El ataque del gobierno de Donald Trump contra Venezuela, y la posterior detención-secuestro de Nicolás Maduro no solo constituye una grave violación al derecho internacional, a la soberanía nacional de Venezuela o la intromisión en asuntos de otro país. Reafirma la vuelta a la esencia de la doctrina Monroe, “América para los americanos”, aquella postura política que afirma el derecho de Estados Unidos a defender sus intereses geoestratégicos en el hemisferio occidental con el regreso de la visión de América Latina como patio trasero de Washington.

El ataque a Venezuela tampoco trata de libertad, una palabra clave que ha sido prostituida como estrategia comunicativa para normalizar la aceptación de una intervención militar. Ese escenario ya lo hemos visto muchas veces a lo largo de las últimas décadas: Irak, Libia o Afganistán, y sus resultados han sido nefastos en especial para sus habitantes.

Este ataque tampoco va de derechos humanos o democracia. El mismo Trump lo confirmó señalando que, con Maduro fuera de ecuación, Estados Unidos pretende tomar el control del sector petrolero venezolano sin importar quien esté al mando de Venezuela. Incluso, para sorpresa de muchos, descartó el nombramiento de María Corina Machado como presidenta de Venezuela, permitiendo incluso la continuidad del régimen con el nombramiento de Delcy Rodríguez — antigua número dos de Maduro— como presidenta del país.

Sin duda una mala noticia para Machado que llevaba meses alabando la estrategia militar de Trump contra Venezuela, y que seguramente ahora sienta como una maldición-bendición el haber ganado el Nobel de la paz, un capricho que Trump no ha olvidado. Incluso, en un intento desesperado por parte de Machado de intentar convencer a Trump para cambiar su decisión, en una entrevista en la cadena FoxNews llegó incluso a ofrecerse para compartir el Nobel con Trump. “Como este es el premio del pueblo venezolano, ciertamente queremos dárselo y compartirlo con él”, dijo al tiempo que admitió que llevaba más de tres meses sin hablar con Trump, desde octubre, cuando le dedicó el premio.

La continuidad del régimen responde al interés de Estados Unidos de mantener un cierto de grado de estabilidad política en Venezuela que evite un conflicto militar que ponga en riesgo las futuras inversiones estadounidenses en la industria petrolera. Por ello el concepto de libertad no entra en la ecuación.

A Trump no le interesa una transición política ni mucho menos unas elecciones. Esto simplemente va de control de riesgos. Y en cuanto a ello, Delcy Rodríguez representa una carta segura para Trump ya que ha sido la encargada de llevar la industria petrolera en Venezuela, que incluso con muchas limitaciones, ha conseguido levantar en los últimos meses.

El régimen venezolano continúa al mando del país, su estructura militar sigue prácticamente intacta y su aparato político sigue en pleno funcionamiento. Incluso las labores legislativas siguieron su curso: el 5 de enero se instaló la nueva Asamblea Nacional devenida de los respectivos comicios legislativos del año anterior, no hubo toque de queda ni medidas especiales.

Para el gobierno de Trump acertar en Venezuela es fundamental para continuar con su agenda geopolítica o la nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Por ello, una vez descabezado Maduro, Washington no pretende por ahora destruir un régimen chavista que sigue teniendo total control del aparato estatal. A Trump y a su gobierno no le interesan las diferencias ideológicas con el gobierno venezolano ni tampoco las afinidades ideológicas con la oposición venezolana, lo que le interesa es simplemente ser pragmático para sacar los mayores beneficios en el menor tiempo posible.

A pesar de que Trump basó su campaña presidencial con la promesa de no intervenir en guerras extranjeras, tras su llegada al poder hace casi un año ha bombardeado posiciones hutíes en Yemen y del ISIS en Siria, ha atacado Irán y el norte de Nigeria, y ahora Venezuela, sin autorización del Congreso. El nuevo orden mundial de Trump no entiende de normas internacionales, solo de intereses nacionales y la fuerza bruta es su carta de presentación.

A Trump, al contrario de sus predecesores, no le interesa encubrir los intereses nacionales que persigue con el discurso de los derechos humanos o democracia. Puede que el régimen de Maduro haya encarcelado a cientos de adversarios políticos y oprimido a la oposición a más no poder, pero ahora ya sabemos con rotundidad que a Estados Unidos no le interesa en lo más mínimo.

¿Y ahora qué? El precedente de Venezuela puede que haya sido el inicio de un nuevo orden mundial sujeto a una nueva política imperialista-colonialista de Estados Unidos que estará sujeta a los caprichos de un autócrata que no le pierde el ojo a Groenlandia, sin importar que pertenece a un estado miembro de la OTAN, o que también amenaza a los presidentes de Colombia y México con intervenciones militares, y que declara que Cuba está a punto de caer.

Queda claro que la fuerza bruta y el autoritarismo se ha convertido en la carta de presentación de Estados Unidos al mundo.

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