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Diversas sociedades médicas han incluido el uso social de equipo de protección personal (EPP), como máscaras y caretas faciales, en sus recomendaciones para facilitar el levantamiento de restricciones.

La experiencia y la evidencia, incluso durante esta pandemia, sugieren que los trabajadores de la salud rara vez adquieren infecciones durante el cuidado del paciente cuando se utiliza el EPP adecuado, y que la mayoría de sus infecciones se adquieren en la comunidad donde normalmente no se usa EPP.

La evidencia hasta la fecha sugiere que el SARS-CoV-2 se propaga como otros virus respiratorios: por gotitas infecciosas emitidas en las proximidades (es decir, dentro de 1.8 metros) a los ojos, nariz o boca de una persona susceptible, o por contacto directo con esas gotitas (p. ej., tocar una superficie contaminada y luego tocar los ojos, la nariz o la boca).

Las investigaciones de contacto para el SARSCoV-2 han confirmado tasas de transmisión comunitaria que son consistentes con propagación de gotas y contacto, muy diferente que para patógenos virales aerotransportados como el virus Varicela Zoster o Sarampión. Esto implica que el uso de barreras simples para gotitas respiratorias, junto con higiene de manos y evitar tocar la cara, podría ayudar a prevenir transmisión comunitaria cuando el distanciamiento físico y las medidas para quedarse en casa son relajadas o ya no son posibles. Nuestras 2 opciones: máscaras y caretas faciales.

Se ha demostrado que las máscaras de tela son menos efectivas que las médicas, aunque las pruebas in vitro sugieren que las máscaras de tela proporcionan algo de filtración de partículas de aerosol del tamaño de un virus. Los protectores faciales podrían proporcionar una mejor opción.

Un protector facial se clasifica como equipo de protección personal que proporciona protección de barrera para el área facial y las membranas mucosas relacionadas (ojos, nariz, labios), y su primera descripción en la literatura data de una patente del año 1903.

Para una protección óptima, el escudo debe extenderse por debajo del mentón hacia el frente, hacia las orejas lateralmente, y no debe haber un espacio expuesto entre la frente y la diadema o el soporte de la cabeza.

Los protectores faciales no requieren materiales especiales para la fabricación y ofrecen una serie de ventajas: tienen durabilidad limitada y poco potencial de reprocesamiento, se pueden reutilizar indefinidamente y se limpian fácilmente con jabón y agua, o desinfectantes domésticos comunes. Son cómodos de usar, protegen los portales de entrada viral y reducen el potencial de autoinoculación al evitar que el usuario toque su cara.

La gente que lleva máscaras médicas a menudo tiene que moverlas para comunicarse con otros a su alrededor; esto no es necesario con caretas. El uso de un protector facial también es un recordatorio para mantener distanciamiento social, pero permite la visibilidad de las expresiones faciales y los labios movimientos para la percepción del habla.

Lo más importante, los protectores faciales ya han demostrado reducir significativamente la cantidad de exposición por inhalación al virus de la influenza, otro virus respiratorio propagado por gotas.

En un estudio de simulación (es decir, un estudio que recrea en un laboratorio una práctica cotidiana), los protectores faciales demostraron reducir la exposición viral inmediata en un 96% cuando es usado por un trabajador de salud simulado a 46 centímetros del paciente (y de hasta 80% luego de 30 minutos de exposición continua).

Las caretas además bloquearon el 68% de los aerosoles de partículas pequeñas, que se cree no son el modo dominante de transmisión de SARS-CoV-2 (pero despeja algunas dudas con respecto al flujo de partículas alrededor de la careta).

Además, en un muy reciente estudio, mediante la utilización de tinte fluorescente y la simulación de tos, los investigadores demostraron que era seguro para el médico realizar una endoscopía faríngea si el paciente utiliza una careta facial durante el procedimiento, dado que la misma era capaz de contener todas las gotas grandes sin que escaparan fuera de la careta o a la ropa del participante.

El estudio evalúa una variable que no se había analizado previamente, que es la capacidad de la careta de contener secreciones respiratorias de su propio usuario. Los autores del estudio incluso afirman que “las caretas, y no las mascarillas, deberían ser la alternativa de protección preferida tanto para los profesionales de la salud como el público en general. Sin embargo, al tratarse de un estudio de simulación de tipo “prueba de concepto”, es aventurado construir una política pública a partir de dicha afirmación.

En este momento no existe suficiente evidencia como para recomendar de manera absoluta un método de protección por encima de otros (entre distanciamiento, mascarillas y caretas, lo más efectivo es una combinación de los mismos). No obstante, dado la gran cantidad de escenarios epidemiológicos a los que nos enfrentamos, es importante saber que contamos con un aliado barato, de fácil confección, reutilizable y con una efectividad ampliamente demostrada.

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