Imagen principal del artículo: Cuando el mar se sale: fotoreportaje sobre el impacto del cambio climático en la comunidad de Caldera, Puntarenas
Foto: Karen Orozco dentro de la última casa abandonada en la playa de Caldera. Crédito: Ulises Huete.

Cuando el mar se sale: fotoreportaje sobre el impacto del cambio climático en la comunidad de Caldera, Puntarenas

En la playa de Caldera hay unas casas enterradas por la arena. Algunas están sumergidas hasta lo que fue el techo. Otras hasta la mitad de las paredes. Hay una que está abandonada y en donde el avance de la arena es notorio. “Esta casa es la última en ser abandonada. Aquí vivían los abuelitos de mi pareja. El señor murió y era el que siempre mantenía el legado de que hay que sacar la arena y limpiarla”, cuenta Karen Orozco, habitante de la comunidad de Caldera desde hace 14 años. Orozco dice que la esposa del señor tuvo que “irse para otro lado también, porque cada vez que se salía el mar la casa se llenaba de arena y de agua, entonces ella optó por irse con una hija”.

Caldera es un distrito costero del cantón de Esparza, en la provincia de Puntarenas, ubicado en el Pacífico Central de Costa Rica. Se localiza a la orilla del mar y es un punto estratégico del país, ya que allí se encuentra el Puerto de Caldera y pasa la Ruta Nacional 27, que conecta San José con la costa pacífica. El distrito está conformado por comunidades como Caldera, La Plaza y La Cueva, todas directamente expuestas a los efectos del cambio climático debido a su ubicación costera. En la comunidad de Caldera viven aproximadamente unas 136 personas.

Orozco tiene 36 años, vive con su compañero y sus tres hijos, además, ella es la secretaria de la Comisión de Emergencia de Caldera. Ella explica que cuando el oleaje se sale en Caldera, el golpe es directo: el mar entra con agua y arena, se mete a las casas y algunas terminan deshabitadas o abandonadas. La playa y el terreno se han ido reduciendo porque el mar “se los come”, y eso también afecta la calle: el agua se sale a las vías y las deteriora. Con eso vienen las presas y el miedo a moverse, así que muchas familias prefieren no mandar a los chicos al colegio y a veces ni salir a trabajar. Como esa es una ruta principal, no usarla complica todo, porque tocaría dar la vuelta por Cambronero y “a nadie le sirve”, resulta más lejos y caro. Orozco agrega que el mar puede meterse en cuestión de minutos, deja cunetas tapadas de arena y obliga a limpiar una y otra vez. Cuando la gente anda fuera, pierde comida o ropa.

El aumento del nivel del mar se viene dando por el calentamiento global o crisis climática, explica Angélica Cordero, investigadora de La Ruta del Clima y coautora del Estudio de Diagnóstico de la Movilidad por Cambio Climático en la Comunidad de Caldera, Esparza, Puntarenas (2024). Cordero agrega que esto ocurre por el derretimiento de glaciares, que hace que haya más cantidad de agua, y porque el aumento de la temperatura a nivel global acelera ese derretimiento. Como resultado, se están viendo impactos más severos en periodos más cortos de tiempo. Según el estudio Algunos impactos costeros en Costa Rica debido al calentamiento global (2014), del oceanógrafo físico Omar Lizano, por “cada aumento de 1 cm en el nivel del mar, la playa retrocede 1 m.”

Byron Benavides tiene 36 años y vive en una casa propiedad de su padre, junto con su papá y mamá —que son adultos mayores y a quienes cuida—, además de su esposa, su hija de 2 años y su hijo de 11. Benavides tiene una pulpería y explica que cuando las mareas se salen, el agua del mar entra hasta el negocio y pega en la pared. El agua se queda empozada, porque no hay desagüe ni contención, y la cuneta se tapa de arena hasta quedar “como piso”. El salitre corroe paredes y techo, la mercadería se daña y agarra hongo, y también se le han arruinado equipos como la “cámara” de los congeladores, el microondas, la cafetera y el calentador de agua para la bebé, al punto de que dice que lo único que le queda es la refrigeradora.

Benavides agrega que dentro de la casa se forma un gran charco y el agua llega hasta las rodillas; además, el servicio de aguas negras no baja y el inodoro se estanca. Su negocio está frente a la carretera y cuando el oleaje es fuerte, las olas pasan sobre la carretera. Benavides dice que el agua ha empujado carros, botado motos y arrastrado palos y piedras, y en medio de eso la familia se organiza como puede: manda a su hija donde la mamá de su esposa, mueve de lugar a su hijo y esperan a que “pase todo”. Esta situación le ha pegado fuerte al comercio, le ha provocado pérdidas de mercadería, deudas con almacenes y proveedores, y le cuesta “volver a levantarse” y cubrir gastos básicos como agua, luz y comida.

