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La política monetaria tiene la oportunidad de jugar un rol crucial como remedio para asegurar que las necesidades de liquidez y de financiamiento sean suficientemente soportadas y para que puedan servir como recurso de primera instancia para impulsar el financiamiento de la contención y restauración de la economía real.

El nuevo papel coyuntural de los Bancos Centrales

Las crisis exigen una resemantización del papel de la institucionalidad dentro de la dinámica de lo público, teniendo como norte la progresiva recuperación y alivio, sobre todo de los sujetos y sectores más desposeídos, frente al ya de por sí áspero tránsito por el camino de la recesión. Los Bancos Centrales no son la excepción, su tarea no puede diluirse acoquinada y dubitativa, en medio de un entorno de ostensible excepcionalidad.

Así lo han entendido numerosas reservas y bancos centrales alrededor del mundo, comportándose como un ingente brazo de apalancamiento ante las necesidades de liquidez. Por ejemplo, el Banco Central de Canadá, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón, el Banco Central Europeo y el Banco Nacional Suizo.

Estos cinco bancos acordaron a finales de marzo aumentar la frecuencia de las operaciones con vencimiento a 7 días plazo, para promover la efectividad en la liquidez de las operaciones denominadas en dólares; una actividad que se afirmó durante todo el mes de abril y continua en mayo.

Concomitantemente el BCE planteó medidas de alivio como la flexibilidad macroprudencial en el tratamiento de los préstamos soportados por medidas de apoyo público. Estas actuaciones dejan claro una cosa: cuál debe ser la respuesta de los bancos centrales, frente a la emergencia pandémica.

Comportamientos económicamente asertivos, tendrán efectos en la capacidad de absorción de los impactos exógenos, permitiendo suficiente disposición líquida de hasta por 1.8 trillones de euros para los negocios y los hogares, en zona euro, por seguir con el ejemplo.

No está sucediendo así en nuestros lares domésticos, tenemos un mercado financiero pequeño, poco profundo, con graves asimetrías de información y en el que uno o dos participantes, tienen poder suficiente para modificar el comportamiento del mercado. Lo cual evidencia la pasmosa ineficiencia que permea nuestro mercado y que es transmitida, por supuesto, a las personas.

En Europa, la aplicación del programa de Operaciones de Refinanciamiento a Largo Plazo complementa el programa de compras de activos y la política de tasas de interés negativas para garantizar una transmisión más fluida de las intenciones de política monetaria, para con los sujetos más vulnerables en plena crisis. Esto canaliza la relajación monetaria asociada con tasas negativas hacia las empresas y hogares que dependen del acceso al crédito bancario.

Medidas similares adoptó Haruhiko Kuroda desde el Banco Central Japonés, apoyando plenamente el plan de estímulos del gobierno, al retirar los límites a la compra de deuda pública y el Deutsche Bundesbank, que ha sabido reconocer la nueva relevancia del banco central dentro de este nuevo normal y la situación de flagrante excepcionalidad.

En este orden de las cosas, las medrosas antiguallas ortodoxas, por demás estáticas, terminan siendo proyecciones de los miedos del sistema financiero. Y ponderan, so precio histórico, sus platónicos temores por encima del potencial beneficio que una posición más asertiva podría traer ulteriormente sobre los hogares más necesitados. Entre esos temores histriónicos encontramos la inflación.

¿Podría aumentar la inflación como resultado de las políticas adoptadas durante la crisis actual y sucesivo efecto rebote de la demanda expansiva?

La evidencia empírica más bien promueve fuertes razones para dudar de la aparición de flujos inflacionarios post-crisis. Basta ver, guardando toda salvedad, lo que sucedió en crisis pasadas en algunas economías.

¿Un sobreendeudamiento monetario alimentaría la creciente demanda post-crisis e interactuaría con una oferta reducida para provocar un rápido aumento de los precios? No podemos afirmar que la demanda de bienes y servicios regrese con más fuerza que la oferta (lo cual sería la principal hipótesis para afirmar que este fenómeno traería presiones inflacionarias).

La oferta de dinero puede aumentar, pero el valor total de la riqueza del sector privado (incluso si incluye viviendas y netas de hipotecas) es probablemente mucho más significativo para el consumo, y es muy casi seguro que esa riqueza haya disminuido.

Y es así en efecto: es esperable inclusive que, como resultado de una profunda implicación de la deuda de subsistencia de los hogares, termine por palear la tan temida demanda expansiva.

Charles Goodhart, profesor emérito de la Escuela de Economía de Londres (LSE) y Manoj Pradhan, fundador de “Talking Heads Macroeconomics”, en su artículo “El imperfecto futuro después del Coronavirus” argumentan que un ensanchamiento en el poder expansivo del mercado laboral puede contribuir para la futura inflación. Pero tal argumento, paradójicamente, tiene más valor para sus detractores que para sus defensores porque 1) resalta y admite la relación entre un mercado laboral expansivo y las presiones inflacionarias y 2) establece como necesaria la fortaleza correlacional de ambas variables.

Lo anterior significa que una hipótesis de vértigo inflacionario podría verse sí y solo sí hay un aumento en el poder bruto del mercado laboral. Cuestión harto difícil de cumplir en una economía como la costarricense o, inclusive, en las economías en desarrollo, cuyos mercados de trabajo ya estaban altamente informalizados antes de la pandemia y ostentaban una excesiva propensión marginal al desempleo por shocks exógenos.

En pandemias pasadas como la peste e incluso la gripe española (coinciden con estos argumentos el profesor de Economía Financiera del Imperial College, David Miles y el profesor Andrew Scott, de la London Bussiness School y miembro de CEPR, en su artículo “¿Volverá la inflación cuando termine la crisis?”) tuvieron tasas de mortalidad más altas (masivamente); también afectaron mucho más a las personas en edad laboral.

La caída de la fuerza laboral condujo a un aumento de los salarios. Los efectos de la expansión de oferta laboral agregada, serán mucho menores esta vez. Puede ser que la crisis provoque un cambio en el poder de mercado de ciertos grupos, lo cual se antoja poco atractivo para quienes actualmente ostentan el poder económico; lo que me lleva a poner en duda cualquier actitud reticente, retentiva y circunspecta  sobre la función apalancadora de un banco central.

La actitud de las sociedades (como se apreció con el cambio de paradigma que han dado los bancos centrales alrededor del mundo) con respecto a la inflación, habrá de cambiar como consecuencia de la crisis. La vulgarización del debate en torno de cuestiones que se antojan nimias en medio de una pandemia, debe hacernos repensar las funciones institucionales en las sociedades.

El costo de no actuar ahora frente al sostenimiento de posiciones ex ante, tacañas, se mide por la cantidad de hogares que puede verse beneficiados de una reinversión de las funciones de los bancos centrales, como sostiene Baldwin y Weder Di Mauro (Mitigar la crisis económica del COVID-19: actuar rápido y hacer lo que sea necesario).

La relectura social y antropológica de la institucionalidad económica pasa por dimensionar su valor frente a la utilidad práctica para las personas, no al revés.