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Sin afán de menospreciar el ingenio de Platón, las apariencias del mundo merecen nuestra consideración porque son bellas y, aunque perecerán, es necesario amarlas pues en ellas somos, nos movemos y existimos. Es el “milagro de amar lo que muere”, decía Albert Camus. Amar la luz y el esplendor de los seres que existen aquí y ahora y, en consecuencia, cuidarlos. ¿Paraíso o infierno? No sabemos, solamente “el derecho a amar sin medida”.

La historia humana muestra que dos sexos jamás han sido suficiente para describir la variedad humana cuando se trata de amor, nos guste o no. El corazón tiene razones que la razón ignora (B. Pascal). Bueno, el corazón (orientación sexual) es mucho más que las normas disfrazadas de lo religioso y políticamente correcto.

La costumbre de algunos de meterse en los ‘calzones’ (o la moral "de la cintura para abajo") de otros debería cambiarse por darle la formación suficiente a los costarricenses para que puedan enfrentar los embates de la vida sin moralina —o con muy poca—, deslizándose hacia la crítica y la creatividad, respetando la autodeterminación de cada quien y el principio práctico de no producir víctimas (E. R. Ramírez), porque las recetas sin pensar han manipulado a los seres humanos tras siglos de temor.

El mayor obstáculo a nuestra corporeidad sexuada es imponer soluciones y, además, imponerlas moralizando. La consecuencia es una 'castidad grosera' (J. I. González Faus) que pretende hacer del ser humano un expediente y no una biografía. La moral a secas puede tornarse exigente, mas no por ello resulta vinculante y menos aún, liberadora.

En Costa Rica, se ha enseñado y defendido durante décadas una violencia ideológica que sacrifica vergonzosamente todo amor que no sea heterosexual, como recientemente lo ejemplificó la iniciativa legislativa de un grupo de doce diputados que pretendió reformar el artículo 52 de la Constitución Política para que se estableciera el matrimonio como una figura jurídica exclusiva para las parejas heterosexuales. La heterosexualidad así asumida se torna un signo de violencia contra aquellos que no son heterosexuales porque no se dan las razones —ni la evidencia del caso— para defenderla a ultranza (salvo que se haga dicha defensa desde ‘una’ religión por mandato divino, con el inconveniente no solamente de que hay muchas religiones —que piensan diferente sobre Dios y el mundo—, sino también muchas personas que se declaran ateas o agnósticas) e imponer la heterosexualidad a todos/as. Algunas personas podrían justificar esta actitud al pasar de lo religioso a lo legal y afirmar fácilmente que vivimos en un Estado confesional, sin embargo, las leyes costarricenses, como muchas otras cosas en la vida, son cuestión de dosis, y pueden ser repensadas, actualizadas, eliminadas, siempre y cuando una nueva ley o reforma a un artículo constitucional consolide derechos y deberes sin pisotear a ninguno de los seres humanos que están bajo el mismo techo (Costa Rica), sin ejercer violencia.

Debemos despertar: la violencia contra los homosexuales y contra otros grupos sexualmente diversos se funda en lo que puede llamarse ‘violencia divina’: se cree que el dios judeocristiano todopoderoso es heterosexual, cuando Él es, según este credo religioso, el creador de los homosexuales y de los heterosexuales (de ambos), y si este dios es realmente Dios, no tendría ninguna necesidad de discriminar a ningún ser humano, tampoco a los sexualmente diversos.

Dolorosamente, nos educaron (¡!) en un ambiente violento religiosamente para no ‘acercarnos’ demasiado a ‘ellos/ellas’, los sexualmente diversos, y, además, para condenarles. La violencia religiosa contra las personas diversas sexualmente hace de ellas monstruos sin que se conozcan sus vidas, se les juzga —define, etiqueta, oprime y excomulga— sin ser escuchados o callándoles. Esto niega radicalmente el lema cristiano de “todos los hombres son hermanos” porque “quienes no aceptan la hermandad no son hombres” (S. Zizek), es decir, o “haces lo que te obligo o te persigo”.

Los heterosexuales ya tenemos el derecho de amar sin medida, pero, mientras las personas sexualmente diversas no lo tengan, será un violento ‘privilegio’ porque los victimiza al resistirse a ellos ideológicamente, no porque sean “inferiores”, sino porque han sido “inferiorizados” durante siglos por la violencia que impone el discurso religioso discriminatorio y contradictorio de muchos que se dicen cristianos (no importa aquí la denominación) desde ese amor terrible que sacrifica seres humanos. No hay motivos para sentirse ‘orgulloso/a’ por practicar la discriminación, ni la persecución, ni la humillación.

De someter a juicio a Occidente cristiano, habría que señalar que, después de dos mil años de estar predicando el amor como modo esencial de vida, el mundo sigue salvaje e inhumano en muchos sentidos (2.800 millones de personas viven en estado de pobreza: con menos de un dólar por día para vivir, por ejemplo), ¿hay tiempo para otros dos mil años? No sé; pero parece bastante cínico pedir más milenios cuando el dolor y la muerte victimizan seres humanos a diario. Como dijo Joe Strummer: “El fanatismo no tiene sentido. No hay ternura ni humanidad en el fanatismo”.