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Hace unas horas salí a caminar por el bosque con una amiga, para aprovechar ahora que aún se puede y que el sol ha salido después de semanas de mal clima, como si quisiera darnos un poco de consuelo. Su esposo padece de asma y por eso extremamos medidas, caminando con buena distancia entre nosotras. Hoy es el primer día de estado de alarma y aislamiento obligado en Inglaterra, donde vivo.

Caminando pasamos a muy pocas personas, y no dejaba de asombrarme la inmediata comunicación no verbal a través de la cual decidíamos un espacio en el sendero y creábamos la distancia prescrita. Nos sonreíamos al pasar, y estoy convencida de que cada sonrisa iba cargada de muchísimo más de lo que lleva la sonrisa cortés habitual. Las miradas y gestos comunicaban solidaridad y un poco de angustia, y me decían muy claramente que todos, absolutamente todos, estamos pasando por lo mismo. El “good morning” o “hello” normal, se convirtió en un “stay safe” generalizado.

Aun creando distancia física, la sensación predominante es de una cercanía y empatía entre extraños, que nunca había experimentado con tanta claridad.

Todos en el mismo barco

Desde mi posición de privilegio, que con tantísimo respeto y claridad definió Diego Delfino en este reporte, tengo la libertad de conmoverme al ver cómo esta situación nos da también la oportunidad de mostrar lo mejor de nosotros mismos. No estamos ni cerca de salir de la crisis desencadenada por nuestra irresponsable relación con la naturaleza, pero sí tenemos la opción de utilizarla como un vehículo para mejorar como personas, y como sociedad. Los constantes ejemplos de que eso es lo que estamos haciendo, me dan un consuelo indescriptible.

Debido al aislamiento obligado, he estado hablando con amigos alrededor de todos el mundo. Es surreal que sea igual conversar con alguien en Estados Unidos, Costa Rica, España, Francia, Australia, Kenya o Corea. Todos sentados en casa, preguntándonos cuándo y en qué va a parar esto. Es surreal.

Por ejemplo, mi amiga Sandra de Santiago de Compostela me contó que todos los días a las ocho de la noche en España se sale a los balcones a aplaudir al personal médico, de farmacias, de supermercados y otros servicios esenciales, para agradecerle su heroico esfuerzo. “Es muy emocionante” me dijo, “es el punto alto de todos nuestros días”. Luego me envió un video tomado en Coruña, donde viví por varios años, y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Echando paˈ mi saco

Al escuchar sobre la coordinación entre el FANAL y Correos de Costa Rica, por ejemplo, o la maravillosa transformación del CENARE en un hospital especializado para casos de COVID-19, nuevamente me conmovía un supremo sentido de orgullo y amor por Costa Rica. Después me enteré del caso de la negrita sobrevolando el país en un helicóptero, y me molestó mucho el contraste. En tiempos como esta cualquiera indicación de que seguimos otra cosa que no sea la ciencia y los datos… es un detonante para mí.

Pero esa fue una de las oportunidades para echar para mi saco, y de ser tolerante ante un gesto que lleva consuelo a muchas personas, y que a mí no me hace daño. Este es el momento para la solidaridad, la tolerancia y la bondad. No por nada el esfuerzo global para desarrollar tratamientos contra el COVID-19 se llama el “solidarity trial”. Ahora no hay espacio o tiempo para nada más que para los mejores actos de humanidad.

Cuando salgamos de esto

¿Sería posible que este esfuerzo sin precedentes transforme positivamente nuestro comportamiento a largo plazo? Yo espero que sí. Que cambiemos nuestra relación con la naturaleza dado que la pandemia se originó en lugares donde los animales son torturados al vivir en condiciones espantosas, y que el cierre de fábricas y la disminución del transporte nos mostró una mejora dramática en los niveles de contaminación del aire, mostrándonos la rapidez con la podemos efectuar mejoras a nivel ambiental. La velocidad del contagio obligó a los países y las instituciones a colaborar y ponerse de acuerdo y demostrar lo que podemos lograr cuando de verdad nos lo proponemos.

Encima de eso, la imposibilidad de movernos con libertad y el encontrar supermercados enormes completamente vacíos, nos dio una brevísima pincelada de lo mal que se siente la incertidumbre con la que viven tantas personas desafortunadas alrededor del mundo y en nuestro propio país. Quizás queramos apoyarlos más, en el futuro post-pandemia.

Esto no ha terminado de empezar, por lo que aún nos queda mucho tiempo para practicar. Para convertirnos en las personas que realmente queremos ser. Para hacer nuestra parte, evaluar la información que compartimos, conectar emocionalmente y apoyar a quienes podamos, ser tolerantes y querernos mucho.