Cada setiembre el mundo se detiene un momento para hablar de prevención del suicidio, y cada setiembre corremos el riesgo de que ese momento se agote en una frase bonita, un color en redes sociales y nada más. Hoy quiero que los números nos incomoden lo suficiente como para no dejar que eso pase.
En 2025, Costa Rica registró 396 muertes por suicidio, un 7% más que el año anterior. De esas 396 personas, 324 eran hombres y 72, mujeres: es decir, ocho de cada diez eran hombres. La mayoría tenía entre 15 y 64 años, personas en edad de estudiar, trabajar, criar, producir y, aun así, decidieron que no valía la pena seguir. A esas muertes hay que sumarles más de 4.000 intentos de suicidio reportados solo ese año, sabiendo que la cifra real probablemente sea mayor porque no todos los intentos llegan a un centro de salud o al 9-1-1.
Los números por sí solos no salvan a nadie, pero sí nos obligan a preguntarnos qué estamos haciendo mal como sociedad. ¿Por qué los hombres, que reciben menos mensajes de “está bien pedir ayuda”, concentran la mayoría de las muertes? ¿Por qué seguimos permitiendo que hablar de salud mental en el trabajo, en la familia o en la escuela se sienta como una debilidad? ¿Por qué esperamos a que alguien llegue al límite para preguntarle, por primera vez, cómo está de verdad?
Prevenir el suicidio no es tarea exclusiva de psiquiatras ni de campañas institucionales de un mes. Es preguntar directamente cuando algo no cuadra en alguien que queremos, sin miedo a que la pregunta “empeore las cosas”; la evidencia dice justamente lo contrario: preguntar abre una puerta, no la cierra. Es sostener la mirada cuando alguien nos dice que está cansado de todo, en lugar de cambiar de tema porque nos incomoda. Es entender que detrás de un intento de suicidio casi siempre hay meses, a veces años, de señales que nadie se detuvo a leer con calma.
También es, desde lo institucional, exigir que la salud mental deje de ser el pariente pobre del sistema de salud: más tiempo de cita, más personal especializado, más seguimiento real después de un intento, no solo estadística que se publica un año después.
Este setiembre les pido algo concreto: llamen a esa persona que “andaba rara” la última vez que hablaron. Pregúntenle sin rodeos. Y, si son ustedes quienes están cargando algo que ya no pueden solos, no esperen a setiembre del próximo año: la línea “Aquí Estoy” y el 9-1-1 están disponibles hoy, ahora mismo, sin necesidad de una fecha en el calendario para justificar pedir ayuda.
Se los digo también desde algo muy mío: caras vemos, depresión no sabemos. Yo pasé por ahí y hoy puedo contarlo en pasado, no porque haya sido fácil ni rápido, sino porque en algún momento alguien preguntó, alguien insistió y yo me dejé ayudar. Si hoy puedo escribir estas líneas y contarlo, es la mejor prueba de que se puede salir.
Y, para ser honesto, muchos seguimos librando batallas que nadie ve ni conoce, con nuestros propios tiempos y maneras; pero esas mismas batallas son las que nos empujan a seguir hablando, a seguir insistiendo, para que a nadie más se le pierda la vida por no encontrar quién le preguntara a tiempo. Por eso no me quedo callado: porque sé, en carne propia, que la pregunta a tiempo y la mano que no se retira pueden cambiar por completo cómo termina esta historia.
