Kenneth Cubillo Vargas – Estudiante de la carrera de Psicología

¿Existe convergencia entre la política y la religión? En los últimos tiempos ha existido una creciente participación de líderes religiosos en la política y en el ejercicio de cargos públicos lo que genera un gran debate respecto a si esto implica una contrariedad a la independencia y autonomía que debe regir en las relaciones entre el ámbito de lo político y lo civil con las manifestaciones espirituales, de la religión y de las iglesias.

Desde tiempos inmemorables, en la historia a nivel mundial, se ha vislumbrado tintes religiosos que tienen influencia en las tomas de decisiones políticas (¿serán la religión y la política aspectos con un mismo origen, pero de expresiones distintas?). Un período peligroso de esta unión fue, por ejemplo, en la Edad Media, cuando se dieron las cruzadas en donde mediante decisiones de mandatarios religiosos se dieron guerras militares y políticas con el fin de imponer creencias. Bajo esta premisa se crearon sistemas políticos en los cuales los religiosos, bajo su autoproclamación de “ministros de Dios, ejercían un poder político sobre los pueblos, generalmente vulnerables -teocracia-. Esto dio como resultado una fusión peligrosa que generó estragos. Es muy oportuno rememorar un dicho famoso que dicta “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

En Costa Rica la realidad respecto a este tema no ha distado en gran medida. Se tiene conocimiento acerca de que, desde aproximadamente el año 1883, se contaba con un partido político llamado Unión Católica, con el cual la iglesia inició a reforzar aún más su poder sobre los aspectos sociales, económicos, entre otros, que sucedían en el país. Los resultados de esta interrelación no siempre han sido los mejores, de hecho, en algunos momentos y de manera paradójica, políticamente se han establecido lineamientos legales para intentar regular esta simbiosis. Claro ejemplo de esto es el artículo 28 de la Constitución Política que establece que “no se podrá hacer en forma alguna propaganda política por clérigos o seglares invocando motivos de religión o valiéndose, como medio, de creencias religiosas”. De igual manera en el Código Electoral también existe un artículo destinado a esta función, el artículo 136 que prohíbe hacer propaganda valiéndose de creencias religiosas. Sin embargo, tal parece que esto no ha sido así ni antes ni después de estas implementaciones legislativas.

Lo que se puede deducir es que tanto religión como política pueden tener más similitudes que divergencias. Sin duda alguna, ambas se inmiscuyen en la vida personal de los seres humanos y generan movilización de sectores y poblaciones. Con el clientelismo actual, ambas prometen estar a voluntad de resolver “las necesidades” de las personas, principalmente de las poblaciones más vulnerables, por lo que hacen uso de ese recurso para generar más adeptos a sus trincheras, unos desde la fe y otros desde la esperanza social. El gran dilema es que las dos tiene una cobertura muy amplia en la población, pero de baja calidad ya que no atienden las realidades nacionales de las personas. La religión y la política pueden representar un binomio simbiótico en el cual se da un uso de político de autoridad para legitimar e imponerse y, a su vez, de líderes religiosos que utilizan la política para sus propios intereses, tanto morales como materiales, para legitimar ambos su poder.

Esta relación día a día sigue evolucionando. Lo más preocupante es que cada vez toma un rumbo más radical y con posiciones extremas y conservadoras que se desvinculan del despegue que se ha trabajado en temas de Derechos Humanos. ¿Existe vuelta atrás? Es casi seguro que no, lo que se debe buscar es garantizar una preparación e idoneidad en las personas que desean participar de puestos -religiosos o políticos- basados en garantizar derechos humanos y el bien común, ya que, al parecer, el discurso religioso dentro del discurso político, llegó para quedarse.