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 Hace poco más de 80 años existían piletas de agua destinadas exclusivamente para el uso de personas negras en Carolina del Norte, segregación racial que aún es tarea pendiente para Estado Unidos, ¿solamente para Estados Unidos?

     Expresaba el presidente Carlos Alvarado en su pasada intervención en el Foro Mundial de Refugiados celebrado en Ginebra, Suiza. “Cada niño que cruza nuestras fronteras tiene los mismos derechos que los niños costarricenses. Debido a nuestro enfoque de derechos humanos, Costa Rica continuará haciendo una inversión significativa de recursos públicos en estas áreas”.

      Los movimientos de personas suponen el arribo de hijos y familiares, quienes son parte central del proyecto migratorio, el acceso a la educación, salud y vivienda por parte de los y las trabajadores migrantes, así como de sus hijos y familiares, deja al descubierto los límites institucionales, sociales y culturales que tiene la implementación de una noción de igualdad de derechos en la sociedad costarricense, sin embargo, las redes sociales ofrecen  otra dinámica de quien observa y quien es el objeto de esa observación, no es una distinción solapada de xenofobia y racismo, es una postura explícita. 

        Albert Memmi mencionaba que el racismo y la xenofobia consisten en la valoración de diferencias biológicas, sean estas reales o imaginarias en beneficio de quien hace la definición y en desmedro de quien es sujeto de esa definición, con el fin de justificar hostilidad (social o física) y agresión, social en este caso.

      No interesa debatir la  transición entre el racismo biológico y el racismo cultural, la xenofobia o la segregación racial; es que en el primero juega un rol muy relevante la creencia de que existen razas humanas supuestamente reconocibles sobre todo a través de las diferencias corporal o grupos étnicos, mientras que en el segundo, el racismo se aleja del concepto más bien estático de raza y  establece lo que bien puede ser una distinción de clase en términos de capitalismo post industrializado para enfocarse mayormente en las diferencias culturales, compete trazar la línea discursiva a la institucionalidad, las diferencias sociales hasta la voluntad política que pretende erradicar el flagelo de la discriminación.

    Los países del tercer mundo por su atraso tecnológico y poca competitividad, experimentan y desarrollan un ensanchamiento de su deuda tanto pública como privada con objeto de poder comprar y producir bienes y servicios para estar a la altura de los mercados y patrones de consumo internacional y cultural, lo que desemboca en un efecto no deseado, un empobrecimiento progresivo que obliga a muchos de sus habitantes emigrar a otros países donde se van a encontrar con nuevas condiciones sociales y económicas potencialmente más excluyentes.

     Estudios exhaustivos realizados por sociólogos y economistas han determinado si aquellos tópicos asociados a la inmigración tienen alguna verdad y la respuesta es casi siempre negativa. En ningún país la llegada de inmigrantes ha provocado una subida de desempleo entre la población autóctona, y en casi todos los países los inmigrantes han aportado mucho más a las arcas del estado que las ayudas que han “cobrado”, sin embargo, las contribuciones positivas de inmigrantes suelen ser ignoradas. 

     Quienes se oponen a las políticas de apertura migratoria en Costa Rica, reposan su discurso rancio en la repartición de recursos agotables que supone más a una definición paleolítica de economía de cazadores y recolectores, la economía moderna opera en el consumismo, entre más individuos hay en una sociedad local, más se consume y produce. El costarricense se jacta de cosmopolita y podría obviar la brecha psicológica que los separa con el extranjero, pero su actitud al foráneo es un sentimiento de egoísmo puro ante un estado supuestamente selectivo y complaciente en recursos sociales, sumado a eso, un imaginario social de cultura exportada desde Europa que está desligado de la realidad política, social y económica del desarrollo nacional.

    El problema de todo ello es que, a través de la supervaloración de estos aspectos irrelevantes, se establece un mecanismo que “parecería legitimar nuestra agresividad y crueldad con quienes esencialmente se nos asemejan bajo el argumento de ser radicalmente diferentes” (Jiménez, 2002, pag 21).

 Solamente queda esperar que las prácticas xenófobas que fomenta el ordenamiento jurídico costarricense con su “Ley de Migración y Extranjería” no pueden utilizarse como herramienta populista a la luz de la desesperación de los nuevos frentes políticos para campañas locales.