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Recién celebraba mis ocho añitos cuando doña Odilia Acosta llegó a mi vida. Era una señora emprendedora e inteligente. Vino a la finca a trabajar por una temporada, a recolectar la cosecha de marañón, al final resultaron muchos años. Acabó por gustarle el ambiente laboral de la quinta. Anacardium occidental es el nombre científico de esta fruta, de sabor particular. La semilla de marañón es nutritiva y tiene gran demanda. Muchas familias centroamericanas viven de la producción del marañón. Doña Odilia preparaba conservas dulces de marañón, empacaba las semillas y las vendía en la feria del pueblo, todos los domingos. A veces ayudaba a mi mamá con quehaceres de la casa, así fue como tuve la gran fortuna de quererla y admirarla.

Eramos una familia muy numerosa, cinco hijos, mi mamá, mi papá, tres perritos, un perico, una ardilla, cuatro tortugas, muchas vacas, gallinas y dos caballos. Vivíamos en una finca pequeña y doña Odilia vivía cerquita de nuestra casa. Era una mujer de humilde descendencia, dedicada a la agricultura. En su propio terrenito cultivaba hortalizas, mangos, aguacates y algunas plantas de caña dulce. Actividades que la mantenían felizmente ocupada.

Mi aprecio por ella es desmesurado. Es curioso cómo se aferra uno a los recuerdos, nostalgia sin remedio. Ella representa todo lo que hoy deseo, la vida en el campo. Un mundo al que anhelo regresar con toda velocidad.

Ella me enseñó el amor por el café, a hacer tortillas, a levantarme temprano y a tomar jugo de marañón. Me cautivó desde el primer día por su simpatía, su carácter noble y por lo mucho que conocía las tradicionales del campo. Dona Odilia fue la mejor maestra de agronomía, ecología y religión que he tenido en la vida. A diario recorríamos juntas los cultivos de mangos y marañones, al fresco de la mañana, justo antes de irme a la escuela. Teníamos un vínculo especial.

Doña Odilia siempre me decía ¡sólo Dios pudo haber creado tanta belleza!, refiriéndose al verdor del campo después de un fuerte aguacero. Su sentimiento religioso era innato. Desde que ella llegó a casa perdí el interés por ir a la escuela. Quería permanecer a su lado y aprender de todo.

Tengo cientos de recuerdos. Verla llegar todos los días con nuevas fuerzas y nuevos proyectos era contagioso. Solíamos plantar las semillas de marañón en bolsitas negras con tierra fértil, esperar que crecieran un poco, para luego transplantarlas a terreno firme. Acabábamos con las manos sucias y yo fascinada con el dinámico mundo natural.

Doña Odilia anunciaba, con antelación, los acontecimientos más importantes de la finca. Las vacas que estaban encintas, cuándo iba a llover, cuando los murciélagos pasarían por los árboles de mango y de posibles plagas en las cosechas. Era una mujer dulce, gozaba de frescura y de vez en cuando se enojaba con cualquiera que desperdiciara comida, principalmente marañones. Recuerdo su esencia. Tenía buen gusto para vestir, elaboraba su propia ropa. Solía escoger lienzos floreados o colores llamativos como rosado, morado y su favorito, el azul. Varias veces tuve la fortuna de acompañarla al almacén del pueblo a comprar las telas para sus creaciones. Encima de su ropa se ponía siempre un delantal para no estropearla.

Doña Odilia era viuda. Su marido había fallecido de una enfermedad que solo se da en el trópico. No le gustaba hablar de eso, se ponía nerviosa y ruborizada cuando mencionaban su nombre, creo que lo extrañaba mucho. Vivía con su hija Claudia. Se veían poco, ella trabajaba de día y estudiaba de noche. Quería ser maestra de la escuela primaria.

Mi querida Odilia sobresalía por su buen carácter, siempre alegraba mis días. Creció amando la vida rural y renunció a algunas ofertas que le hicieron de trabajo para irse a la capital. Decía que la gente que realmente ama el campo no debería irse a la ciudad- ¿Para qué? ¡Allá se muere una de la tristeza!- Con ella aprendí a tener mucha paciencia para ver crecer los animales, los marañones y las hortalizas. La escuché decir en algún momento que había decidido no heredar el dolor de su madre, quien tuvo diez hijos. Nunca habló de su padre.

Hace unos días llegó a mis manos el libro de María Sánchez “Cuadernos de campo” un acercamiento a las mujeres que trabajan la tierra con las manos. Fue inevitable no recordar a doña Odilia. Según la escritora Sánchez la vida de campo es un tema desatendido brutalmente por las políticas urbanas y una forma de resistencia. Aunque irónicamente sea lo que nos da de comer todos los días. 

Mis años más felices fueron ahí, en la casa frente a la plaza, cerca de la Iglesia. La vida rural fue un privilegio que tuve por tres años hasta que quedó interrumpida por la ciudad. Nos tuvimos que ir a vivir a la capital mi hermano, mis hermanas, mi papá, mi mamá y yo. Una vez más doña Odilia se resistió a irse del campo. Dejamos los animales al cuidado de otras personas. Me sentí huérfana, la mitad de mi corazón se quedó en la finca. Doña Odilia falleció diez años después.

Mientras escucho la lluvia caer y tomo un café con leche acanelado, como solía prepararlo doña Odilia. Noto que, no solamente está lloviendo afuera, algunas lágrimas  también recorren mis mejillas.