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La pandemia por COVID-19 tiene, además de las dimensiones sanitaria y económica, una política. Tras este coronavirus, el sistema internacional no volverá a ser el mismo. China y Rusia, por el tipo de sistema político y de Gobierno que tienen, quedarán mejor posicionadas como superpotencias, que los Estados Unidos (en claro retroceso). Esto les facilitará impulsar sus proyectos hegemónicos, el primero de naturaleza confuciana y el segundo de corte ortodoxo (combina aspectos occidentales y orientales, no es por la religión ortodoxa). Sin embargo, el mundo debe hacer algunas consideraciones desde ahora sobre la forma en que el Gobierno chino condujo y conduce la cuestión del SARS-Cov-2.

Lo primero que hay que recordar es que China ocupa la posición 177 de 180 países en el índice de libertad de prensa. Los informes de Reporteros Sin Fronteras revelan que desde el año pasado Pekín prohibió la difusión de noticias sobre una enfermedad que apareció en Wuhan. Y también impidió a médicos ahondar en sus investigaciones. No convenía al presidente Xi Jinping ni al Partido Comunista Chino que se diera a conocer la enfermedad, que tenía rasgos de epidemia. Y luego se concretó con la expulsión de un número considerable de reporteros internacionales.

Por otra parte, un informe sobre atención transparente de la pandemia, de la Universidad de Southampton, revela que si se hubieran adoptado medidas apropiadas desde el inicio del contagio, como el cierre del mercado del pescado en Wuhan, y no hasta el 1 de enero, el contagio se hubiera reducido en 86%, algunos especialistas indican que la cifra podría ser de hasta un 95%. Es probable que se hubiera limitado a una epidemia. Incluso la oficina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en China fue informada el 31 de diciembre de la existencia de una neumonía de etiología desconocía, aunque estos casos iban en aumento desde noviembre 2019. Pero ello no convenía a los intereses del régimen.

Por supuesto, el citado informe reconoce que hubo intervenciones no farmacéuticas que ayudaron a evitar una propagación mayor en los primeros dos meses de este año.

Esta no es la primera vez que China actúa de esa forma. En 2003 la OMS acusó a las autoridades chinas de ocultar información sobre el SARS, que apareció en noviembre de 2002 en Cantón.

Al ser la segunda ocasión, la OMS y otras entidades de Naciones Unidas deberían revisar este asunto con el Gobierno chino. Por supuesto, no solo China oculta información de enfermedades, pero los casos se refieren a epidemias y, ahora, una pandemia de cobertura global.

Pero, ¿por qué a pesar de esa respuesta tardía, China tuvo menos casos que Estados Unidos y Europa? La respuesta es sencilla, se trata de un régimen autoritario/totalitario, que puede imponer una cuarentena como no lo puede hacer ningún país occidental y como prácticamente todas las empresas chinas son estatales o tienen presencia de delegados gubernamentales, les resulta más llevadero el efecto económico del SARS-CoV-2.

La enfermedad COVID-19 ha puesto en evidencia las debilidades del sistema global del siglo XXI (en un comentario anterior me referí a las falencias de los Estados para conducir este tipo de situaciones). Por supuesto, que esta pandemia está cuestionando la cotidianeidad mundial. El filósofo Markus Gabriel alude a la necesidad de una “nueva Ilustración global” y el economista Thomas Piketty se refiere a una “fase de desglobalización”, aunque esto signifique una caída significativa del PIB global.

Vuelvo a China. Según información de la agencia oficial Xinhua, Pekín está buscando que líderes políticos alrededor del mundo alaben el manejo de la pandemia y destaquen el rol del Partido Comunista como vanguardia de la sociedad. Y se supone que las embajadas chinas están contactando a los partidos políticos para que suscriban un llamado internacional en respaldo de China. ¿Teme algo Pekín esta vez? Por eso pronto se comenzará a denominar como la “pandemia china”.

En cambio, no se destaca el manejo exitoso de Gobiernos como el Corea del Sur y Taiwán. Este último caso debería ser sistematizado por la OMS, pues se trata de un Estado con una población de 24 millones y con solo 50 personas contagiadas. Esto evidencia, de nuevo, el manejo político que China hace, con lo cual busca obtener réditos para su proyecto hegemónico global, aunque cientos de miles mueran.

Lo que se requiere es un equilibrio entre las tres dimensiones: sanitaria, económica y política.