La puerta de un año se cierra mientras otra se abre. Plagada de posibilidades y promesas para nosotros, los artistas, cada enero buscamos el abrigo de lo que podría ser una vuelta extra al sol. La expectativa, con el paso de los días, se convierte en agonía. Hacemos un pacto silencioso con 365 días de páginas en blanco que quizá —y solo quizá— cumplan nuestras expectativas (que, ojo, nunca están del todo aterrizadas).
Algunas promesas que nos hacemos son íntimas, por no decir inocentes. Pero la limeranza se acaba cuando llegamos a estas alturas del calendario y nos damos cuenta de algo incómodo: el año no cumplió.
Llegamos a las puertas del cierre con un sentimiento implacable de proyectos estancados que no lograron siquiera convertirse en un plan; conversaciones que dejamos a medias o que, para mal, nunca sucedieron. Especialmente con aquellas personas que juramos estarían para siempre y que, por una u otra razón, se fueron. (Mención especial a tío Pigo, que nos dejó este año, pero cuyo espíritu sigue intacto). A eso se suman los cambios que debíamos implementar y pospusimos —o que la vida, sin pedir permiso, pospuso por nosotros—.
Aun así, como en todo duelo, llega un momento de resignación. De entendimiento. De ver el bosque desde arriba. Es ahí donde comprendemos que no fue el año quien falló, sino quien nos enfrentó. Porque aquello que no ocurrió —como lo explicaba antes— también tuvo consecuencias. Y eso, al final de cuentas, se convierte en una transformación silenciosa.
Y me van a disculpar las palabras casi oníricas de esta columna, pero ando en un plano distinto estas semanas: debatiendo, pensando, soñando, analizando.
Lo que nos deja el año, sin lugar a dudas, es una mayor paciencia; un poco menos de ingenuidad (eso espero, aunque conozco a unos cuantos que siguen siendo entrañablemente ingenuos); y una redefinición de los límites que ajusta, desde adentro, nuestra percepción del mundo. Es entonces cuando nos reconciliamos con una idea incómoda pero honesta: el año no fue lo que esperábamos, sino el año que necesitábamos. No hay redención, pero sí comprensión de lo vivido.
Para cerrar, quiero pensar que enfrentar un año —con sus altos y bajos— es madurar, es aprender, es crecer. Y quizá, solo quizá, crecer no sea lograr lo esperado, sino sobrevivir y afrontar lo que no fue. Eso solo lo descubriremos mirando hacia atrás en nuestra vida, conectando los puntos —como decía Steve Jobs— y sanando los ideales no cumplidos.
Sin más por el momento, como dijo un amigo, me despido deseándoles unas felices fiestas y un feliz año nuevo. Que el próximo año sea el año. Y no lo olviden: pase lo que pase, sea feo o bonito, la culpa siempre la tiene el arte.



