Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

La decisión de la administración Trump de formalizar el retiro del tratado de misiles balísticos y de crucero, nucleares y convencionales, de medio y corto alcance, que fue suscrito con la Unión Soviética en 1987, por los mandatarios Reagan y Gorbachov, y estaba vigente desde 1 de junio de 1988, abre el espacio para una nueva carrera armamentista. Pero sobre todo constituye el desmantelamiento de uno de los últimos resabios de la confrontación soviético-estadounidense de la Guerra Fría; que ahora se enmarca en el ciberespacio y la fase espacial-satelital de la lucha entre superpotencias, que da lugar a las armas cibernéticas, los misiles hipersónicos y robots con fines militares.

El anuncio inicial lo hizo la Casa Blanca en febrero de este año, seguido de la decisión rusa el mismo mes. Tal carrera sería de alcance global, porque ahora hay más de dos grandes potencias, en contraste con el periodo bipolar de Guerra Fría, y ningún hegemón con capacidad de imponer las reglas del juego a escala mundial. Solo hay aspirantes a hegemón: China, Estados Unidos y Rusia.

¿Y por qué puede ser el punto de inicio de una nueva carrera armamentista? La primera razón se encuentra en el estilo de los dos presidentes: Trump y Putin. Del primero es de sobra conocida su gestión caótica e irresponsable en la relación con otros gobernantes y sujeta a su estado mental y de ánimo, que le funcionó —al margen de la ley— como empresario privado; pero en lo público solo le da resultados favorables en el muy corto plazo, por lo que requiere abrir, constantemente, distintos frentes y amenazas para centrar la atención. Mientras que con Putin es sabido su estilo autoritario, un híbrido de los periodos zarista y soviético de Rusia; pero sobre todo su aspiración a ser una potencia hegemónica ortodoxa, en la cual el factor militar es clave. A ello se suma un factor que no existió durante la Guerra Fría: la presencia de China como retador hegemónico.

Según las estadísticas, Rusia y Estados Unidos poseen, en conjunto, más de 6000 cabezas nucleares, seguidas por China y Francia con alrededor de 300, cada una, y Reino Unido con unas 200. Pero no hay que dejar de lado a India, Israel, Pakistán y Corea del Norte que tienen decenas de cabezas atómicas. Y, sin duda, ahí no se completa el Club Nuclear, porque existen países que oficialmente no reconocen la posesión de tal armamento.

Con este trasfondo el tratado Intermediate-Range Nuclear Forces (INF) era una pieza clave para desalentar la carrera armamentista, pues en 1991 condujo a la destrucción de miles de misiles por ambas potencias. Cohetes que tenían como principal objetivo aliados estadounidenses y soviéticos en Europa.

El debilitamiento del tratado INF comenzó desde 2007, cuando Moscú indicó que el acuerdo no respondía a la coyuntura de este siglo. En 2014 la administración Obama responsabilizó a Rusia de la ruptura de los compromisos; pero los aliados europeos evitaron que Washington abandonara. Y un año después Moscú se retiró del Tratado de Fuerzas Convencionales de 1992.

Sin embargo, esta vez las preocupaciones europeas no evitaron el retiro de Estados Unidos, que responsabiliza de la crisis al Gobierno de Putin. Lo acusa de realizar pruebas en secreto y desarrollar nuevo armamento. Aunque Washington ha construido misiles de corto y medio alcance que se pueden disparar desde aviones (el INF solo cubría los misiles terrestres).

El asunto es que ahora solo queda vigente el tratado sobre armas estratégicas o de largo alcance, conocido como Start III, que expira en 2021. Y dependiendo de la respuesta rusa a la decisión de la Casa Blanca, podría también abandonarse ese acuerdo. Por supuesto, no se puede dejar de lado la sui generis relación Trump-Putin, por las inversiones del primero en territorio ruso y el apoyo que ofrece el segundo para algunas acciones de la Corporación Trump y la campaña electoral por parte del mandatario ruso.

Si se concretara el abandono de Start III, el escenario sería propenso para al desarrollo de misiles de superlargo alcance por parte de Moscú, capaces de alcanzar territorio estadounidense. Lo que obligaría a una respuesta norteamericana, que se ha venido preparando desde el inicio de la administración Trump, por su respaldo a la industria militar; que tiene planes para implementar la táctica de contención de China con un despliegue militar en Asia. Mientras tanto, los más preocupados son los Gobiernos europeos, que vuelve a estar en el medio de la confrontación ruso-estadounidense.