La que vende confites o pide dinero en una esquina, con un niño en brazos y dos sentaditos en el suelo, esperando que algo pase o que termine el día.
La que le toca parir sola, en un país extraño y no tiene quién le ayude con el bebé, quien le enseñe a cambiarlo, amamantarlo, sacarle el cólico, tomar el sol, bañarlo o simplemente la abrace cuando la maternidad le pese mucho y necesite llorar.
La que debe acostumbrarse a que le pregunten de dónde es, cuándo llegó, porqué su nombre es tan raro; a que le hagan preguntas intrusas de su pasado o comentarios inapropiados de su país. La que debe aprender nuevas claves sociales para entender su nueva realidad.
La que se queda sin referencias y no sabe dónde cortarse el pelo, escoger médico, doctor, marcas de comida, escuelas, barrios. La que se enfrenta a nuevos riesgos y son diferentes. La que le toca escuchar comentarios discriminatorios o xenofóbicos.
La que cuida a mis hijos y a los suyos, les prepara la comida, les tiende la cama, les lava y acomoda su ropa, los recibe con abrazos cuando llegan de la escuela y los quiere como propios porque tiene a los suyos lejos o grandes o las dos cosas. Las que les enseñan palabras de su tierra: Panita (tacita), por ejemplo.
La que mantiene su identidad en la sazón de su cocina y en su acento. La que cría hijos o nietos que hablan como locales y nadie diría que tiene papás o abuelos extranjeros. La que sabe que por ser binacionales no son menos suyos. La que los lleva, cuando puede, de visita a su país para por lo menos compartirles algo que es de ellos, aunque no lo tengan claro.
La que tiene que empezar de cero, sin redes de conocidos o influencias, convalidar títulos, trabajar en lo que sea, aceptar condiciones ilegales o simplemente que la exploten, porque es más importante la sobrevivencia que exigir el respeto de las leyes.
La que sueña siempre con regresar, aunque sabe que nunca podrá volver al momento en que tuvo que irse. La que perjura que, aunque se nacionalice, seguirá siendo de donde es porque es imposible renunciar a lo que una es, a lo que una lleva adentro.
La que le dice a sus hijos que deben recordar siempre que su familia es muy pequeña, que aquí no tienen a nadie, que solo se tienen entre ellos y que entre todos enfrentarán, como puedan, las adversidades que traerá la vida.
La que se entera por teléfono cuando alguien querido murió en el país de origen. La que llama para Navidad, Año Nuevo, para los cumpleaños o todos los días para saber cómo están y mantenerse en contacto.
La que manda dinero para ayudar a los que se quedaron. La que compra cositas todo el año y si alguien o ella va para allá, llega cargada con regalitos para todos.
La que sabe que el instinto es la memoria que traemos en la sangre, el conocimiento de cómo hacer las cosas sin haberlas aprendido nunca; y a eso recurre para asimilarse, para trabajar, para volver a reír, a enamorarse, para finalmente deshacer maletas y echar nuevas raíces; porque la vida sigue sin importar la nostalgia, la tristeza o el desarraigo.
Para ellas, las trescientas diez mil mujeres migrantes que hay en Costa Rica, también es el día de la Mujer. Y saben, en el cuerpo, que la lucha continúa.
