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Imagen principal del artículo: Vivir con TDAH

Vivir con TDAH

El diagnóstico de TDAH llegó sin aviso. Yo había visto algunas conductas, ciertas formas de ser, algunos “titereos”, pero nunca imaginé que recibir ese diagnóstico fuera tan duro. De las cosas más duras que he vivido este año. Cuando una ve a su bebé en los primeros días de nacido y confirma, una y otra vez, que tiene diez dedos, dos ojos, una nariz y todo parece estar bien, cree que ya pasó la inspección más importante. Nunca se me ocurrió pensar en algo emocional o neurológico que pudiera aparecer años después.

Pero un día cualquiera llegó esa llamada de la escuela. —Mamá, necesitamos hablar con usted. Y entonces comenzaron las observaciones. La chica no está bien, según ellos. No está dando la talla, no sigue instrucciones, interrumpe en clase. Habla mucho con los compañeros, le cuesta concentrarse, se aburre con facilidad, no completa los trabajos, etcétera.

Mientras escuchaba todo aquello, recordaba las notas que me enviaban a mí cuando estaba en segundo grado. La niña Marta siempre escribía algo parecido: “Muy inteligente, pero habla mucho en clase”. Interrumpe constantemente. En mi época, cuando se hablaba del tema en casa, la solución era sencilla: haga caso y punto. Hoy las cosas han cambiado.

Ahora vienen las citas, las valoraciones, las pruebas, los especialistas. Hay que ir al psicopedagogo, al neuropsicólogo, al neurodesarrollista y al psiquiatra para hacer evaluaciones, responder cuestionarios y quedarse sin plata, porque la cuenta en terapias es implacable. Mi mamá solía decir que lo mío siempre fue un déficit “intencional” y no “atencional”. Seguramente prefirió esa subjetiva opción a andar, como yo ahora, de especialista en especialista.

Así ha pasado buena parte de este año, entre consultas, exámenes y pruebas para confirmar algo que, a todas luces, parecía evidente: es una niña de ocho años brillante, inquieta, curiosa, amorosa, que se aburre rápido y que tiene enormes habilidades, especialmente para comunicarse. Pero no hace caso en la escuela y eso es un problema.

Finalmente, con el diagnóstico llegó la confirmación. Sí, estamos dentro del espectro del TDAH. Pero también nos dijeron que maneja bien la frustración, que no presenta dificultades de aprendizaje significativas y que sobresale en varias áreas. Por ahora no requiere medicación. Digamos que nos salvamos.

O al menos eso sentí durante unos minutos, porque después llegó la etiqueta. Y las etiquetas pesan. De pronto aparecen categorías, explicaciones, recomendaciones y protocolos. Los chicos con TDAH son “especiales” (como el sabor del mes). Hay estrategias “especiales”, apoyos “especiales”, programas “especiales”.

Y aunque entiendo perfectamente la importancia de nombrar las cosas para poder acompañarlas, confieso que hay algo de todo esto que me incomoda, y mucho. Las neurodivergencias están hoy en boca de todos. Se han vuelto parte de la conversación pública, y eso es un avance enorme que ha permitido que muchas personas reciban apoyo, comprensión y herramientas que antes no existían.

Pero entre más leo, más me abruma. Y Dios libre entrar a Google por más de cinco minutos. El algoritmo hace fiesta y empieza a enviarme artículos, videos, consejos, listas de alimentos, rutinas, suplementos, terapias, estrategias y testimonios. Es agotador.

Y no es fácil decirlo en voz alta. Se habla mucho de la medicación, de las terapias, de los apoyos escolares y de las estrategias de intervención. Todo eso es importante. Pero se habla poco de lo que les pasa a las familias. ¿Qué hacemos los padres cuando recibimos un diagnóstico?

Y, de golpe, nosotros también vamos a terapia y revisamos nuestra historia. Nos cuestionamos, cambiamos hábitos, ajustamos horarios. Cuidamos la alimentación, pensamos mejor los espacios, elegimos actividades. Estamos atentos a los estímulos, a los profesores, a los amigos y a las emociones. Y llega un momento en que pareciera que todo el sistema familiar gira alrededor del diagnóstico. Estoy en un grupo de padres con hijos con TDAH y, honestamente, estamos agotados.

Además, ocurre algo curioso: muchos padres llegan buscando respuestas para sus hijos y terminan descubriendo aspectos de sí mismos que nunca habían entendido. Algunos incluso reciben su propio diagnóstico años después. Eso puede ser profundamente liberador y también profundamente desafiante; en muchos casos, triste.

Las preguntas aparecen por todas partes: ¿qué tanto intervenir?, ¿qué tanto aceptar?, ¿cuándo acompañar y cuándo dejar ser? ¿Cómo encontrar equilibrio? Además, tampoco existe un sistema verdaderamente inclusivo que sostenga a las familias y que sea accesible y sostenible.

Porque la realidad es que, más allá de los diagnósticos, seguimos siendo padres intentando hacer lo mejor que podemos. Y quizá eso sea lo que menos se dice: vivir con TDAH no es únicamente aprender sobre neurodivergencia, también es aprender a convivir con la incertidumbre, con el cansancio, con la culpa y con la esperanza.

Y descubrir, poco a poco, que detrás de cada etiqueta sigue existiendo exactamente lo mismo que había antes: una niña extraordinaria tratando de encontrar su lugar en el mundo.