Mi padre siempre ha tenido la bonita costumbre de reciclar frasquitos de vidrio y de reutilizar cosas. Con el tiempo, uno empieza a notar que un frasco de jalea que antes estaba en la despensa aparece luego sobre la mesa convertido en un pequeño florero, y aquel vasito que alguna vez sostuvo una candela ahora está en la cocina, lleno de azúcar. Así, casi sin pensarlo, va dándole una segunda vida a las cosas. También están las hojas de papel periódico, que en su momento contaron las noticias más importantes del día, después, mi padre las dobla con cuidado y las deja a la espera de un nuevo uso. Así terminan extendidas sobre el piso para secar las goteras que pringan la casa en días de lluvia, o convertidas en “trapitos” para limpiar alguna “torta” de nuestra perrita Panchita.
A todo esto, nada parece condenado al olvido. Cada objeto, por pequeño o gastado que sea, encuentra una segunda oportunidad. Su casa se va llenando poco a poco de objetos reciclados que lo acompañan y creo que eso lo reconforta.
Es algo que me impacta profundamente. Ese estilo de vida de nuestros abuelos y de nuestros padres, tan distinto a esta época. Ellos no vivían pendientes de comprar y comprar, esa urgencia casi automática que hoy parece gobernarlo todo. Tengo la sensación de que, en esa forma más sencilla de vivir, hay una manera más tranquila de estar en el mundo.
Lo suyo no tiene nada que ver tampoco con ese minimalismo de catálogo, pulido, que promete sencillez. Nunca he visto a mi padre ojear un catálogo en donde se exhiben colores neutros, monocromáticos, formas geométricas y limpias que huyen de cualquier exceso. Se dice que ser minimalista en Latinoamérica es contradictorio. Eso de confundir vacío con elegancia o colores pocos llamativos con sofisticación no es algo propio de nuestra cultura. Al contrario, en la casa de mi padre, los objetos no se eligen por combinar, sino por servir. En su casa denotan tonos intensos, colores cercanos y profundamente propios de nuestra cultura y nuestro clima. Son colores vivos que reconocemos en Latinoamérica y el Caribe.
En resumen, la casa de mi padre es hermosa, cálida, viva, llena de color. Nada parece estar puesto para impresionar ni cuidadosamente “curado” para una exhibición. No responde a esa estética uniforme de casas que hoy parecen copiadas de Pinterest o de catálogos, idénticas entre sí, impecables. La suya, en cambio, no teme al color o a la mezcla, porque está hecha para ser habitada, no exhibida. Es una casa que se ha ido haciendo con el tiempo, con pequeños hallazgos.
Es un espacio como la vida misma, imperfecta, llena de historia. Quizá por eso, al entrar, uno siente bonito porque todo ha sido vivido y elegido con amor.
