En una entrega anterior de esta columna, comentaba la obra de Henrik Ibsen Un enemigo del pueblo y mencionaba que uno de sus abordajes es todo un tabú de la democracia: qué pasa si la mayoría de los votantes están equivocados. En realidad, estoy suavizando mucho mis palabras, pues lo que se plantea en la obra de Ibsen es qué pasa si la mayoría de los votantes son estúpidos, entre otros epítetos.
Ya sé que, para las sensibilidades de nuestro momento histórico, hablar de “estúpidos” puede resultar incorrecto y, aun cuando “estúpidos” es el menos grave de los insultos y daños que muchos de esos votantes infligen a los demás, mejor digámoslo de otra forma: cuanto menor sea la cantidad de votantes, más dependeremos de sus características buenas y malas. En muchos casos se tratará de personas con razones más que válidas y respetables para fundamentar su preferencia. Pero, en otros, no hablemos de estupidez; hablemos de los niveles de su fanatismo religioso, su conservadurismo, su agresividad, su xenofobia, su machismo, sus intereses económicos, empresariales y hasta criminales, su pensamiento conspiranoico, sus resentimientos o, al menos, su desinformación.
Estoy convencido (o quiero estar convencido hasta la necedad) de que la población costarricense es, en su mayoría, bienintencionada y llevadera, con buenos niveles educativos e intelectuales, que valora el buen vivir. Aunque sí se siente en la calle, el vecindario, la oficina y los rincones de este país una violencia latente que ha venido creciendo, deseo confiar en que mis conciudadanos son gente sensata que aprecia la democracia y la forma de vida mayormente tranquila que hemos tenido.
¿Que si el “pura vida” es una farsa, un constructo, un discurso del poder o que si la nuestra es una dictadura en democracia o que si los ticos nos creemos nuestro mito de ser distintos? No es el tema de este artículo. El tema es que no creo que la mayoría de los costarricenses vivan a gusto con estas formas de comunicación violenta, insultos, represalias, gritos y furia que se ha impulsado desde el gobierno actual ni creo que deseen una continuidad de esas formas. No creo que la mayoría de los costarricenses quieran vivir bajo un estado constante de enervación y alerta. Y no creo que quieran una dictadura.
Pero una cosa es la mayoría de los costarricenses y otra distinta es la mayoría de los votantes. Si dejamos estas votaciones en manos de un grupo relativamente pequeño, es más riesgoso que gran parte de ese grupo no valore tanto el buen vivir, la libertad y la democracia. O bien, que los entiendan de forma muy distinta.
Hay que preguntarse si todos los costarricenses gozan de los beneficios de nuestra democracia. La pregunta es retórica, pues claramente no. ¿Por qué, entonces, habrían de valorarla? Sus motivaciones para querer algo distinto son tan válidas como las nuestras para defenderla o las de la gente que ya no se interesa en votar.
Esto es una tarea en la que han fallado los gobiernos anteriores y que tendrán que acometer los gobiernos futuros si quieren seguir teniendo un sistema político que les permita justamente eso: poder ser los gobiernos futuros. No se trata de ganar las elecciones y olvidarse sin más de los que votaron en contra, de los que se sienten abandonados, de los que querían otra cosa porque no les funciona lo que han tenido hasta el momento. La situación en la que estamos no comenzó hace cuatro años ni ocho ni no sé cuántos otros múltiplos de cuatro. Es una enfermedad a la que no se brindó atención, a pesar de los síntomas, y por la que solo ahora, que se ha agravado, están corriendo los que tenían que haberlo hecho hace tiempo. Pero, como ya sabemos, las listas de espera en la Caja son cada vez más largas…
La otra gran tarea es de nosotros, los ciudadanos de a pie: informar e informarse. Pero, muy en particular, conocer la historia y ayudar a otros a conocerla.
Hace poco, en una de tantas conversaciones familiares que estos tiempos han suscitado, alguien me decía que entender la política es muy difícil y angustiante, porque cuesta mucho saber quién tiene la razón. Primero se piensa una cosa que parece ser la correcta y luego alguien sale con montones de argumentaciones que apuntan en otra dirección y después no falta un tercero con sus propios argumentos que también parecen ser correctos. No es raro que mucha gente prefiera dejar a otros las decisiones y los análisis, y creer ciegamente, cerrándose a cualquier argumento, en que esos otros tienen la razón y ya. Para no usar la trillada frase de la caja de Pandora, digamos que entrar en el mundo de la política es como abrir el Arca de la Alianza en la película de Indiana Jones. Ante esto, una de mis hermanas, oportunamente, dijo que entender de política no pasa por escuchar y comparar argumentos ni memorizar tecnicismos ni comprender sistemas políticos enredados, sino por saber de historia.
Porque la historia se repite; “el infierno es repetitivo”, como dice Stephen King. Todo lo que sucede hoy ya ha pasado antes; no importa las revoluciones que causen las redes sociales o la IA. Lo que hoy se hace en Internet, antes se hacía en los periódicos y la radio, pero es lo mismo. Los dictadores son la gente menos original que existe; por más que se presenten como opciones políticas nuevas, el “cambio”, la “revolución”, el “despertar”, el “abrir los ojos” y muchas otras, son fórmulas tan viejas como la humanidad. Hacen lo mismo, dicen lo mismo, usan las mismas tretas adaptadas a cada época, llegan al poder de las mismas formas. Basta saber cómo surgieron los dictadores del pasado para identificar a los presentes y futuros, porque son de manual.
Podemos desentendernos de la política, pero la política no se va a desentender de nosotros. La política es el medio en el cual existimos. No es como ignorar los campeonatos de un deporte que no nos interesa, no es un club al cual da lo mismo si pertenecemos o no. El verdadero problema no son los políticos radicales y autoritarios, que existen en todo lugar y momento; el problema es el abstencionismo y las causas de ese abstencionismo. En otros momentos, esos tiranos que han estado llegando el poder en diferentes países (incluido el nuestro) habrían sido meros bufones, material de anécdotas y memes, no más. Tal vez ni los habríamos conocido, tal vez ni serían políticos; se habrían quedado como agresores de casa y hostigadores de oficina; cuando mucho, empresarios patanes. El problema es cuando se dan las condiciones para que lleguen al poder.
Dejar en manos de otros la decisión es legitimar a esos otros y luego atenerse a las consecuencias buenas o malas de lo que decidan. Y cuanto más pequeño sea ese grupo de votantes, menos recomendable puede ser lo que decidan.
Vamos a votar, todos lo que podamos. Abramos sin miedo el Arca de la Alianza, porque, según recordarán los que vieron la película, el arca extermina fascistas.
