El artículo de Christopher Rojas “¿Qué pasó en Costa Rica? Un análisis medio filosófico de unas elecciones sin sorpresas”, parte de una preocupación válida: no se debe insultar al electorado ni reducir una decisión democrática a la supuesta ignorancia de quienes votaron distinto. En eso tiene razón. Una democracia seria empieza por reconocer el resultado de las urnas, incluso cuando incomoda.
También es cierto que Costa Rica arrastra fracturas profundas. Hay comunidades donde el Estado llega tarde, llega mal o simplemente no llega. Hay ciudadanos que viven con inseguridad, desempleo, trámites imposibles, infraestructura abandonada y una sensación creciente de que la política tradicional habla mucho, pero resuelve poco. Ignorar ese cansancio sería un error.
Sin embargo, reconocer esos problemas no obliga a aceptar sin examen el marco ideológico desde el cual Rojas interpreta el resultado electoral. El texto critica el simplismo, pero por momentos cae en otra forma de reduccionismo: explicar el voto costarricense desde categorías cargadas como “derecha rancia”, “neoliberalismo”, “privilegios”, “antiderechos” o “anticomunismo”. Ese lenguaje no es neutral. Revela una lectura política específica, cercana a una sensibilidad de izquierda cultural y económica, que también debe someterse al mismo rigor que se exige a los demás.
El problema no es que alguien escriba desde la izquierda. Toda persona interpreta la realidad desde algún lugar. El problema aparece cuando una posición política se presenta como superioridad moral o como la única forma legítima de comprender al país. Si el votante apoya una agenda progresista, se le suele celebrar como consciente; si vota en otra dirección, se le explica como abandonado, manipulado, enojado o atrapado en prejuicios históricos. Esa manera de leer al país tampoco respeta plenamente la autonomía del ciudadano.
Costa Rica no votó solamente desde el enojo. También votó desde la memoria. Y esa memoria política no puede despacharse como simple anticomunismo irracional. Este país tiene una historia particular: una guerra civil en 1948, una Segunda República construida alrededor de instituciones fuertes, un Estado social robusto, la abolición del ejército, la alternancia democrática y una cultura política que, con todas sus contradicciones, ha desconfiado de los extremos. Esa reserva frente a proyectos de izquierda ideológica no nació de la ignorancia. Nació de experiencias históricas, debates reales y una preferencia nacional por el gradualismo, la propiedad privada, la paz social, la libertad electoral y los contrapesos institucionales.
La izquierda costarricense tiene todo el derecho de existir, participar y proponer. Eso no está en discusión. El Frente Amplio, por ejemplo, se define en sus propios principios como socialista y como una alternativa al modelo neoliberal. Esa identidad es legítima dentro del juego democrático. Pero también es legítimo que muchos costarricenses no compartan esa visión del país. No por miedo, no por atraso, no por odio, sino porque prefieren justicia social sin socialismo, Estado social sin estatismo, derechos sin imposición cultural y solidaridad sin desprecio por la responsabilidad individual.
Ahí está uno de los vacíos del artículo: parece entender mejor el cansancio ciudadano cuando ese cansancio confirma su propio marco ideológico. Pero el agotamiento con lo tradicional no pertenece a la izquierda ni a la derecha. Le pertenece a una ciudadanía que vio pasar gobiernos, partidos, promesas y diagnósticos sin que su vida cotidiana mejorara al ritmo esperado. La gente se cansó de discursos técnicos sin ejecución, de instituciones que se defienden más de lo que se reforman, de partidos que prometen escuchar y luego gobiernan desde burbujas políticas, académicas o burocráticas.
En algunos espacios universitarios y digitales, ciertas ideas de izquierda se presentan no como posiciones debatibles, sino como sinónimo automático de empatía, justicia y conciencia social. Al mismo tiempo, toda mirada liberal, conservadora o de derecha puede ser caricaturizada como egoísmo, privilegio o atraso. Eso no forma pensamiento crítico: lo reduce. Y una generación que no conoce bien la historia política de Costa Rica corre el riesgo de interpretar el presente con categorías importadas, sin entender por qué este país ha desconfiado históricamente de ciertas promesas de redención colectiva.
La política costarricense necesita menos superioridad moral y más humildad histórica. La derecha se equivoca cuando ignora la desigualdad, la exclusión territorial o las barreras reales que enfrentan muchas familias. Pero la izquierda también se equivoca cuando reduce toda crítica a sus ideas a ignorancia, privilegio o manipulación. Ninguna corriente tiene el monopolio de la compasión, de la democracia ni del amor por el país.
Por eso, el debate no debería ser si Costa Rica se volvió ignorante, fascista, populista o “rancia”. Esa es una salida fácil. La pregunta más seria es otra: ¿qué dejaron de escuchar los partidos, los intelectuales, los medios, las universidades y las élites políticas para que tanta gente decidiera buscar respuestas fuera de lo conocido?
Costa Rica no necesita menos democracia. Necesita una democracia menos dogmática. Una donde se pueda defender la justicia social sin despreciar la libertad económica; exigir eficiencia pública sin destruir el Estado social; hablar de derechos sin imponer una moral única; y reconocer la voluntad popular sin tratar al votante como un problema que debe ser explicado desde arriba.
El país no votó desde la ignorancia. Votó desde el cansancio, desde la memoria y desde una exigencia legítima de resultados. Quien quiera entenderlo deberá hacer algo más difícil que etiquetarlo: escucharlo.
