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Yochai Benkler, Robert Faris y Hal Roberts se dieron a la tarea de presentar un debate académico que problematizara los fenómenos narrativos que dominan la agenda noticiosa en los Estados Unidos (EEUU). Ese país —su unidad de análisis— y la existencia de multitudinarios ejemplos de cómo el manejo de la desinformación puede dar al traste con la confianza en las instituciones, para bien o para mal, son casos de reflejan el desenvolvimiento actual de la polarización en Costa Rica.

Pero no solo los académicos mencionados se han referido al tema; de hecho, previamente el periodista estadounidense David Roberts ya se había ocupado de presentar el concepto de crisis epistémica, cuestionando los peligrosos caminos que yacían —en aquel momento— frente a la encrucijada de la polarización y desinformación.

Ambos enfoques son sinónimos en sus hallazgos y narrativas: la diferenciación extrema al que ha sido conducida la política estadounidense ha sido el mismo caldo de cultivo que ha generado universos paralelos de noticias y debate. Ahora, algunas personas se preguntarán: ¿Qué tiene que ver EE. UU. y su incomprensible sistema político-electoral con la realidad nacional que atraviesa (atravesara) el país?

Dado que en Costa Rica no hay un personaje que se asemeje (aun) a Donald Trump, tal pregunta es justificada en la distancia simbólica que representa. Sin embargo, desde la última elección presidencial ya se ha podido observar un poco de la germinación que dará como fruto la irracionalidad discursiva, cosechada con la herramienta de la polarización.

De vuelta a los textos señalados arriba, la cuestión que engloba los contextos costarricenses y estadounidenses es aquella de la deliberación política; la esfera pública si se quiere, en términos de Habermas. Costa Rica ya ha presentado síntomas de contagio de una alta división social en torno a temas políticos (modelos económicos, institucionalidad, corrupción, etc.), pero lo más importante de resaltar es la forma en que se han generado y llevado a cabo las discusiones. ¿Cuáles actores forman parte? ¿Qué posiciones defienden? ¿Qué tipo de argumentación ofrecen?

La “ingobernabilidad” que tanto se ha masticado en los medios de comunicación, no es otra cosa más que desacuerdo y deliberación política, las cuales son necesarias para un ejercicio democrático sano. Pero incluso ahí, el ejercicio del debate gira en torno a temas comunes, hechos (idealmente) y posiciones partidarias que devienen de alguna u otra orientación política, ética y moralmente justificada.

No obstante, enfrentados desde múltiples por diversos grupos de presión ajenos al debate político, se acentúa la obviedad de las diferentes tribus sociales y políticas (o politiqueras) que habitan en el país. De ahí que se pase de una discusión sobre lo bueno o lo malo (para uno u otro grupo), hacia una discusión acerca de lo que es y lo que no es para cada cual. En otras palabras, ya no importará quien tenga la razón ni quien presente los hechos, sino quien, frente a su propia tribu, actúe en su favor.

De ahí que el ideal deliberativo de la sociedad política se convierte en una pesadilla de poblaciones encapsuladas en sus propias dimensiones de la realidad. Y ahí yace la mayor amenaza; tratar de avanzar temas de relevancia nacional cuando las poblaciones y sus representaciones políticas ni siquiera comparten el plano mínimo de la realidad. Es mucho más que una regresión epistemológica, es una involución ontológica de la vida política que el país, en el umbral de fragilidad política y económica en que se encuentra, no puede permitirse.