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En las últimas semanas la dinámica triangular de las relaciones entre las superpotencias se ha centrado en el eje Washington-Pekín, mientras Moscú se mantiene expectante de lo que ocurra entre sus adversarios. Pero ello no significa que Rusia sea un simple observador, vigila al mejor estilo de un chita para atacar en el momento apropiado; aunque su preocupación está en la tendencia interna de la pandemia, al mismo tiempo que incrementa su presencia en los Balcanes.

En la relación sino-estadounidense las tensiones van en aumento, tanto en el ámbito de las teorías conspirativas (al extremo que reconocidos especialistas internacionales le dedican tiempo, y ni se diga de gente que opina en apego al efecto Dunning-Kruger —hoy en redes sociales los  y las especialistas sobre temas internacionales y de luchas hegemónicas aparecen por montos y tienen la verdad absoluta—) como en el de los esfuerzos por debilitar a la contraparte para implementar el proyecto hegemónico que ambas potencias buscan.

Como lo mencionaba en el comentario de la semana pasada sobre la “diplomacia de la mascarilla” implementada por China, Pekín busca limpiar la imagen por el origen del virus y por la gestión inicial de la enfermedad. Pero al mismo tiempo necesita consolidar su iniciativa y para ello le sirve más la reelección de Trump en noviembre, pues la Casa Blanca está empeñada en desmantelar todas las alianzas construidas a partir de 1945 por Estados Unidos. Por eso las relaciones bilaterales son cada vez más confrontativas y así logra un mayor margen de maniobra en los vínculos sino-europeos y con otras regiones (América Latina y África). Pero también le permite desviar la atención de una asistencia al desarrollo e inversión china cada vez más condicionada por los intereses hegemónicos. Y en algunos casos, como el de Costa Rica, con pobres resultados y experiencias no muy prometedoras.

Por parte de Estados Unidos, hoy resulta manifiesto que el lema de Trump de “America first” significa primero en la cantidad de personas contagiadas y fallecidas por el coronavirus, primero en desmantelar el orden internacional liberal de la segunda mitad del siglo (liberal en el sentido que se entiende en Relaciones Internacionales) y primero en advertir a sus aliados que ya no cuenten con el apoyo de Washington en ningún escenario, porque no puede ni atender sus propios asuntos.

China hoy ha cambiado la idea de “paciencia estratégica” de Deng Xiaoping, que planteaba que el país debía ir sobre la cresta de la ola, para saltar en el momento apropiado y llegar primero a la playa. ¿Será que considera que ya la ola llegó a la playa y es el momento para dar el salto y consolidar su idea del siglo XXI como la centuria china? Xi Jinping dio ese salto estratégico y se siente posicionado en la arena para controlar la dinámica sistémica. Esto se comprueba con iniciativas como la nueva ruta de la seda y de la franja y la ruta. Mientras que Estados Unidos está en un repliegue estratégico y con un proyecto que solo Trump sabe, pues responde mucho al humor con que se levante cada día.

Algunos analistas, como Kevin Rudd, se cuestionan si el mundo no está a las puertas de una nueva Guerra Fría, una especie de versión 1.5 o 2.0, que reconfigure el orden internacional liberal de la segunda posguerra mundial. Desde mi perspectiva ello no es correcto, porque la Guerra Fría fue un fenómeno político-militar-ideológico propio de la segunda mitad del siglo XX y las condiciones que le dieron origen, no son similares a las actuales, ni se trata de una confrontación ideológica, porque ambas partes son potencias capitalistas, aunque con estilos y estrategias de desarrollo muy distintas.

Lo que sí es evidente en esta coyuntura, es que las tensiones en el triángulo de las superpotencias aumentan a diario, al mismo tiempo que la pandemia de COVID-19 ha puesto de manifiesto muchas de las falencias de los Estados, grandes o pequeños, y del sistema internacional. Por eso este 2020 será un año de grandes cambios en la dinámica de las relaciones internacionales.