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El mundo de hoy enfrenta retos de gran envergadura, siendo uno de los más desafiantes el de garantizar alimento suficiente y de calidad para una población creciente sin expandir la frontera agrícola y además, de manera sostenible.

Se prevé que para el año 2050 la población mundial será de cerca de 9,600 millones de personas (Informe de la División de Población de la ONU, 2013).  Por esta razón será necesario aumentar en un 50% la producción de alimentos para satisfacer las necesidades de la población mundial (Estado Mundial de la Agricultura y la Alimentación, FAO, 2017).

La ciencia y la tecnología agrícola están enfocadas en la investigación y desarrollo de productos y procesos eficientes y efectivos para dar respuesta a esta problemática; sin embargo, existen ideologías y temores infundados que se han convertido en uno de los principales obstáculos para el avance que requiere el vertiginoso acontecer de un mundo globalizado.

El caso del glifosato es un excelente ejemplo de cómo un análisis que debería sustentarse sobre la base científica y técnica disponible, en ocasiones esta se deja de lado en perjuicio de la producción agrícola.

El glifosato es el herbicida más utilizado en el mundo desde hace más de cuatro décadas y su permanencia en el mercado responde a sus características de amplio uso pues controla más de 100 tipos de malezas de forma eficaz, tiene bajo costo y sobre todo, es un producto de alta seguridad para los productores agrícolas, los consumidores, los animales y el medio ambiente si se utiliza según se indica en la etiqueta.

Las malezas pueden causar hasta un 20% de pérdida en los cultivos si no se controlan a tiempo; por eso, el glifosato es una herramienta valiosa para el sector agrícola, y limitar su uso perjudicaría directamente a los agricultores y a la competitividad del país. Es preciso ser conscientes de que el uso de métodos rudimentarios y poco eficientes como la deshierba manual no contribuyen a mejorar las condiciones de un sector que se encuentra deprimido y que requiere de herramientas para tener niveles óptimos de producción y calidad.

Está comprobado que la chapia incrementa hasta seis horas por hectárea la duración de la labor en el campo, lo cual representa no sólo un riesgo para la salud de los trabajadores, sino también una reducción en la productividad y hasta un 12% de incrementos en costos variables, de acuerdo con la Cámara de Insumos Agropecuarios (CIA).

Por otra parte, el glifosato también ayuda a los agricultores a cultivar de manera más sustentable, pues contribuye con la práctica de la "labranza de conservación". Este mecanismo permite disminuir la erosión del suelo y las emisiones de carbono, al tiempo que aumenta la retención de materia orgánica, la conservación de nutrientes y el equilibrio ecológico del suelo.

Además, la aplicación del herbicida no representa un riesgo para especies no objetivo. Estudios con valoraciones de campo como “Evaluación de Riesgo Ecológico para el Herbicida Roundup (Giesy, 2000), han revelado que el glifosato se disipa en forma rápida tanto de los agroecosistemas, como de ecosistemas más complejos como los forestales.

Paralelo a toda la desinformación existente en cuanto a la seguridad del glifosato, recientemente se ha difundido información sobre las la supuesta asociación del glifosato con el cáncer, a partir de las demandas en Estados Unidos contra este herbicida, que se basan en la conclusión del Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer​ (IARC) que en el 2015 clasificó al glifosato como probablemente cancerígeno, incluyéndolo en la misma categoría donde están las frituras a altas temperaturas, el consumo de carne roja y trabajar en horario nocturno o realizar labores de peluqueros.

Hasta la fecha, la IARC es el único de los cuatro programas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que ha reportado un hallazgo de carcinogenicidad, y desde que emitió su informe en el 2015,  se han llevado a cabo más de ocho nuevos reportes y registros de autoridades estrictas de todo el mundo incluyendo a las agencias reguladoras de los Estados Unidos, Europa, Canadá, Corea, Nueva Zelanda y Japón, que han confirmado que el glifosato no es carcinógeno, siendo el más reciente el del pasado 30 de abril de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA); esta conclusión se alcanzó dentro del marco de análisis para la nueva aprobación para uso agrícola del glifosato en los EE.UU.

El glifosato tampoco está relacionado con la Enfermedad Renal Crónica (ERC), pues a la fecha no existe evidencia concluyente que lo vincule con esta enfermedad de origen desconocido. Así puede concluirse del estudio “Factores asociados a Enfermedad Renal Crónica, Región Chorotega” desarrollado en el 2014 por la Gerencia Médica de la Dirección de Desarrollo de Servicios de Salud de la CCSS. Los datos de resultados analizados en el informe evidencian que la ERC en la Región Chorotega está asociada a múltiples factores tanto ocupacionales como de exposición ambiental, así como culturales relacionados con el consumo de analgésicos y licor.

Los argumentos expuestos evidencian que la restricción de uso a un agroquímico debidamente registrado no debería generarse a partir de decisiones que no cuentan con el respaldo de estudios o valoraciones de riesgos adecuados y el sustento científico derivado del perfil toxicológico del producto. La restricción de uso del glifosato mediante decreto ejecutivo como se ha sugerido podría incluso lesionar derechos y garantías constitucionales como el de debido proceso, así como principios legales como el de no discriminación y el de seguridad jurídica amparados por tratados internacionales.