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Recién acabamos de leer en el Club de Lectura de la CCSS, el libro de Aldous Huxley Un mundo feliz. No es la primera distopía que leemos, antes de ese libro nos adentramos en las páginas de 1984 de George Orwell y en El cuento de la criada de Margaret Atwood.

En estos libros reconocemos un poder supremo que trata de borrar toda individualidad y, con ese propósito, designa funciones a los seres humanos que pueblan esos mundos.

Durante la lectura del libro de Huxley, descubrimos con terror lo visionario de su texto, publicado originalmente en 1932. Se ha alcanzado un nivel de desarrollo tecnológico, que permite a esa sociedad futurista la producción de seres humanos en serie. Ya no es necesario “parir con dolor” para conservar a la especie humana, pues de eso se ocupan los nuevos obreros en las nuevas fábricas/laboratorios.

Sin embargo, ese alto desarrollo científico tiene sus límites, pues en ese mundo feliz no se permiten la creatividad, la curiosidad científica o la lectura, ni siquiera tener una opinión.

Desde antes de nacer se programa a esos humanos para desarrollar una función en la sociedad y solo tienen acceso al conocimiento necesario para cumplir con esa función. Cuando no están dedicados a sus labores, se sobrestimulan sus sentidos con el sensocine, el sexo y el soma.

El exceso de estas tres drogas hace perder el interés en otros estímulos, sensitivos o intelectuales, por lo que se vive una vida rutinaria donde solo es posible “disfrutar” de lo que se les dice debe disfrutarse.

Se trata de un mundo feliz en el que el dolor físico y emocional han sido erradicados. Y, si por alguna anomalía en el sistema, alguien se siente insatisfecho, se vuelve crítico o tanto solo cede al dolor emocional, será reconvenido o exiliado a una isla.

Creo que nuestra sociedad no está tan lejos de la distopía de Huxley. Es común escuchar discursos de políticos y opinadores que insisten en que debe imponerse la formación en algunas áreas o profesiones e ignorar los intereses de cada individuo.

Ahora somos incapaces de realizar operaciones aritméticas sin la ayuda de una calculadora o recordar un dato histórico o el nombre de un personaje de alguna novela, sin hacer la búsqueda en Google.

Nos especializamos en nuestra área de trabajo y dejamos de lado la formación humanística. Ya casi no conversamos cara a cara, pues preferimos pasar un wasap o felicitarnos por nuestros cumpleaños con un mensaje de texto preelaborado, si tuvimos la suerte de que Facebook nos recordara la fecha.

¿Será que cada día somos más zombis y menos humanos y preferimos evitar el contacto emocional con otras personas, para no salirnos de nuestra programación?