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El mes de junio está a un par de días de terminar y nos deja sintiendo nostalgia de no haber presenciado este año la cálida y multitudinaria Marcha del Orgullo. Como ha sido tendencia en estos últimos años, esperábamos encontrar aún más personas asistiendo a esta hermosa e inclusiva actividad. Pero, como persona con discapacidad que además es parte de la comunidad LGBTQI+, no puedo esconder mi agradecimiento de que tuviéramos que enfrentarnos a un año sin marcha. ¿Por qué? Déjenme y les explico.

Desde una muy temprana edad logré visualizar lo que significaba pertenecer a dos grupos diversos: la población de personas con discapacidades y la comunidad LGBTQI+ en Costa Rica. A mis 15 años decidí decirle a mi familia y amigos acerca de mi sexualidad y desde entonces un mundo de nuevas formas de ver la accesibilidad se abrió ante mis ojos. Ser Alex ya no era más una equivalencia de tener una discapacidad, sino que ahora, poco a poco, me percibían, yo y los demás, como lo que era: una persona.

A partir de ese momento empecé a entender más y más la importancia de defender nuestros derechos sexuales, particularmente porque nadie suele hablar de esa gran parte de nuestros derechos. Cuando las personas piensan en accesibilidad suelen pensar en infraestructura, y a veces en LESCO y en Braille, y aunque esas son partes importantísimas de la accesibilidad, los derechos de las personas con discapacidad van mucho más allá de una rampa o un elevador. Nuestro derecho al acceso pasa por diferentes aristas, desde el acceso a la información, la educación, el trabajo, y sí, la sexualidad también. Nuestra exploración sexual se ha visto ignorada históricamente y como resultado, desde que somos niños y niñas se ignora nuestra autonomía sexual al punto de que al crecer no paramos de ser percibidos como infantes, cuando ya somos adultos. Ante la sociedad, somos entes que nunca creceremos.

Una vez alcanzada la mayoría de edad, busqué explorar mi sexualidad de distintas maneras, y la primera fue yendo a los populares “bares de ambiente”. En mi cumpleaños 18 decidí ir con mis amigos a uno de los bares en auge de ese entonces, y para mi sorpresa encontré que no era accesible. El bar no tenía ni elevador ni rampas en pleno 2013, y esa sería la primera de mis sorpresas de la noche. Pude subir gracias a la ayuda de mis amigos, que me cargaron a mí y a mi silla de ruedas por las escaleras hasta la segunda planta. Como todo buen usuario de silla de ruedas, lo primero que hice al llegar fue dirigirme a los baños para estar tranquilo de que fueran accesibles, pero claro que no era así, eran tan estrechos que con costos mi silla cabía en la puerta. Para este punto ya la cosa pintaba mal y presentía que la noche de mi anhelado cumpleaños 18 ya no iba a ser tan gratificante. Sin embargo no iba a dejar que eso me desmotivara, a pesar de que los nervios de saber que debía aguantarme ir al baño toda la noche ya estaban surgiendo efecto en mi vejiga. Así que con el arrepentimiento de no haber ido al baño en mi casa, me puse a bailar la canción del momento que muy probablemente era de Lady Gaga. Entonces le vi: un muchacho muy guapo viéndome desde el otro lado de la pista y yo y mi inocencia pensando que este sería el muchacho que cambiaría mi noche.

Entre baile y miradas seductoras, al menos de mi parte, moví mis ruedas hacia él y me acerqué con la esperanza de presentarme y sí, quizás en mi imaginario de películas Disney, casarnos en el 2020 cuando se aprobara el matrimonio igualitario. Una vez que nos acercamos y le dije “hola”, él alzó su mano para palpar mi cabeza y cual si fuera un lindo perrito en la acera me dijo “¡Awww, pero que hace un niño en un bar, qué lindo!”, y sin más, me redujo en una simple oración y mató lo que yo esperaba que fuera una gran noche.

Entonces, se preguntarán ¿por qué les cuento esta historia? Bueno, porque es una simple anécdota que funciona poderosamente para evidenciar lo inaccesible que es la sexualidad para nosotras las personas con discapacidades. Desde un inicio, los lugares para explorarnos sexualmente son inaccesibles, ya que se piensa que estos lugares no van a ser visitados por personas con discapacidad. Para la sociedad estamos mejor en nuestra casa solitos y calladitos. Y aún habiendo entrado a estos lugares tenemos que enfrentarnos a numerosas barreras sociales para que los demás nos vean como lo que somos: personas.

La sociedad, y en un grandísimo nivel la sociedad costarricense, nos percibe siempre rodeados de lástima, como unos niños enfermos que caímos del cielo para inspirarlos a todos a ser mejores cada día. Esa es la misma imagen que hemos visto todos los costarricenses cada diciembre en cadena nacional. Nos han enseñado a imaginarnos la discapacidad con una canción de fondo que parece sacada de la película del Titanic. ¡Cómo nos cuesta quitarnos esa imagen de la cabeza!

Entonces, qué bien que el 2020 nos diera la oportunidad a todos de vernos encerrados en nuestras casas sin poder disfrutar de la marcha del orgullo, porque queridos lectores, esa es la realidad de muchísimas personas con discapacidad todos los años de sus vidas, no solo este. Tenemos que forzarnos a sentirnos cómodos con pasar un viernes por la noche viendo Netflix, porque salir nos cuesta un ojo de la cara y muchas veces una vejiga. Tenemos que forzarnos a convivir con nuestra soltería, porque nuestros amigos y amigas sin discapacidad, sí ustedes, no están listos para vernos como más que esa melodía del Titanic.

Y pero, ¿qué podemos hacer? Podemos escuchar a las personas con discapacidad y aprender de ellas, podemos educarnos con documentales sobre discapacidad y sexualidad, podemos simple y sencillamente acercarnos a nuestros amigos con discapacidad y entablar amistades con ellos, y ¿por qué no? Algo más que una amistad. Pero no nos quedemos ahí, hay que legislar en pro de la sexualidad para personas con discapacidad. Costa Rica continúa ocultando e ignorando temas importantes por abordar como las terapias sexuales o los asistentes de personas con discapacidad, temas que buscan mejorar nuestra autonomía.

La próxima vez que usted vea a una persona con discapacidad, no asuma nuestra edad, nuestra sexualidad, nuestra personalidad, no asuma. Acérquese, háblenos, y pregúntenos, que de ahí proviene la verdadera accesibilidad.