reducir exposiciones peligrosas y prevenir lesiones laborales, aunque también generan nuevos desafíos sociales y laborales.

Sin embargo, la discusión no termina ahí. Reconocer los beneficios potenciales de la automatización no resuelve una cuestión que suele quedar relegada a un segundo plano. ¿Qué ocurre con las personas cuando esas tareas dejan de ser realizadas por trabajadores humanos? Todos los trabajos implican algún nivel de riesgo, ya sea físico, psicológico o asociado a las condiciones en que se realizan. La automatización puede reducir ciertos riesgos ocupacionales, pero eso no significa que elimine el problema de fondo si, en cambio, expone a las personas a otro riesgo potencialmente mayor: el desempleo.

Productividad, automatización y empleo

Lo que ocurrió en Align no es un caso aislado. Empresas alrededor del mundo han anunciado despidos mientras incrementan sus inversiones en inteligencia artificial. Meta, por ejemplo, anunció miles de despidos al mismo tiempo que aceleraba inversiones multimillonarias en infraestructura y desarrollo de inteligencia artificial

La narrativa parece repetirse: mayor eficiencia, procesos más ágiles y mejores resultados. Lo que rara vez ocupa el centro de la discusión es cómo se distribuyen los beneficios y los costos de esa transformación.

No hay duda de que la innovación tecnológica genera valor, pero no siempre queda claro cómo ese valor se redistribuye entre quienes participan en el proceso productivo. Si una organización logra producir más con menos personas, pero ese aumento de productividad no se traduce en mejores condiciones laborales, reducción de jornadas o mayores oportunidades para quienes son desplazados, resulta legítimo preguntarse quién se beneficia realmente de esos avances.

Resolver un riesgo, crear otro

La preocupación por el impacto laboral de la inteligencia artificial no proviene únicamente de sindicatos o economistas. En su encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV advierte que las transformaciones tecnológicas deben evaluarse también desde la dignidad humana, la justicia y el valor del trabajo, y no únicamente desde criterios de eficiencia económica. El documento plantea que el progreso tecnológico no puede desligarse de sus consecuencias sociales, especialmente cuando afecta el empleo o profundiza nuevas formas de exclusión.

La reflexión resulta relevante en un momento en que buena parte del debate sobre inteligencia artificial se concentra en aumentos de productividad, reducción de costos y optimización de procesos. La inteligencia artificial puede generar beneficios reales, pero estos no deberían analizarse ignorando sus consecuencias para las personas que ven transformada o eliminada su fuente de empleo.

Resolver un riesgo laboral no debería significar ignorar el riesgo social que surge cuando cientos de personas pierden su fuente de ingresos. Sustituir la exposición a una lesión potencial por la exposición al desempleo no elimina el problema, simplemente lo transforma. Y aunque ambos riesgos son distintos, ninguno debería analizarse de manera aislada.

Lo que está en juego

El caso de Align abre una discusión que probablemente se volverá cada vez más frecuente en los próximos años.

La discusión no es si debemos utilizar inteligencia artificial. La discusión es si estamos utilizando la inteligencia artificial como una herramienta para potenciar el trabajo humano o como un mecanismo para reemplazarlo sin asumir plenamente las consecuencias de esa decisión.

Porque cuando la eficiencia se convierte en la única medida del éxito, corremos el riesgo de olvidar que detrás de cada indicador de productividad hay personas cuya vida también forma parte de la ecuación.