María Lucía Arias Núñez es una estudiante de economía, aspirante a influencer, y promotora del pensamiento libre en la UCR, según su plenamente extendida autobiografía. Ella destaca como comentarista en reputados medios de orientación editorial de derecha: Elmundo.cr, La República, y OPA. (Yo, como todo el mundo sabe, le voy al Necaxa).
Creo que María Lucía debutó como personaje oficial del ecosistema digital costarricense el día que tuvo una disputa retórico-ideológica en el periódico con el inigualable Brandon Toruño, famoso en toda nuestra patria por la cantidad de ciberbullying que recibe en cada una de sus apariciones. Aparte de muchos insultos misóginos que recibe Lucía en redes sociales, el único que se ha detenido a exponer un texto debatiendo a nuestra autora, es… Brandon Toruño.
Pero algo parecía sospechoso en los muchos argumentos de María Lucía. Un hedor suspicaz impregna todos sus mensajes, y no tardé en hallar el origen del tufo. Absolutamente todo lo que ella publica es sospechoso de ser escrito en totalidad o gran parte por ChatGPT.
Analicé los artículos de Lucía con cuatro herramientas para detectar Inteligencia Artificial. El 88% de lo que ella trasmite bajo su nombre, es texto creado por un robot.

No tengo los conocimientos necesarios en programación para comprender cómo se formulan estos indicadores en los insondables algoritmos que gobiernan nuestra vida. Pero sí poseo abundante conocimiento en ética comparada, disciplina filosófico-teológica sobre la cual versa una de mis tesis de posgrado.
Desde la ética, ChatGPT conserva un problema gravísimo: miente. O más precisamente: “alucina”. Esto se debe a que fue programado para responder siempre con el conjunto de palabras y números que haga lo más posiblemente feliz al humano que lo controla, sin importar si dice algo verificable.
Decir que ChatGPT “miente” es impreciso porque solamente los humanos tenemos consciencia moral, los robots y los animales no. Más correcto es decir que vive de alucinaciones, pues un robot generador de lenguaje no tiene la capacidad de hacer lo que yo hice hace dos párrafos: admitir que no sabe. ChatGPT nunca ofrecerá la respuesta “No sé” o, “disculpe no comprendo su pregunta, ¿me la puede replantear?” o, tal vez, “honestamente, no tengo la información suficiente para contestar en este momento.”
Mención aparte merecen los escritos: “PRIDE: Pedofilia, reprogramación, imposición, dinero y engaño” (junio 2025) y “Transfobia no; incompetencia sí” (abril 2025) que muestran un porcentaje ligeramente inferior de contenido Made in China (sólo 81%-83%). Probablemente esto se debe a que ambos textos son una exposición falacias de odio desbancadas por la ciencia desde el siglo anterior a que naciera Lucía. Por eso cuando usted le pregunta a ChatGPT: “¿todo transexual es equivalente a un pedófilo?” el robot está programado para responder que no. Debido a eso, Lucía tuvo que hacer un esfuerzo adicional para “escribir” un artículo cargado de ideas tan repudiables que hasta una computadora las rechaza.
Tanto los sabios ingenieros que desarrollaron ChatGPT, como los papás de Lucía, criaron un robotito programado para creer que lo sabe todo, que nunca se equivoca, que siempre tiene la respuesta final, y que sabe justificar sus alucinaciones con una ensalada de palabras y números que no es nada, no es chicha ni limonada.
Esto es particularmente preocupante en el caso de María Lucía, pues ella es estudiante de ciencias actuariales. Si yo, que poseo un título de arqueólogo de la UCR, voy y miento en mis investigaciones, no sucede nada en la práctica. No se va a morir el indio otra vez si yo muevo la tumba. Pero si ella continúa con esa práctica de alucinar números cuando se gradúe, esto traería consecuencias incontables (literalmente) para el patrimonio de alguien.
Este vicio de utilizar ChatGPT para que haga las tareas se ha extendido en todos los campos del saber humano. Véase el análisis de la abogada Rosalía Chinchilla, donde nos revela que todos los partidos políticos hicieron más o menos la mitad de sus planes de gobierno con Inteligencia Artificial.
