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Cuando el mar nos calma

El escritor francés Albert Camus fue, sin duda, una mente bastante interesante. Su obra se erige como uno de los pilares de la filosofía del absurdo: la intuición de que el mundo, indiferente, carece de sentido propio. De que no ofrece respuestas ni consuelo ante las preguntas esenciales del ser humano. Y, sin embargo, en ese silencio Camus vislumbró una oportunidad, la de forjar, con nuestras propias intenciones, un sentido a la vida.

Camus murió joven, pero eligió vivir con plenitud y propósito, desafiando la pobreza y las adversidades que marcaron su camino. En 1957 recibió el Premio Nobel de Literatura reconocimiento a una obra atravesada por la defensa de la dignidad humana. Creía habitar un mundo absurdo y, sin embargo, supo amar con intensidad. Amo la vida, amo a sus hijos, amo profundamente el mar como si en el encontrara un respiro frente al sin sentido.

Parte de su niñez transcurrió a orillas del Mediterráneo, en Argelia, donde el mar se le volvió imborrable para siempre. Para Camus esas aguas fueron un refugio íntimo, una forma persistente de nostalgia y un eco que habita varias de sus obras literarias.

Siempre me he serenado en el mar y esta soledad infinita me hace bien por un momento, aunque tenga la impresión de que este mar arrastra hoy todas las lágrimas del mundo".

Desde que mi hermano falleció he regresado al mar una y otra vez, como quien busca en sus olas una suerte de bendición, un consuelo. Ahí dejo caer el peso de los días, de las semanas, como si el vaivén de las olas pudiera lavar la herida que al tiempo le está costando sanar.

Le hablo al mar como si le hablara  a un sabio. Con respeto, con preguntas, con la esperanza de que su silencio contenga alguna forma de respuesta. A veces creo que el mar también conoce este dolor, que ha visto partir demasiado, que ha guardado en su profundidad todas las pérdidas del mundo. Y entonces recuerdo que ningún mar en calma forma a un navegante experto, y comprendo que, quizá, el mar no solo refleja mi pena, sino que también me enseña a sostenerla.

La vida está acompañada de fracturas, de quiebres inevitables que atraviesan el alma; como no hay ola que no se deshaga en su propio ímpetu al estrellarse contra la orilla. Pero el mar también contiene innumerables vidas, abriga lo invisible y lo nuevo, lo que está por nacer.

La obra de Camus persiste en la penumbra del tiempo. Y aún somos muchos los que, al volver a sus páginas, reconocemos en nosotros esa misma certeza de que el mar no es solo horizonte sino una forma secreta de consuelo que, en su vaivén incesante, nos calma de la manera más hermosa.