La guerra en Irán cumple ya cuatro semanas desde que Estados Unidos e Israel lanzaran su ataque indiscriminado contra diversas zonas del país. Este crimen de agresión, que al inicio de su operación fue catalogado por diversos medios occidentales como un “ataque preventivo”, cínica definición para el bombardeo de un país que no se disponía a atacar, constituye una clara agresión al derecho internacional y la carta de Naciones Unidas.
Las excusas dadas, que nos recuerdan a las fabricadas en 2003 para justificar la invasión a Irak, poco tienen que ver con el supuesto programa nuclear iraní y aún menos con las reivindicaciones democráticas del pueblo iraní. El cinismo de Trump y Netanyahu supera con creces cualquier posible lógica que pueda justificar esta guerra. Recordemos que los ataques a Irán se produjeron apenas un día después de las recientes negociaciones que sostuvieron mediadores estadounidenses e iraníes en que, según diversas fuentes, iban encaminadas en lograr un acuerdo positivo para las partes.
Las negociaciones estaban funcionando y eso suponía un problema para Trump y Netanyahu, ya que las acusaciones que enfrentan, incluyendo las de abuso sexual asociados a los archivos Epstein contra Trump, y las de corrupción contra el líder sionista, podrían poner en serios aprietos la continuidad de sus administraciones.
Al inicio del llamado “ataque preventivo” Trump afirmó que el ataque sobre Irán pretendía evitar que Teherán se hiciera con la bomba atómica, contradiciendo el relato utilizado para justificar los ataques de junio de 2025 en el que el líder MAGA afirmaba que el ejército estadounidense había destruido el programa nuclear iraní.
El ataque contra Irán no se produjo por un retroceso en las negociaciones, sino simplemente por el hecho de que sus avances, asociados al claro momento de debilidad militar iraní, amenazaban con evitar el verdadero interés tanto de Trump y Netanyahu: intervenir militarmente en Irán.
El desprecio al derecho internacional, asociado a un belicismo deshumanizante y un cinismo de época, nos reafirman que tanto Trump como Netanyahu ven en la guerra una oportunidad-beneficio sin importar el desprecio y el costo de los miles de vidas que se perderán.
Poco le debe importar a Trump que los dos misiles Tomahawk, que se presume que fueron lanzados por el ejército estadounidense, y que destruyeron un centro educativo en Irán asesinando a cientos de niñas, constituya un crimen de guerra recogido a través de la Convención de Ginebra que prohíbe tanto el ataque a una escuela como el bombardeo de una zona en el que pueda haber víctimas civiles, incluso si cerca hay un objetivo militar.
Las elecciones de medio mandato, donde se eligen todos los miembros de la Cámara de Representantes (se renueva cada dos años completamente) y una tercera parte del Senado (se eligen por periodos de seis años), representa el principal problema político a que se enfrentará Trump en futuro cercano. Las encuestas evidencian que la mayoría de los estadounidenses no apoyan la operación militar en Irán. El recuerdo de Irak sigue vigente y el genocidio en Gaza ha cambiado la percepción de Israel incluso en el electorado MAGA que se ha sentido traicionado por un líder que en plena campaña política prometía no meter a Estados Unidos en una nueva guerra o en un “eterno Irak”.
La guerra contra Irán simboliza la ruptura de Estados Unidos con la legalidad internacional. El silencio de los aliados de nuestro hemisferio los convierte en cómplices. Trump y Netanyahu enfrentarán la condena de la historia, a como la tienen Hitler o Stalin. Aunque la Corte Penal Internacional tiene claras deficiencias y límites jurisdiccionales (Estados Unidos e Israel no son Estados parte del Estatuto de Roma), los crímenes de guerra perpetrados por las partes implicadas en esta guerra no deben quedar impunes.
