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Continúo con el tema de la semana pasada, en que abordé lo de la seguridad internacional y las pandemias, porque más allá de lo relativo a salud, la actual pandemia del SARS-CoV-2, que provoca la enfermedad COVID-19, ha mostrado falencias importantes del sistema global y de la estructura que sostiene la tecnología de la información y comunicación. Pero también ha puesto en evidencia (este no es el tema de este comentario) el impacto que tiene el ser humano sobre el calentamiento global, aportando una evidencia más en contra de las tesis de los negacionistas, como Trump; esto porque los mapas de nitrógeno y de emisiones de gases reflejan una baja en la acumulación de gases de efecto invernadero en China, Italia y España, y en general en el planeta.

La clave de esta coyuntura está en las lecciones que se generen, sin duda muchas; pero sobre todo en que sean aprendidas y se hagan los ajustes necesarios. De nada serviría que el próximo año volvamos a la “normalidad” de las pasadas décadas.

Estamos en un mundo globalizado, interconectado, y si la anterior pandemia fue hace 100 años (la denominada fiebre española), para la próxima no tendremos que esperar 100 años. Por eso, Gobiernos, organizaciones intergubernamentales, otros actores no estatales, sector privado y sociedad en general deben entender la dinámica del siglo XXI. Sin embargo, como la estupidez humana es infinita, resulta lamentable leer en redes sociales a personas pidiendo que se le cobre a China por este virus, cuando hay estudios científicos que comprueban que el origen del SARS-CoV-2 no es un laboratorio. Por supuesto, que el Gobierno chino tiene responsabilidad, por no prohibir los mercados de animales salvajes. Pero no se trata de considerar que estamos en el siglo XIX, cuando las potencias invadían para cobrar deudas.

Por otra parte, los sistemas de salud nacionales deben reconocer que no pueden seguir con la lógica de la centuria pasada, y ni qué decir de casos como Estados Unidos, no de privatización de la salud —ese no es problema—, sino de una seguridad social basada en razones étnicas y carente de solidaridad. Los casos de en Italia y España, que han tenido que decidir a quién salvar y a quién dejar morir, comprueban las limitaciones. Esto me recuerda las tesis del “homo deus” en la obra de Yuval Harari, que resume los esfuerzos de la humanidad por ser eternos. Pero también los planteamientos de microbiólogos como Macfarlane Burnet y David White, en los años 1970, sobre el aumento de las enfermedades infecciosas, y eso que en ese momento no se pensaba en el calentamiento global como un factor en el incremento de los virus y bacterias. Hay que revisar la historia de las pandemias y epidemias.

Esta pandemia también ha dejado en evidencia que la interconexión tecnológica tiene limitaciones. No vayamos muy lejos, basta con observar la situación en Costa Rica. Quedó manifiesto que las empresas proveedoras de internet, sobre todo las cableras, no tienen la infraestructura necesaria para atender una alta demanda, aunque a diario insistan en tener más suscriptores. Por eso algunos proveedores piden que no se hagan tantas sesiones virtuales sincrónicas, precisamente cuando las universidades y el Gobierno encuentran en el espacio cibernético la vía para mantener su funcionamiento.

De igual forma se demostró que la vinculación entre los ámbitos político, económico, social y cultural es mucho más estrecha de lo que se piensa. Pero de igual forma que la cultura, que diferencia a las distintas comunidades, tiene profundos efectos. En países asiáticos, las autoridades ordenaron cuarenta y la gente obedeció; en esta parte del mundo, los Gobiernos ordenan quedarse en casa, y la gente más bien sale. O el caso del Gobierno nicaragüense que convoca a manifestaciones por el “amor en tiempos de la COVID-19”, siendo totalmente irresponsable con el mundo.

Los Gobiernos, y las sociedades también, deben aprender las lecciones de esta pandemia. La pregunta es si, como anoté arriba, volveremos en unos meses a seguir con el mismo estilo de vida. Sobre todo, que el mundo ya no es de globalización y nacionalismo, sino uno con una dinámica y arquitectura distinta a lo que hemos conocido en las pasadas centurias.