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Imagen principal del artículo: Sepamos ser libres

Sepamos ser libres

Hay una frase que los costarricenses cantamos sin pensarla demasiado, pero que encierra una tarea entera: sepamos ser libres. No dice “seamos” libres, como si la libertad fuera un estado que se otorga una vez y se conserva para siempre. Dice “sepamos”, porque la libertad es un saber, un oficio que se aprende, se practica y, si se descuida, se podría olvidar.

Costa Rica ha tenido la fortuna, singular en el mundo, de sostener ese saber durante generaciones, sin fronteras alteradas, sin invasiones, sin guerrillas ni conflictos armados prolongados. La mayoría de las veces lo hemos defendido por la vía democrática: en las urnas, en las instituciones, en la alternancia pacífica del poder. También, cuando ha hecho falta, lo hemos defendido por vías de hecho, porque una nación que solo sabe pedir su libertad y nunca sabe sostenerla termina perdiéndola. Esa combinación entre el respeto profundo a las reglas y la disposición a defenderlas cuando alguno pretenda su gloria manchar es, quizás, el rasgo cultural más valioso que tenemos.

Vivir en libertad durante tanto tiempo tiene un riesgo silencioso: que la libertad empiece a sentirse como paisaje de fondo en lugar de como logro diario. Cuando eso ocurre, dejamos de estudiarla, dejamos de cantarla con intención, dejamos de preguntarnos qué significa cada palabra del himno que nos la recuerda. Una libertad que ya no se entiende es una libertad que empieza a estar en peligro, aunque nadie la esté atacando todavía de manera visible.

Hoy las amenazas no llegan solo como ejércitos en la frontera. Llegan como algoritmos que deciden qué vemos y qué creemos, como economías de la atención que nos convierten en productos antes que en ciudadanos, como líderes en distintas latitudes que confunden gobernar por un período con quedarse en la misma silla. Ninguna de esas fuerzas respeta fronteras y todas comparten un mismo apetito: el de concentrar poder y debilitar la capacidad de las personas para decidir por sí mismas. Frente a eso, la libertad no se defiende solo con leyes; se defiende con una cultura que la entienda, la valore y esté dispuesta a sostenerla con carácter cuando haga falta.

Por eso, una nación libre es un lugar donde a sus habitantes les va bien. Es una luz para un mundo que, en muchas partes, vive bajo el miedo, la extracción de sus recursos y el afán de unos pocos por aferrarse al poder. Cada país que demuestra, generación tras generación, que se puede gobernar con alternancia, con instituciones fuertes y sin necesidad de someter a su gente, le recuerda al resto del mundo que otra forma de convivencia es posible. Esa es una responsabilidad que trasciende lo local.

Sepamos ser libres, entonces, no como un verso que se canta una vez al año, sino como una disciplina cultural que se ejercita todos los días: en la manera en que educamos, en la manera en que elegimos, en la manera en que nos negamos a convertirnos en siervos menguados frente a cualquier fuerza —sea tecnológica, económica o política— que intente reducirnos. Una nación que sabe ser libre y que insiste en enseñarle a cada generación cómo hacerlo no solo se protege a sí misma. Ilumina el camino para las demás.

Artículo basado en el episodio 333 de Diálogos con Álvaro Cedeño, titulado “Sepamos ser libres”.

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