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Desde que “las heridas que se curan con el tiempo, son también las que contienen el veneno” (Marcuse), debimos entender que “del poder de perdonar sin límites, surge la impunidad de la delincuencia en todas sus formas; de la impunidad de la delincuencia en todas sus formas, la impunidad de todas las formas de maldad; (y) de la descomposición de los gobiernos, la descomposición política de la sociedad” (Bentham).

Así que a tener cuidado con el perdón y aún más con el olvido. De ahí abreva la impunidad. Y de esta, deriva la corrupción. (Barahona, 2004)

Entendiendo, impunidad, como la ausencia de todo castigo procedente y, en ese tanto, también imperativo.

Para entender, aclarado esto, que el inflacionismo punitivo abreva de una superficialidad supina que a muchos hace incurrir en un vicio inocultable: centrar toda la presión en la cárcel como epicentro de los correctivos sociopolíticos disponibles.

Desconociendo que, seguramente, serían las inhabilitaciones políticas y la cancelación de los asientos registrales de los partidos políticos, lo que más le dolería a los politiqueros faltones y sus combos de mediocridad, por haber traicionado la confianza ciudadana y comprometido el interés público. En ningún caso resultarán suficientes las sanciones penales, improbables además, visto el hipergarantismo penal vigente.

Igualmente, más que una denuncia penal que pase desapercibida, o a lo sumo alcance la efervescencia semanal que se le garantiza a todo escándalo pasajero en este país de cortísima memoria y larguísima paciencia, podría ser que el evidenciamiento consistente en “pegar color” a partir de rememorar, sea más efectivo y duela más a quienes tenga que doler. Claro está, siempre que supongamos que les quedan reservas de vergüenza y que lo suyo no es puro arribismo utilitario.

Siendo así, desde que el olvido es “la facultad mental que sostiene la sumisión y la renunciación”. Cayendo en cuenta, además, de que “olvidar es también perdonar lo que no debe ser perdonado si la justicia y la libertad han de prevalecer”. Sin descontar que “olvidar el sufrimiento pasado es olvidar las fuerzas que lo provocaron, sin derrotar a esas fuerzas” (Marcuse).

De tal suerte que salvo que este sea un país ilógico y por tanto progresivamente inviable (aún no fallido… aún no), sería insultante olvidar, así como cómplice callar, ese ominoso perdón que, como denominador común, define y vincula a personajes de la grisácea talla de Edna Camacho, Rodolfo Piza, Guillermo Hoppe, Welmer Ramos, Enrique Sánchez, Víctor Morales, Sergio Alfaro, Ann McKinley, Pablo Díaz y María Fulmen.

Vamos por partes.

Edna Camacho fracasó como reactivadora económica. No obstante, la indolencia de la opinión pública está permitiendo que la administración del PAC la premie con el más caro asiento en el BID. Todo, pese a que ese, su sonoro y carísimo fracaso como política del PUSC reconvenida en el PAC, cobra niveles trágicos para los más pobres y una clase media en vías de extinción.

Pero semejante autoexilio dorado en el BID, además, quedará enmarcado con la osamenta de ese cadáver en el clóset que le supone Aldesa, a la esposa de Javier Chavez. Un affaire que no es precisamente un paseo por el jardín de niños y del que no puede Edna Camacho desembarazarse facilistamente, ahora; sea como economista o como cónyuge –léase: como cónyuge economista—.

Por su parte, Rodolfo Piza fracasa en aquello de la Unidad Nacional y polariza como nunca antes, incapaz como orquestador presidencial de tender puentes y prevenir la crisis política, económica y social, en que nos deja sumidos antes de huir a su destierro como “washingtonian”, con su amiga y vicepresidenta in pectore, Edna, de vecina.

Consagrándose, a su pesar, como el ministro más depreciado —y despreciado— de las últimas décadas (al extremo de conjuntar la mayor tragedia política que puede capitalizar un solo hombre: lo odian en el PAC por arribista, al tiempo que en el PUSC por traidor).