Cordero explica que es importante saber sobre este tema porque, aunque el cambio climático es natural, la crisis climática se está acelerando por factores antropogénicos (acciones humanas), sobre todo por los gases de efecto invernadero. La investigadora de La Ruta del Clima agrega que en las comunidades ya se sienten cambios, pero a veces no se sabe ponerle nombre a lo que está pasando, y eso dificulta entender el problema. Cuando se comprende, se puede hablar un “lenguaje común” con las comunidades, en la educación y con las juventudes. Y como la información es un privilegio, también es clave llevarla a quienes no la tienen tan accesible, afirma Cordero.

Delfino.cr publicó que 8 de cada 10 costarricenses tienen una preocupación por la crisis climática. El cambio climático es una “inquietud generalizada” entre los costarricenses. Este dato forma parte del estudio Comportamientos y percepciones sobre el cambio climático de la Encuesta de Actualidades 2025, realizada por la Escuela de Estadística de la Universidad de Costa Rica (UCR).

Orozco cuenta que hace cuatro años pusieron piedras blancas entre la carretera y la playa para contener el oleaje y que mucha gente siente que no ha ayudado, aunque también creen que sin esas piedras sería peor. Según ella, cuando el mar se mete y la gente pierde sus cosas, representantes de la municipalidad de Esparza reparten comida, y representantes del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) apoyan con comida y ropa, pero no reponen muebles. Orozco insiste en que el problema es que a veces el mar entra en cuestión de minutos —cuatro, siete o diez— y ya está dentro de las casas, y aun así cuesta que les ayuden y no hay respuesta rápida. Por eso, dice que se habla de reubicación o infraestructura, pero nada se ha concretado, y que a ellos les gustaría un malecón al frente, con piedra hacia adentro del mar para amortiguar el golpe de la ola, aunque les dicen que cuesta muchos millones y por eso la propuesta es de tal vez reubicarlos.

Ante este fenómeno de la crisis climática, Cordero afirma que lo primero que podemos hacer es informarnos, en la medida de nuestras posibilidades y del contexto. Señala que es fundamental ponerle nombre al problema dentro de las comunidades para poder generar acciones concretas y, al mismo tiempo, saber de quién es responsabilidad la crisis climática para poder exigir y enfrentarla. También plantea la importancia de prepararse a nivel comunitario frente a impactos previsibles: anticipar que en la próxima época seca habrá menos agua, prever cómo eso afecta la vida diaria —por ejemplo, la asistencia a la escuela— y vincular estas acciones con la prevención de incendios forestales, tomando en cuenta que hay menos agua, menos terreno para movilizarse y que muchas costas están pegadas a cerros.

Aquí fue el bar Los Chicos, un lugar de referencia en playa Caldera. Bordes superiores de las paredes del antiguo negocio sobresalen en la arena. Foto: Ulises Huete.

Edificación sepultada por la arena. Expertos estiman que por cada centímetro de aumento de nivel del mar se reduce un metro de playa. Foto: Ulises Huete.

Karen Orozco señala una de las áreas sepultadas del bar Los Chicos. Foto: Ulises Huete.

Ocho de cada 10 costarricenses tienen preocupación por el cambio climático. Foto: Ulises Huete.

Casa abandonada por las inundaciones en zona La Roca, de playa Caldera. Al lado derecho de la casa, una muralla cubierta de arena, al otro lado está la playa. Foto: Ulises Huete.

Detrás de Karen Orozco se levanta una muralla hecha para contener el agua que entra desde el mar. Foto: Ulises Huete.

Muralla construida por los vecinos y la municipalidad para contener inundación en zona La Roca. Foto: Ulises Huete.

El calentamiento global acelera el derretimiento de los glaciares, aumenta el volumen de agua en el océano y hace que el nivel del mar suba cada vez más rápido. Foto: Ulises Huete.

Byron Benavides tiene su emprendimiento en una propiedad familiar, que queda al borde de la Ruta Nacional 27, frente a la playa de Caldera. Foto: Ulises Huete.

El agua que entra del mar se empoza en su vivienda y el salitre corroe las paredes del negocio. Foto: Ulises Huete.

Deterioro de las paredes de la pulpería por la acción de las inundaciones. Foto: Ulises Huete.

El salitre deteriora los dispositivos eléctricos. Foto: Ulises Huete.

Las inundaciones dañan los productos del negocio y le ocasiona pérdidas económicas a Byron Benavides. Foto: Ulises Huete.

Rótulo del negocio de Byron Benavides. Foto: Ulises Huete.

Cuando las mareas se salen del mar arrastran arena que se acumula en ese cauce, el agua pasa encima e inunda la casa de Byron Benavides. Foto: Ulises Huete.

Rocas puestas entre La Ruta Nacional 27 y la playa de Caldera para contener las mareas. Algunas personas dicen que las rocas son insuficientes para detener el agua y otras expresan que sin las rocas las inundaciones serían peor. Foto: Ulises Huete.

Centro Educativo Caldera. Algunas familias no mandan a sus hijos a clase cuando hay inundaciones. Foto: Ulises Huete.

Playa de Caldera. Informarse sobre el cambio climático es importante, entre otras cosas, para prepararse para impactos previsibles. Foto: Ulises Huete.

*Foto reportaje realizado con el auspicio del Fondo de Canadá para iniciativas locales de la Embajada de Canadá para Costa Rica, Nicaragua y Honduras.