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Costa Rica: una cama mal tendida

Tengo miedo. Amo a Costa Rica, mi país, y me duele verlo perder, poco a poco, el pulso y la fuerza de su democracia. Nuestro país es como una cama mal tendida: abundan las voces que discuten el pliegue perfecto, pero escasean las manos dispuestas a ordenar las sábanas. No es un secreto para nadie que nuestra democracia se está quedando huérfana, sin manos que la acomoden con verdad y compromiso.

Con el poder no se juega. Se ejerce o se pierde. Hoy mas que nunca urge un voto lúcido, capaz de sostener, sin titubeos, la ardua obra que los fundadores de nuestra patria levantaron a costa de sacrificios y renuncias. Lo que está en juego no es una consigna ni una rabieta pasajera: es la democracia de Costa Rica.

Los invito a sentarse, a tomar una buena taza café —de esas que abundan en nuestro país— y a pensar con serenidad a quién habremos de confiarle nuestro voto. Costa Rica no es un paquete turístico, sino una tierra compleja, que exige mentes inteligentes, no propaganda. Es, sin duda, el hogar vivo de millones de personas que necesitan un lugar seguro, limpio y sano para vivir; un país con servicios médicos que resguarden la salud de todos los ticos y las ticas; un país donde los niños y las niñas sientan el deseo por ir a la escuela y un país que ofrezca trabajos dignos para los suyos.

No nos precipitemos hacia un voto acalorado por el ruido de las redes ni por las faltas de respeto. Un país no se gobierna con insultos ni con mentiras repetidas hasta parecer verdad. Pensemos con hondura hacia dónde queremos llevar a nuestra nación ya que en un país mal administrado perdemos todos. No queda espacio para que la mentira se disfrace de camino, ni para confundir el grito con el rumbo.

Aunque hoy nuestra democracia esté herida —profundamente herida— aún creo en su capacidad de ponerse en pie. Creo que puede alzarse frente a las batallas de la corrupción, frente a los berrinches de la ira y el desequilibrio. Porque solo cuando el país empiece a escapársenos de las manos, cuando sintamos que la democracia se nos apaga, comprenderemos que compartimos esas mismas heridas con otros países de la región. Y entonces, quizá, ya será demasiado tarde. Los invito a ejercer un voto prudente, inteligente y nacido de la reflexión porque una democracia bien cuidada no tolera la ignorancia.