Pero pese a tanto y tanto, la ciudadanía se ahorra la molestia de reclamarle enérgicamente al presidente Alvarado por la desfachatez de refugiar a su amigote en la OEA. Porque estemos claros: solo una gestión deliberada del presidente —en contubernio con Manuel Ventura como canciller, hay que anotarlo al pie—, podrían granjearle a Piza semejante huesito burocrático.

Y esto es así, diga lo que diga Zapote y lo que pretenda hacernos creer un cínico Piza, sin ninguna credibilidad por sus propias poses de político añejo.

Es tragicómico que Casa Presidencial y el ministro que ahí moraba, entiendan tan mal a este pueblo y lo menosprecien tanto, al pretender que todos somos una pila de ignorantes desatentos. En una palabra: majes. Según ellos, no sabemos cómo funciona la selva de la burocracia internacional. Y más aún, la propia OEA.

Digámoslo sin ambages: Rodolfo Piza, tanto en la OEA como en Washington, no es nadie. Es un ilustre desconocido. Por lo que cualquier cargo se lo debe al más puro tráfico político entre Almagro y Alvarado. Así de sencillo y así de complicado. Lo demás, es puro cuento de Heidi o chiste de Pepito. Ya cada quien verá si le hace gracia o le aburren semejantes cortinas de humo.

Pero las cuentas no se agotan ahí. Guillermo Hoppe permite, como Director General de Aviación Civil, que la calificación internacional de nuestra seguridad aeronáutica se venga al suelo (como si el turismo y el comercio internacional fueran accesorios para Costa Rica), y resulta que Rodolfo Méndez Mata y el jefe de ambos (sí, nuevamente Carlos Alvarado) lo promocionan internacionalmente en el marco de una candidatura para que ostente una representación regional, precisamente, en punto a esas materias en las que le quedó debiendo al país como rector, al permitir la depreciación consabida.

María Fulmen no solo comparte fotografía como exviceministra, con los responsables de la inseguridad ciudadana que nos amenaza desde el desastroso gobierno de Luis G. Solís, sino que es destituida del IMAS en la presente administración, por desfinanciar la Red de Cuido y dejar sin protección del Estado a miles de infantes.

Pero eso ni lo uno ni lo otro le importó tampoco al presidente Alvarado, nuevamente, para premiarla como embajadora y refugiarla en Colombia, durante lo que le resta a su gobierno PAC.

Ann Mackinley fue la escasísima presidenta ejecutiva de JAPDEVA que, junto a su Gerente y amigo personal, Pablo Díaz (para mayores señas: ambos viejos conocidos del PAC y del riñón de Epsy Campbell), dejaron pasar sin rubor alguno e irresponsabilidad total, la posibilidad de blindar a Limón, frente al reto que suponía el inminente funcionamiento de la concesionaria en la Terminal de Contenedores de Moín. Dejando, además, que la institución se desfinanciara frente a sus indolentes ojos y los limonenses enfrentaran la mayor crisis socioeconómica en ocho décadas, desde la Gran Huelga Bananera (1934).

Pese a semejante incuria, ambos lograron refugiarse en la Asamblea Legislativa como asesores del PAC. ¡Vaya manera! Y lo más triste: los limonenses como si nada, aguantando semejante bofetada. Ni los diputados, alcaldes ni las fuerzas vivas de Limón, han mostrado ser portadores de la dignidad y valentía de sus abuelos caribes.

Sin olvidar que Welmer Ramos, actual jefe de Mackinley, quien es corresponsable de la caótica apertura del mercado cementero que tan malhadadamente motivo el “Cementazo”, y con este, un costo hundido de decenas de millones de dólares de la banca pública y un duopolio que más bien salió fortalecido, fue premiado por el PAC con una diputación.

Lo mismo va para Enrique Sánchez, quien si solo fuera porque se autopercibe profesional —sin serlo—, no merecería mención alguna. Pero habiendo sido denunciado penalmente junto a Víctor Morales por enredos con consultorías de la OIT, que tendrán ambos que aclarar en estrados judiciales, termina honrado como diputado, junto a ese, su padrino político y su jefe, desde el Ministerio de Trabajo (Morales Mora).

