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Probablemente si hoy viajáramos cien años al pasado, trajéramos a un grupo de estudiantes de aquella época y los sentáramos en cualquier aula del país para que recibieran un par de clases, la mayoría de ellos se llevaría varias sorpresas, pues estarían frente a una realidad que muy seguramente ni siquiera soñaban o esperaban llegar a ver. Computadoras, celulares, proyectores, cámaras o calculadoras son algunas de las tantas herramientas que tienen a disposición los estudiantes y profesores en la actualidad, por medio de las cuales se crean vías de aprendizaje que hacen ver a las de antes como si se trataran de una broma: ya no hace falta aprenderse las tablas de multiplicar, basta con apretar unos cuantos botones y podemos llegar a cualquier resultado en un abrir y cerrar de ojos; estos instrumentos se han convertido en extensiones de nuestro cuerpo de una forma increíble, y muy pocas veces nos damos cuenta de ello.

Sin embargo, imaginemos también el caso contrario: ¿qué pasaría si enviáramos a un estudiante promedio de esta realidad posmoderna a esos tiempos tan “arcaicos”? ¿Pasaría como un genio por el simple hecho de venir del futuro o se enfrentaría con más dificultades de las esperadas? Sí, podríamos apostar que con su vestimenta va a llamar la atención de mucha gente, ¿pero lo hará también con sus habilidades para el estudio? En primera instancia se podría pensar que sí, dado que lleva ideas adelantadas en comparación a los otros jóvenes que se va a encontrar. No obstante, cabe la posibilidad de que no halle las vías para poder externar este conocimiento, ¿y de qué sirve un conocimiento que no puede ser transmitido? De muy poco, por no decir “de nada”.

¿Qué argumentos hay para decir que este alumno no va a poder poner en práctica lo que sabe cuando esté en esta situación? Es muy sencillo, planteemos dos casos, uno de español y otro de matemáticas: si se le presenta un texto. y debe hacer un análisis literario del mismo, podría optar por recurrir a buscar un análisis ya hecho que esté en internet y tomar ideas de ahí para “facilitar su trabajo”; claro, hay que recordar que estamos en el 1919, y en Costa Rica, decir “internet” aquí tiene tanto sentido como pensar que la selección va a ganar el próximo mundial de fútbol.

Así que este individuo tendrá que empezar a caminar por el camino difícil, sin buscar ningún atajo y creando una composición textual por sí mismo, algo a lo que puede que nunca se haya acostumbrado. Por el otro lado, si se le pide que resuelva, por decir algo, una ecuación cuadrática o de segundo grado es casi seguro que recurrirá a su vieja y confiable calculadora científica, que le va a tirar las soluciones en pocos segundos. Otra vez, vuelve al mismo problema: aquí lo más científico que se va a encontrar es un ábaco, quién sabe qué tan útil vaya a resultarle.

Pueden pasar dos cosas: que el sujeto de prueba se rinda y deje el ejercicio en blanco o que recuerde por algún motivo la fórmula general o utilice métodos de factorización para resolver el ejercicio. No hay duda de que muchos de los estudiantes actuales podrían hacer lo segundo, el problema es que no van a ser la mayoría.

Los programas de educación actuales están empezando a implementar la tecnología dentro de las aulas, lo cual ha significado un buen atractivo para una enorme cantidad de alumnos, dado que así se sienten más familiarizados con lo que están aprendiendo y lo ven con mayor facilidad. Esto está muy bien, el estudio debe ser un placer para el estudiantado, no una obligación ni una tortura. Sin embargo, se tiene que inculcar el pensamiento crítico y el análisis antes de mecanizar los ejercicios por medio de distintos aparatos que restringen la creatividad de los adolescentes.

Estamos en una época donde tanto adultos como jóvenes queremos que todo esté listo al instante, donde sea poco necesario pensar y tengamos máquinas que lo hagan por nosotros. La tecnología que tenemos constituye una parte importante de nuestro día a día, es normal que la usemos para facilitar distintos trabajos. Aun así, hay una fina línea que separa el hecho de tenerlas para trabajar del que sean ellas quienes trabajen por nosotros, dado que esto solo hará que se pierda poco a poco la capacidad de realizar dichas tareas por cuenta propia; y sin notarlo, acabaremos siendo las verdaderas máquinas sin cerebro.

Enfocar este análisis en la educación es fundamental para prepararnos hacia lo que pueda venir en el futuro. Costa Rica necesita estudiantes que tengan la capacidad de resolver problemas sin necesitar estrictamente de un software que los esté controlando. Debemos velar por que los recursos beneficien el progreso de la población, no que la entorpezcan y nos dejen peor que como estábamos cien años atrás.