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Del totalitarismo invertido hacia el neofascismo de Trump

La política migratoria del gobierno de Donald Trump ha puesto de nuevo a la deshumanización como arma política. Dicho de otra manera, la actuación de Inmigration and Customs Enforcement (ICE) evidencia lo que Zygmunt Bauman analizaba como la “construcción política del extraño”. El “otro” ya no es alguien lejano, es el vecino. Y el vecino puede llegar a convertirse en el enemigo.

Toda política que busque funcionar permanentemente bajo el signo de la excepción requiere “deshumanizar” como operación previa. En este caso, la persona migrante deja de ser una persona y pasa a ser una “amenaza”, un “ilegal” o un “alien”. Dicho lenguaje, produce una realidad y normaliza el miedo y con ello se habilita la violencia. En la Alemania nazi fue el judío, hoy, a nivel mundial, es la persona migrante. Al igual que en el nazismo, el mecanismo el mismo: una identidad convertida en amenaza ontológica.

El ICE, al igual que las SS nazis, interioriza la frontera a través de un desplazamiento espacial: la frontera ya no se encuentra “lejos”, sino que la tenemos aquí: en el trabajo, la escuela o la calle. Con ello, el ICE ha normalizado el miedo, ya que la frontera ha sido desplazada de un borde a nuestra vida cotidiana. Esto no solo amenaza a las personas migrantes, sino al conjunto de la sociedad que se manifieste o cuestione todo aquel accionar del ICE puede llegar a considerarse sospechoso. Tal como sucedió en Minneapolis, la política migratoria de Trump se ha convertido en asunto doméstico y urbano que ya no es marginal ni lejano.

Mientras el gobierno de Trump ha abandonado cualquier rastro de las formas liberales y democráticas que los gobiernos estadounidenses antes decían promover, el autoritarismo y neofascismo se han convertido en una respuesta al equilibrio global de poder. El orden liberal occidental ha perdido su protagonismo y liderazgo frente a China. Trump se ha convertido en un producto de ese proceso y con ello se ha fomentado un giro autoritario. Si tras la caída del Muro de Berlín el orden neoliberal se basaba en el culto al mercado y concentración del poder corporativo, dicho orden ha venido colapsando bajo sus propias contradicciones.

La pérdida de la hegemonía occidental en el tablero geopolítico ha facilitado lo que el filósofo Sheldon S. Wolin describe como “totalitarismo invertido”, fórmula que describe básicamente la manera peculiar que adquiere el autoritarismo en las democracias liberales modernas, en especial Estados Unidos. A diferencia de los totalitarismos clásicos del siglo XX, el totalitarismo invertido no implica un líder carismático y un sistema unipartidista. Asume que hay un sistema de poder difuso en el que el Estado y grandes corporaciones actúan en connivencia bajo la fachada de instituciones democráticas. Wolin describe que un sistema legal complaciente con los poderosos, en el que sus dos principales partidos políticos responden a los intereses de dicha élite, se consolida en un régimen que vacía de contenido la democracia.

Trump, como ejemplo de transición de un totalitarismo invertido hacia una nueva forma de neofascismo, muestra cada día su poco interés en preservar las apariencias democráticas que históricamente Estados Unidos ha dicho defender. Su figura ha canalizado el malestar social aprovechado por algunas élites que han buscado romper con el orden vigente. El trumpismo ha normalizado el lenguaje de odio y el desprecio por las normas internacionales. Se ha normalizado el paso hacia una política cínica donde la verdad y la legalidad no son esenciales, y con todo ello el autoritarismo crece.