Hoy sabemos, al menos, que Víctor Morales Mora no fue destituido de dicho ministerio por el pírrico nombramiento de una sobrina suya, como entonces trascendió. Pero también, que al presidente Alvarado ni lo uno (el affaire sobri-secre) ni lo otro (el presunto delito: OIT-jugosas consultorías-dedicación exclusiva) le importa. Toda vez que, no solo lo hizo diputado (lineazo de Alvarado como entonces candidato del PAC al integrar sus papeletas diputadiles), sino que lo encumbra ahora como su ministro más cercano, en presidencia.

Y para ir abreviando esta lista que amenaza con crecer, reconozco que aún le faltan enanos a este cuento que ellos mismos dieron en titular: “Es por vos. Es por Costa Rica”.

Entiéndase que Sergio Alfaro, ministro de la presidencia durante el “cementazo” y la gestación del “Hueco Fiscal”, que ha supuesto media docena de presupuestos extraordinarios hasta ahora, para disimular la desastrosa gestión hacendaria de Helio Fallas y Luis G. Solís —y de la que tuvo que enterarse y participar Alfaro, dado su rol ministerial—, fue “refugiado”, sin empacho presidencial por parte de Alvarado, en Bélgica, también como embajador.

Y qué me dicen de un caso menos sonoro pero no menos envilecedor: Carlos Segnini, “el negligente” exministro al que la Contraloría General —después de recibirle su defensa—, inhabilitó por varios años para el ejercicio de cargos públicos, por su negligencia —redundancia intencional y obligada— al frente del MOPT, cartera en que Luis G. Solís lo parqueo y trató de sostener contra viento y marea, hasta que ya no pudo más, por sobradas razones y reproches.

A Segnini, refugiado en primera instancia como asesor legal del PAC, apenas fue destituido del MOPT —y como para evitarle la molestia de tener que “pulsearla” como cualquier cristiano fuera de esa patente “Cadena de Cuido” (porque nominarla como simple “Red” sería muy cándido a estas alturas de semejante descaro oficialista)— le rehabilitaron nuevamente en este segundo tiempo del PAC —por cortesía nuevamente, sí, de Carlos Alvarado—, en la jugosa dirección jurídica del ICE, donde por orden de la Contraloría, tuvo que ser defenestrado, nuevamente.

¿Sigo o sería redundar innecesariamente?

¿Qué más falta para que la ciudadanía reaccione y se plante en este país ilógico de la sordidez y el absurdo?

¿Cuánta impunidad política más debe pasar por debajo de los balcones partidarios para que el votante haga un alto en firme y no vuelva a tropezarse en las urnas con tanta mediocridad e hipocresía?

¿Acaso hacen falta más burlas a ese “pueblo silencioso” del que tan “orgulloso” se siente el propio presidente Alvarado —mientras yo, no tanto, porque nunca he sido afecto a esas mansedumbres que a él, por otra parte, lo encumbraron como “ejemplar” navegante de agua dulce—?

¿Será posible más desfachatez e impunidad en un país, ya de por sí tan maltratado?

Sin obviar algunas preguntas igualmente intranquilizadoras: ¿Todavía quedan arrestos de liderazgo, valentía y honestidad, en la política costarricense?

¿Estará preparada la ciudadanía para que venga alguien que le hable claro y arremeta contra los problemas estructurales, rompiendo la anomia y el letargo?

¿O seguiremos por la cancerosa senda de esta cultura del disimulo y la pirotecnia estéril, donde las verdades se dicen con curva para que no duelan, y a veces también, para que ni siquiera se entiendan; todo con tal de seguir procrastinando?

Será que como Estado seremos capaces de romper con esta cultura tan tóxica donde atacamos siempre al mensajero que nos viene con verdades pesadas y dolorosas, conjurando estos ciclos de impunidad política que terminan por confirmarnos que “no hay peor crimen que los malos ejemplos” (Rousseau).

Ojalá los mensajes realistas e independientes calen y se difundan. Pero más aún, que esto ocurra antes que sea demasiado tarde y empecemos a considerar que llevan razón tantos jóvenes talentosos que, si no se han ido, están pensándolo, no con pocos motivos.