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Una de las principales tareas que se le encomiendan a las municipalidades es recolectar basura. Asociar basura con municipalidades está tan arraigado que, cuando se atrasa el camión recolector, es al frente del edificio municipal donde los vecinos enfurecidos llevan las bolsas de basura no recolectadas. Una vez en la acera, mis desechos pasan a ser de la municipalidad, a pesar de que puede ser el caso que las municipalidades tampoco tengan claro qué hacer con los residuos sólidos ni, mucho menos, sus problemas ambientales asociados.

Esta tarea municipal es particularmente relevante dado el explosivo crecimiento en la generación de basura en nuestro país, según reseña de un medio nacional en el 2015 así como en la evaluación del país hecha en el 2018 por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Según la reseña, del 2000 al 2014 las toneladas diarias estimadas por el Ministerio de Salud se duplicaron mientras que en la evaluación de la OCDE señala que estamos cerca de botar la misma cantidad de basura que países desarrollados, a pesar de nuestro menor nivel económico. Lo anterior con el agravante de que el porcentaje de reciclaje y compostaje de nuestra basura es prácticamente nulo mientras que en la OCDE es más del 25% —50% si se considera la incineración y otras alternativas al vertedero—. Si se mantiene la tendencia señalada por la OCDE, en quince años se duplicaría el kilo por día por tico que botamos hoy en día.

En este contexto, las municipalidades tienen diversas ventajas (o economías de ámbito) que les permitiría reconfigurar la gestión de residuos en nuestro país:

Prevención de la basura

Mucha de la basura que generamos aparece de forma poco solicitada (a través de envolturas o embalajes innecesarios) de los bienes que compramos o no solicitada del todo (por ejemplo, McDonald’s y Burger King tienen contemplado sacar los juguetes de las cajitas felices ya que la mayoría termina en el basurero sin haber sido sacados de su envoltura).

Esto se puede controlar o combatir a través de estándares normativos más altos, de forma que las empresas interioricen la basura que generan en exceso o de escaso valor social. Para evitar generar excesiva regulación que reprima el consumo, el comercio exterior o las poblaciones de escasos recursos, es importante que las reformas que se hagan tomen en cuenta las preferencias de las comunidades. Las municipalidades son un excelente actor para articular esta demanda comunitaria y plasmarla en normativa mejor informada que permita reducir la basura antes de que se genere.

Venta de bolsas de basura, estaciones de compostaje y promoción del reciclaje

En la etapa intermedia (la generación del desecho) las municipalidades podrían incidir de diversas formas:

Venta de bolsas de basura: Actualmente, las municipalidades no tienen control sobre la cantidad total de basura que producimos. Los datos anteriormente referidos podrían estar fácilmente subestimando el problema de basura que tenemos, ya que no hay un rastreo sobre la cantidad total de basura que producimos. Además, el cobro de basura se nos hace de forma independiente de si producimos mucha o poca basura. Esta falta de control municipal e incentivos mal asignados hace que para los hogares y empresas resulte más conveniente botar la basura antes de aplicar a consciencia las cuatro R (reducir, reutilizar, reciclar o recuperar). Por ello, en Suiza los gobiernos locales venden las bolsas de basura a los hogares y empresas, generando esta interiorización además de una fuente adicional de recursos, que puede ser utilizada para acompañar el resto del proceso, como más adelante se verá.

Compostaje: Dado que cerca del 25% de lo que botamos como “basura” es en realidad materia orgánica que puede ser compostada, es imprescindible ofrecer un servicio de compostaje desde las municipalidades que sea de fácil acceso. Los programas de educación de la Municipalidad de San José o las composteras regaladas por la Curridabat son tímidos intentos en esta línea. Además, si queremos repoblar la capital con edificaciones más intensivas en espacio (como los condominios verticales) es indispensable ofrecer composteras con capacidad industrial en cada cuadra de las ciudades del país, lo que liberaría nuestros hogares de olores indeseables cuando recibimos visitas.

Promoción del reciclaje: El reciclaje a nivel mundial cumple fielmente con el adagio que “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. Ya sea por mala clasificación, restos de comida o humedad, cerca de un 75% del material reciclado es rechazado y solo un 9% es finalmente reciclado. Si bien esto puede sonar lapidario, existe una ventana de oportunidad para las municipalidades en la fiscalización de los procesos de reciclaje que han dependido hasta ahora del voluntariado. El fervor cívico debe ser complementado con un mayor acompañamiento y fiscalización de los procesos de reciclaje de los condominios por parte de las municipalidades. Para empezar, todas las municipalidades deberían ofrecer un programa de reciclaje de acceso a todo condominio, barrio, casas individuales y empresas. Pero más importante aún, para que este programa alce vuelo y tenga incidencia en la cantidad total de basura que finalmente se recicle, es importante que se certifiquen los participantes del proceso. Para aliviar los gastos operativos, la certificación podría iniciar mediante silencio positivo: todos los participantes se encuentran certificados hasta que alguno sea vetado de seguir participando por la Municipalidad, ante incumplimientos reiterados en los requisitos de calidad del programa. Conforme la certificación madure, se puede valorar volverla obligatoria.

El vertido de los desechos

Por último, la última etapa es quizá la más importante ya que los riesgos de nuestra basura están al final vinculados con nuestra capacidad de disponerlos de forma segura. Si contamos con la tecnología y el espacio para disponerla de forma segura, no hay problema. Por otro lado, vertederos o quemas ilegales de basura imposibilitan el control de que la basura se quede en el lugar consignado y que, por ejemplo, no termine en los ríos y finalmente engullido por nuestra fauna marina. Por ello, asegurar que toda basura termine en vertederos que cumplan con requisitos mínimos, como revestimiento o capas lo suficientemente gruesas que imposibiliten el derrame de líquidos tóxicos (lixiviados), es la política ambiental de mayor impacto que podemos hacer en Costa Rica actualmente. Asimismo, estos lixiviados pueden ser monitorizados aún cuando los vertederos han sido clausurados, lo que posibilita que nuevamente pueda haber suelo servido arriba de estos. Para asegurarse de que el 100% de la basura termine en estos vertederos, hay que hacer un claro balance entre castigos, incentivos e, inclusive, invertir más recursos públicos (por ejemplo, los provenientes de la venta de bolsas de basura) en la recolección de basura para que esta resulte eficaz. Subsidiar la recolección de basura será especialmente relevante en zonas rurales alejadas donde las municipalidades ni siquiera aparecen en la recolección de basura pero que, por presencia de un gran hotel o industria, podrían generar altos niveles de residuos.

Sin embargo, esta mayor erogación de recursos públicos en la gestión de residuos es una inversión que no podemos darnos el lujo de no realizar, sobretodo porque en la medida en que la basura termine finalmente en vertederos formales se asegurará la sostenibilidad de nuestras políticas económicas y ambientales.