Mientras que criar máquinas y personas prepotentes es una decisión voluntaria, otros limitantes que enfrenta la IA se deben a su propia incapacidad técnica, no a las decisiones de sus padres.
Uno de los problemas más divertidos, es que no puede comprender el sarcasmo. Por ejemplo, si yo le indico al alcalde mi comunidad que se vaya con sus propuestas urbanísticas y culturales para la Fuente de Hispanidad, absolutamente todos los ticos comprenderán a lo que me refiero con dicho sarcasmo. Pero ChatGPT me generaría una imagen toda cringe de Domingo Argüello montado a caballo frente al Mall San Pedro con un juego de pólvora y la Facultad de Derecho inundada al fondo.
Mucho más hermoso es el dilema irresoluto que enfrentan los programadores de lenguaje artificial con el tema de la poesía. Mientras que ChatGPT puede generar en segundos un texto que parece poesía de cualquier tema o extensión; hasta el día de hoy, no puede identificar si algo es un poema original creado por un humano. Y esto es particularmente hermoso porque la poesía es una de las muy pocas cosas que solamente tenemos nosotros y no nuestros hermanos animales ni nuestros hijos los robots. Los loros aprender a hablar, los gorilas a comunicarse por señas, cuervos y hormigas desarrollan herramientas, mientras que perros y delfines resuelven problemas aritméticos. La barrera que nos separa es que nosotros podemos sentir poesía y ellos no.
El mismo límite aplica para los androides. Por ejemplo, si yo le escribo a mi amiga: “Amada Alexandra. // Me muero sin ti. // Cuando te vas, todo el mundo es un desierto.”; entonces cualquier persona con medio gramo de corazón comprenderá que eso es un poema. ChatGTP me generaría una imagen estilo Ghibli de mi persona desvivida en un arenal con Alex montada en un avión al fondo.
El debate sobre la Inteligencia Artificial ha despertado disciplinas que tenían casi una generación de no moverse, como el caso de la antropología filosófica, encargada de responder preguntas como: ¿qué es el hombre?, ¿qué es ser inteligente? y ¿qué significa estar vivo?
Uno de los más notables representantes de esta disciplina fue el teólogo católico Jacques Maritain (1882-1973) quien, según tradición apócrifa ampliamente difundida, redactó con su propia pluma la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Este trabajo es casi un milagro porque inmediatamente luego de la Segunda Guerra Mundial, Maritain se vio en la inédita tarea de redactar un papel con el que estuvieran de acuerdo tanto chinos como americanos, europeos y africanos, soviéticos, árabes, hindúes. Él tuvo la tarea de conseguir la firma de toda la humanidad en la misma y única carta. Y lo logró.
En una entrevista sobre el ambiente en el salón de la UNESCO en 1947 donde representantes de todos los países estaban redactando la carta de los derechos humanos, Maritain resumió la metodología de trabajo así:
Estamos de acuerdo en lo tocante a estos derechos, pero con la condición de que no se nos pregunte el porqué. En el porqué es donde empieza la disputa.”
Me imagino todo lo que hubiese logrado mi antecesor y colega Jaques Maritain si hubiese tenido ChatGPT, una tecnología que nos permite superar la mismísima maldición que nos impuso Jh’ por nuestro pecado de orgullo en la Torre de Babel, donde surgieron los distintos idiomas y la confusión entre culturas.
María Lucía no utiliza la IA para unirnos, sino para causar división. Ella toma la tecnología más sofisticada que ha desarrollado nuestra especie, para generar un artículo de opinión en cinco minutos, lo copia, lo pega y lo difunde en sus meticulosamente cuidadas redes sociales, donde sus hipocresías se reproducen como ratas, socavando de podredumbre las bases de la democracia y el debate político inteligente en Costa Rica.
En ese sentido, lo que Lucía ofrece no es un ejemplo de uso de la Inteligencia Artificial Generativa, en referencia a la herramienta más poderosa que ha creado la humanidad. Lo que ella nos ofrece es un ejemplo de “inteligencia artificial” así en minúscula, en referencia a que es falsa, como de plástico, sintética. En fin, una falsa inteligencia despojada de corazón.
