La victoria de Laura Fernández en las elecciones de 2026 ha sido contundente y para quienes respetamos la institucionalidad democrática y el impecable trabajo del Tribunal Supremo de Elecciones, el primer paso hacia un análisis honesto es reconocer este triunfo de forma inequívoca. Sin embargo, para aquellos sectores que se opusieron activamente a su candidatura, este momento no debe ser de silencio, sino de una reflexión profunda que trascienda la estadística electoral y examine los síntomas que la clase política tradicional decidió ignorar deliberadamente.
El mito de la “gente tonta” y el agotamiento del modelo tradicional
Es urgente desmantelar el discurso clasista que etiqueta al electorado como "tonto" por sus decisiones en las urnas. Replicar esta narrativa es caer en la misma estructura de pensamiento que la derecha rancia utiliza al afirmar que "el pobre es pobre porque quiere", sin querer entender estructuras que sobrepasan lo volitivo e individual. Si el electorado careciera de criterio, habría sucumbido al espejismo vallecentralista de apoyar candidaturas presentadas como las "más preparadas" o alineadas con un progresismo occidental que ha demostrado ser insuficiente para las mayorías desde una perspectiva económica.
La realidad es que la política le falló a las y los costarricenses, no al revés, pues, si la gente fuera tonta, habría votado masivamente por Álvaro Ramos, representante de esa Costa Rica que el Partido Liberación Nacional (PLN) comenzó a desmantelar cuando Óscar Arias provocó una crisis sin precedentes en la Caja Costarricense del Seguro Social. La gente recuerda las promesas incumplidas del TLC y la desilusión de ver a figuras tradicionales apelar al sentimentalismo mientras la esperanza se erosionaba durante lo que se llamó la larga noche neoliberal.
Del mismo modo, el fracaso de Juan Carlos Hidalgo y el PUSC responde a la defensa de modelos económicos desiguales que incluso fracasan en países como Estados Unidos. La alianza legislativa del PUSC con sectores antiderechos también ha pasado factura. Por su parte, Claudia Dobles, se convirtió en una mesías de la blanquitud progresista cuya visión de país no cruzaba las fronteras de San Pedro de Montes de Oca, sin embargo, la gente no olvida el uso de gas lacrimógeno contra docentes, la ley anti huelgas y la tibieza de candidaturas como la de Welmer Ramos. Si la gente fuera tonta, habría creído que el PAC y el CAC son fenómenos distintos.
El outsider y el grito de las periferias invisibles
El éxito de Laura Fernández no es una anomalía aislada, sino parte de un clima internacional donde el discurso antipolítico y los tintes autoritarios generan una identificación poderosa en quienes nunca se sintieron parte de la conversación política. Fallamos al no reconocer al otro en su dimensión costarricense y al no comprender la fascinación que produce un estilo tosco pero efectivo en un terreno abonado por la ineficiencia de quienes "hablaban bonito" pero no solucionaron nada.
Existe hoy una tendencia alarmante en redes sociales a culpabilizar a Limón, Puntarenas y Guanacaste por el triunfo del oficialismo. Este análisis invisibiliza a quienes sufren el desempleo, la inseguridad y la falta de oportunidades. Es conveniente para las clases medias del Valle Central culpar a las periferias en lugar de cuestionar sus propios privilegios.
El mensaje de las costas y los barrios populares es un llamado de auxilio, no una solicitud de información o explicaciones desde la comodidad del GAM. Debemos escuchar a las comunidades y salir de la burbuja de los condominios y las universidades públicas, para atender con atención a quienes pasan cinco días a la semana sin agua o ven sus espacios controlados por el narco. La política le falló a las costas, y el discurso de figuras como Chaves y Fernández encontró tierra fértil precisamente allí donde el abandono institucional es la norma.
Democracia, resistencia y rigor analítico
Reducir la democracia costarricense al acto de votar cada cuatro años es un error estratégico grave. Si bien el panorama de un Ejecutivo y un Legislativo (con 31 diputados) controlados por el oficialismo sugiere un riesgo de autoritarismo, la democracia no se defiende solo en las urnas. La verdadera lucha por los derechos humanos y la institucionalidad se da en las calles y en la discusión política cotidiana, combatiendo la apatía que es nuestra mayor enemiga.
Asimismo, es fundamental elevar el rigor del debate. Costa Rica no es tonta y comparaciones reduccionistas con Venezuela, Cuba o Nicaragua, lejos de generar conciencia, solo provocan un miedo infundado basado en un anticomunismo que no corresponde a nuestra realidad histórica. Si vamos a realizar política comparada, debemos entender que el autoritarismo triunfa cuando los partidos tradicionales matan la esperanza con décadas de promesas incumplidas. El autoritarismo no se impuso el día de la elección, sino mucho antes, cuando el hartazgo consumió la esperanza ciudadana.
Hacia la recuperación del “pura vida” como protección mutua
Aunque Laura Fernández obtuvo un 48% de apoyo, más de la mitad del país no votó por ella, por eso, no podemos permitir que el odio mutuo nos divida, porque es otorgarle una victoria definitiva al autoritarismo. La felicidad, en términos aristotélicos, no es un fin permanente, sino momentos que nos permiten reconocer lo que hemos sido y lo que podemos ser. Es decir, Costa Rica, aunque de luto, puede encontrarse una vez más.
La constitución étnico-metafísica del ser costarricense es diversa y compleja; se encuentra en nuestra historia compartida, en un abrazo y en la dignidad de todos quienes habitamos este país. Laura Fernández es una figura temporal, pero la institucionalidad y la tierra que amamos persistirán si somos capaces de reconocer al otro a pesar de las profundas diferencias ideológicas.
El concepto de "Pura Vida" debe dejar de ser una leyenda difusa para convertirse en un compromiso real de protección y resistencia colectiva. No serán cuatro años fáciles, pero estamos lejos de perder el país si tomamos este resultado como un llamado a escucharnos más, a discutir con seriedad y a reflexionar sobre la Costa Rica que queremos heredar. La defensa de la seguridad, la educación, la salud y el empleo digno requiere que abandonemos la parálisis política y volvamos a encontrar en el diálogo y la calle los puntos de inflexión necesarios para cuidar nuestra democracia.
