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La alarma internacional ante la expansión del coronavirus, proveniente de China, debe llevarnos a la reflexión y la acción ante amenazas transnacionales que escapan al poder de acción de un solo Estado para enfrentarlas.

Las pandemias, pero también el terrorismo; las crisis humanitarias por enormes flujos migratorios; los efectos del cambio climático sobre la agricultura, la ganadería e incluso la supervivencia de los Estados insulares ante el crecimiento de las aguas marinas; la delincuencia organizada transnacional; el narcotráfico; la corrupción; el lavado de activos; el tráfico ilícito de armas; la trata de personas y los ataques a la seguridad cibernética, se encuentran en el marco de estas amenazas transnacionales.

Amenazas en el tanto se trata de situaciones de complejo alcance y que requieren acciones integrales para su abordaje en una fórmula que contemple tanto la seguridad de los Estados y sus habitantes, la eficiencia y eficacia de recursos económicos y humanos, la estabilidad del marco jurídico e institucional y el respeto, garantía y promoción de los derechos humanos.

Ante este escenario, surge la necesidad de fortalecer las herramientas que brinda la diplomacia y la definición de ejes estratégicos de política exterior, para enfocar esfuerzos en integración, con el fin de que instancias, foros y mecanismos de cooperación se aboquen a definir y fortalecer instrumentos comunes en estas materias.

La preocupación en estas materias no es nueva. Declaraciones de la OEA, como la de Barbados del 2002 y de México del 2003, llevaron a ampliar el concepto de amenazas a la seguridad resaltando que los países del continente deben reafirmar sus esfuerzos por la cooperación en temas de nuevas amenazas que incluyen aspectos políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales.

Hoy, los factores de amenaza son más que evidentes y la necesidad de renovar compromisos, fortalecer estrategias colectivas y retomar canales efectivos de diálogo, negociación y trabajo conjunto son más que necesarios.

Se torna especialmente ineludible derribar mitos relacionados con anacrónicas variables relacionadas con las competencias soberanas; el miope enfoque militarista; así como las barreras ideológicas basadas en la desconfianza mutua, que paralizan esfuerzos y conllevan al irremediable acrecentamiento de los problemas comunes.

La cooperación y las estrategias colectivas para preservar la estabilidad regional y el abordaje integral de estos elementos, dependen básicamente de la actitud que tengan los Estados para salir del pensamiento de confrontación, pesimista y agresivo, para comprender mejor el mundo y los desafíos que se plantean en el diseño de la agenda transnacional.

Los foros, organismos internacionales y mecanismos de integración ya existentes, deben servir como marco para propiciar estos esfuerzos colectivos y evitar llegar a comportamientos aislados y reactivos que dejen portillos abiertos para amenazas que no distinguen territorios, religiones, diferencias ideológicas o nacionales y más bien, fijar como prioridad el diálogo, la negociación, el trabajo conjunto, el intercambio de experiencias y buenas prácticas, la capacitación y formación de profesionales, así como la elaboración de marcos normativos ágiles y comunes.

Si los Estados no son capaces de redirigir esfuerzos en estos espacios para abordar estas materias, el siguiente paso es replantear la conveniencia de la membresía en algunos de ellos, pues la política exterior de naciones como la nuestra debe maximizar recursos en áreas de trabajo útiles y con impacto real ante los grandes fenómenos actuales.

De nada nos sirven los espacios cargados de declaraciones y simbolismos, si la agenda no incluye acciones concretas, reales, inmediatas y con miras al mediano y largo plazo.

Enfrentar las amenazas transnacionales no es una batalla que se pueda ganar en solitario y mucho menos, un espacio para seguir postergando esfuerzos o ateniéndonos a la improvisación conforme se manifiestan los distintos fenómenos.