Entre mis lecturas del año pasado, una de mis favoritas fue un tomo de obras de teatro de Henrik Ibsen. Llegué a este libro interesado más que todo en Peer Gynt, por la famosa obra musical homónima de Grieg, pero sucedió algo curioso: Peer Gynt fue la que menos me gustó. En cambio, quedé fascinado con los otros dramas de la compilación, que abordan cuestiones sociales y éticas tan interesantes como vigentes para nuestro tiempo.
En particular, me atrapó la lectura de Un enemigo del pueblo, que nos presenta la historia de una comunidad noruega cuya economía depende en gran parte de un famoso balneario. Su protagonista, el Dr. Thomas Stockmann, es un prestigioso médico quien descubre que el agua del balneario está contaminada con una bacteria. De ideas que hoy llamaríamos progresistas, el Dr. Stockmann decide hacer público su hallazgo, a pesar de que esto significaría dejar al pueblo sin su principal fuente de ingresos. Los enormes y muy costosos trabajos que requeriría el balneario para cambiar la fuente de su agua tomarían cerca de dos años. Como podrá adivinarse, todo sale mal para el buen doctor, ya que tiene tres problemas:
Primero, su inocencia: él cree que, solo porque tiene la verdad científicamente demostrable, todo el mundo va a hacerle caso sin más, incluyendo a los políticos y hombres de negocios que serían afectados por el cierre del balneario. Él cree que la verdad es suficiente y no anticipa lo que se le viene encima.
Segundo, aunque el Dr. Stockmann es un respetado médico, su situación económica es precaria, no tiene ahorros, apenas logra salir adelante con las deudas, gasta generosamente y siempre ha puesto sus principios antes que el dinero. Para él es impensable que el tema económico sea más importante que la salud pública. Pero justamente su falta de recursos lo deja vulnerable a las maquinaciones que se emprenden contra él.
Y tercero, si bien el Dr. Stockmann es honesto, bienintencionado y, desde luego, tiene la razón, no es para nada el mejor comunicador. Se desespera, grita, pierde los estribos, insulta a la propia gente a la que trata de ayudar y acaba disparando todo tipo de frases polémicas, con lo cual termina de echarse a la opinión pública encima. No tiene estrategia comunicativa ni le pasa por la mente que deba tenerla. Sus contrincantes, en cambio, aunque corruptos e hipócritas, sí saben cómo tergiversar todo para desacreditarlo, censurarlo, desmentir lo que él respalda con estudios científicos. No solo se le acusa de querer perjudicar al pueblo, sino también de tener intereses propios detrás de su denuncia y él cae todas las veces en las hábiles trampas retóricas que le tienden para construir la narrativa de su supuesta corrupción. Es así como se convierte o más bien es convertido en un enemigo del pueblo.
Ibsen escribió esta obra justo como respuesta a las polémicas que provocaron dos de sus trabajos anteriores: Casa de muñecas y Espectros, donde cuestiona los valores tradicionales de la sociedad noruega de entonces. El sentido crítico de Un enemigo del pueblo llega hasta el punto de atreverse con uno de los tabúes de la democracia: qué sucede si la mayoría de los votantes se equivoca. A la vez, critica a los partidos políticos por secuestrar las aspiraciones del pueblo e imponer las aspiraciones propias como si fueran las de la mayoría.
La sensación que deja leer esta obra es que todo resulta demasiado familiar. Escrita en 1882, casi no requiere adaptaciones para hablar de nuestras circunstancias actuales. Escena tras otra y a veces frase por frase, es aplicable a lo que vemos hoy en los medios. ¿Es que nuestra especie se tropieza con las mismas piedras una y otra vez, no importa el lugar, no importa la época, con redes sociales o sin ellas, con IA o sin ella?
A las puertas de uno de los procesos electorales más importantes de la historia costarricense, cabe preguntarse quién es el verdadero enemigo del pueblo. En la obra de Ibsen, el Dr. Stockmann falla al comunicar la verdad porque lo hace entre insultos y berrinches, mientras sus adversarios se presentan como los hombres tranquilos y racionales. Hoy, pareciera que es al revés y de pronto se ha vuelto más prestigioso gritar, patalear, casi echar espumarajos por la boca, pero eso no cambia la pregunta de fondo: quién habla con la verdad y quién es solo un hábil comunicador de mentiras. Y el error que cometen muchos es el mismo del Dr. Stockmann: creer que basta con gritar la verdad.
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