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Costa Rica, 1950-1978: la edad de oro de la clase media. En medio del trópico centroamericano una de las pequeñas “repúblicas bananeras” empezaba a experimentar un importante crecimiento económico.

En 1971 se funda el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes y el 1º de mayo de 1973, el presidente de aquel entonces, José Figueres Ferrer, emitía desde su silla presidencial un discurso memorable donde planteó: “¿Para qué tractores sin violines? Esta reflexión ponía de manifiesto algo que en el tiempo se ha venido incuestionable: no solo debe preocuparnos el nivel de vida en un sentido económico estricto, sino la calidad de vida en un sentido integral.

La Unesco en la Asamblea General número 66 de las Naciones Unidas, efectuada el 26 de julio del 2011 sobre cultura y desarrollo, planteaba que al realizar una aproximación antropocéntrica de desarrollo, la ampliación del paradigma ha allanado gradualmente el camino para reconocer el rol indispensable que tiene la cultura en el desarrollo sostenible y su aporte contributivo en creación de puestos de trabajo y la generación de beneficios económicos.

La educación, la cultura y el arte si se quiere puntualizar, son factores fundamentales para mantener altos niveles de calidad de vida. De igual forma, es el mejor de los mecanismos de resolución de conflictos, por propiciar el diálogo y el entendimiento, así como una herramienta clave para lograr disminuir la fricción entre países y contribuir a resolver muchos de los problemas sociales que aquejan a los países y ciudades en todo el mundo.

Diplomacia en el siglo XXI

La cultura es un instrumento para acercar a las diversas comunidades, una herramienta de diálogo y cooperación. Esencial para el desarrollo y consolidación de una marca país que trascienda a la imagen y llegue a la experiencia.

La diplomacia en el siglo XXI sin duda ha cambiado. Ya está superada la idea de que la cultura es simplemente una actividad de ocio, la cultura es un instrumento para acercar a las diversas comunidades, una herramienta de diálogo y cooperación. Si miramos a países europeos e incluso grandes como China, no es casual que un brazo importante de su política exterior gire en torno a la difusión y promoción de su patrimonio cultural en diferentes ámbitos, que van desde la lengua, gastronomía, artes, convenios, intercambios, residencias artísticas por mencionar algunos.

Si bien, en Costa Rica existe cierto grado de conciencia al respecto, en materia de política exterior, la cultura suele estar relegada a eventos puntuales y en mayoría aislados, sin eje articulador alguno. El discurso generalizado gira en torno a nuestra innegable belleza natural, turismo de aventura y en menor medida pero destacable, la Inversión Extranjera Directa.

Además, las embajadas deben ser algo más que un lugar de trámites para las y los costarricenses que viven en el exterior. Deben ser mediadoras de dicha comunidad de ciudadanos. Deben generar espacios (físicos o no) donde se mantengan y cuiden nuestras raíces, donde se cuestione y debata, donde sigamos siendo partícipes activos de la política y la toma de decisiones. Donde sigamos siendo ciudadanas y ciudadanos activos, ya que al fin y al cabo cuando se vive fuera, actuamos como representantes de Costa Rica. Recordemos, cuando la UNESCO habla de Patrimonio Cultural, se refiere “al legado que recibimos del pasado, que vivimos en el presente y que transmitiremos a las generaciones futuras”. Además de ser el vehículo hacia nuestra historia, encarna el valor simbólico del ser costarricense. Conocernos a nosotros mismos para entender a los demás es vital para dialogar con otras culturas de forma respetuosa y pacífica.

Iniciar con la promoción y difusión de la cultura costarricense, en sus diferentes formas y épocas es vital para poder proyectar y dinamizar nuestra economía naranja, insertando a nivel internacional a nuestros artistas, creadores, productores y gestores culturales, sin obviar el impacto que esto tenga en nuestra marca país.

Consolidar nexos y colaboraciones con otros países, no solo puede funcionar como puente a la cultura costarricense en el exterior, sino que también debe abrir puertas al público en Costa Rica, de todas las zonas geográficas y de distintos niveles de ingreso a programaciones culturales que los expongan y deleiten con nuevos lenguajes artísticos y escénicos, que permitan a su vez catalizar a nivel interno dentro del sector la creatividad y ampliar las posibilidades de creación y materialización de proyectos culturales, así como la creación de nuevos públicos.

Por tanto, es clave generar es clave generar un corpus metodológico que permita vertebrar la política exterior en materia de culturaun corpus metodológico que permita vertebrar la política exterior en materia de cultura. Lograr que cada actividad, programa y esfuerzo que se realice desde la las distintas embajadas y oficinas consulares tenga un fin y un objetivo común. Pasar de actividades aisladas estériles a una diplomacia del siglo XXI articulada, con una clara proyección cultural.

Urge que sentemos las bases de una política exterior acorde con las necesidades del siglo XXI, a través de una metodología versátil y adaptable a los distintos contextos y sectores culturales, que saque de la zona de confort a las embajadas y de un giro para el aprovechamiento de los recursos económicos con que cuentan. Que colaboren con la difusión y promoción de nuestra cultura y aporten a la consolidación de la marca país, sin dejar de lado la importancia de que un proyecto deba repercutir de forma directa a las y los ciudadanos costarricenses, dentro y fuera de nuestras fronteras.

En el largo plazo, sería ideal pensar que el cuerpo del Ministerio de Exteriores, representado por embajadas y oficinas consulares, se convierta en verdaderos centros de cooperación donde la cultura sea el vehículo conductor y eje articulador de la política exterior y un elemento clave de nuestra marca país.